dijous, 17 de setembre del 2026

Una laguna en el mar de las olas (XVI)


Capítulo XVI. Genocidio

-Bien, pues que parece que todo está ahora calmado, puedo empezar -Mbeki-Kanwal se dirigió así a todos los presentes. Había realizado un esfuerzo por mostrar un aspecto tranquilo, neutro, y al menos por el momento, no parecía tan atemorizante como solía.

Su voz empezó a fluir de forma suave y contenida; había decidido, por lo visto, que Munaak no tuviera ninguna queja de su comportamiento. En cuanto a los terrestres, aunque al principio le miraban con cierta desconfianza, el campo tranquilizante de Jakork los mantenía serenos y concentrados y pronto se dejaron llevar por sus palabras.

-Debo empezar por aclarar que, aunque Krakta me ha otorgado su confianza en numerosas ocasiones, es la primera vez que participo en una exploración con este grupo. Hasta ahora no había tratado a ninguno de sus componentes. Mis trabajos se llevaron a cabo en la subsección zekeriana.

» Sí que conocía la gran reputación de Vikka y también la de Koroj. La propuesta de Krakta para venir a la subsección krasiana me entusiasmó, ya que este sector me era totalmente desconocido. Mi primera sorpresa fue encontrar en el equipo de reconocimiento a un componente inexperto como Jakork. Koroj y Munaak son, a mi entender, dos investigadores de primer orden, cada uno en su especialidad, pero Jakork… me pareció demasiado joven y poco preparado… aunque de ninguna manera deseo poner en duda el criterio de Krakta.

Esta última frase la dirigió a Munaak, que le observaba impasible, y que no le respondió con el más mínimo comentario ni ademán, pero Koroj sí expresó desacuerdo con estas afirmaciones.

-En este caso disiento de las observaciones de la unidad Kanwal. Jakork posee los conocimientos y la experiencia necesaria. Aunque es su primer trabajo en una sección tan alejada de Krakta, da perfectamente la talla. No es ese el problema, en absoluto.

Kanwal se inclinó hacia Koroj.

-Lo siento. Esta afirmación es un error. Por favor, Munaak, que no conste mi comentario.

Marina-Munaak respondió fríamente:

-Desde luego, no constaba de forma oficial, aunque me reservo su conocimiento por si fuera necesario. Nada hay de irrelevante en las opiniones; siempre tienen un origen o un fundamento, ya sea manifiesto o bien oculto, no tanto en la persona del que es juzgado como en el alma del que juzga.

Koroj intervino de nuevo al observar la incomodidad de Kanwal ante esta desabrida afirmación.

-Aunque es cierto, permite a la unidad Kanwal que se exprese, porque si empezamos a autoanalizar cada frase que pronunciemos y a censurar incluso las ideas, ni se obtendrá la verdad ni llegaremos a ninguna conclusión.

-Tu observación es incuestionable, pero concédeme, primera unidad Koroj, la capacidad de llevar esta indagación a mi manera. Sé que eres el jefe de grupo, y respeto tus intervenciones, pero ya hay demasiadas variables aquí como para añadir el tensor de dos pesquisidores. Basta con uno.

Koroj respondió con una ligera inclinación y un impalpable parpadeo de su propia aura. La atmósfera de la sala pareció aclararse un poco más al obtener Marina el control total de la investigación. Ella se dirigió entonces a los terrestres.

-Os he de pedir paciencia, a veces nuestros intercambios de información os parecerán farragosos porque traducir nuestro tipo de comunicación al vuestro, de forma que comprendáis lo que se trata, no es nada fácil.

-Gracias por la aclaración -fue Dyson el que habló-, porque estaba muy asombrado de esta forma tan retorcida de expresarse.

Algunos terrestres sonrieron débilmente. Marina hizo una seña a Mbeki, que continuó.

-Después de disfrutar y enriquecer mi ser con los trabajos de la subsección zekeriana, mi experiencia aquí ha sido demoledora. El Espolón de Orión, como le llaman los terrestres, es una de las zonas más ásperas y yermas que he visto en esta galaxia. Como si el nivel de inteligencia y consciencia cósmica -por llamarla de algún modo en vuestra bárbara lengua- sufriera en esta zona una maligna influencia, no he encontrado nada merecedor del interés de Krakta, y mucho menos de su protección.

» Y vuestro planeta Tierra ha sido descorazonador. Durante el largo período de observación en Kuiper, no he visto más que maldad, inquina y crueldad. Yo soy el representante de las artes, de todo aquello que tiene que ver con la creatividad y la armonía, estudio cómo se manifiestan los más íntimos anhelos de los seres en todos los campos de expresión, y de qué forma se transmiten al resto de la comunidad. Y aquí, en vuestro deleznable mundo, cuanto más sensible, confiado y abierto es un individuo o un grupo, más presa es de la brutalidad de quienes le rodean.

» Mi trabajo se dirigió al principio hacia lo que vosotros llamáis, despectivamente, pueblos primitivos. No se han necesitado muchas revoluciones alrededor de vuestro sol para acabar con la mayoría de ellos de la forma más atroz y despiadada. Vuestra avidez no tiene límites. Sus tierras, sus recursos y sus mismas vidas se han explotado hasta la extenuación, y apenas algunas débiles voces se han alzado en su defensa, y no han servido absolutamente para nada. Muy pocos de los vuestros son realmente capaces de comprometerse, y tan exigua proporción apenas pesa en el resultado.

» Y ni siquiera podéis alegar la necesidad de obtener bienes, alimentos o energía indispensables, y para ello simplemente eliminar a quienes os impidan llegar a ellos. No, es mucho peor. La maldita codicia de unos cuantos de acaparar más y más riquezas les ha llevado a dar rienda suelta a los seres más execrables de la creación, manipulando sus ansias de poder y su psiquismo patológico, para hacer objeto a seres indefensos de los más horrendos abusos y torturas, simplemente para matar su espíritu y expoliar su fuerza vital como antes lo hicieron con sus posesiones. Para paralizarlos con el miedo, un miedo abyecto, sin paliativos ni posibilidad de alivio, de huida.

» Pero vuestra agresividad también es capaz de dirigirse a vuestros propios vecinos, siempre que les podáis arrebatar algo, ya sea su casa, sus tierras, su dignidad o su vida, por simple odio y satisfacción de vuestros instintos. Me burlaría, si pudiera, de todos esos infiernos de vuestras viciosas religiones, esos lugares a donde pretendéis enviar a los que calificáis de adversarios. ¿Qué falta os hacen, cuando podéis convocarlos a placer para aniquilar la inocencia?

» No quiero ni hablar de vuestra historia antigua, me voy a ceñir a los desastres de vuestra Edad Contemporánea, cuando, según vuestra consideración, empezasteis a alcanzar la excelencia científica, cultural y social. Una falsa y corrupta excelencia, reconocida por vuestros propios pensadores. Preguntad a Voltaire, o a Conrad, o a Orwell… qué opinan de los grandes hitos de vuestra civilización.

» Os podría especificar, sin dejarme ni un detalle, todos y cada uno de estos actos abominables, pero su solo recuerdo me mancha. Para muestra en esta investigación, para que me entendáis, éste es el primero que analicé. La línea de degeneración que lleva, desde el repugnante Leopoldo II de Bélgica hasta la última y más inocente de las víctimas de su genocidio congoleño, es suficiente para horrorizar a cualquier ser sensible. No lo bastante, por lo que entiendo, como para reparar los daños. Así fue, y así ha quedado después de lo que llamáis quinientos años. Vuestras pequeñas almas no dan para más.

» ¿He de agotar mi espíritu con la evocación de la eterna opresión hacia vuestras propias mujeres, del genocidio armenio, de la Shoah y el Samudaripen, del Escuadrón 731, de Pol Pot, del KKK, de los Balcanes, de Rwanda, de los talibanes, de ISIS, de la supremacía blanca, de los Vengadores del Patriarca, de los Nuevos Hombres, de la Libertad Hetero, de las Guardianas…? No, no deseo extenderme porque es demasiado doloroso, pero sí diré que ha sido un suplicio para mí tolerar la entrada de todo este impuro conocimiento; que deseo firmemente no volver a tener nada que ver con ello. Que pretendo que el recuerdo de lo que aprendí se borre y desaparezca al morir quienes lo desencadenaron. El tiempo que he pasado como Govan Mbeki solamente me ha servido para reafirmar mis sensaciones. No habéis aprendido nada. No sois capaces de aprender nada. Por lo tanto, mi veredicto es claro: esta sociedad, este subproducto de una evolución corrupta, dañada desde su principio, ha de desaparecer.

» No es mi intención ser cruel como ellos lo son. Una aniquilación rápida sería lo más misericordioso y ahorraría muchos sufrimientos. Porque aquí no hay nada salvable. Eso es todo.»

Esta última frase iba dirigida al grupo de Krakta, que se limitó a escuchar sin responder en forma alguna. En cuanto a los terrestres, simplemente no podían ni hablar. Los ojos dilatados por el terror, la respiración anhelante, la palidez extrema, cada uno se había sentido golpeado en lo más hondo ante la exposición inexorable de aquella verdad. 

A excepción de Dyson, apenas podían ubicar ni recordar ni siquiera la mitad de los episodios que les habían citado de forma tan descarnada, pero los sentimientos de Kanwal les llegaban de forma directa, dejando su impronta en su cuerpo emocional en forma de inevitable horror. Vistos desde el punto de vista de un ser ajeno, los actos de impiedad, las iniquidades, tomaban una dimensión espeluznante. De pronto, todos se veían, como especie y como sociedad, desde fuera, y sintieron que la condenación de su raza empapaba hasta la última célula viva de su organismo.


(Continuará)



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