Es mostren els missatges amb l'etiqueta de comentaris natura. Mostrar tots els missatges
Es mostren els missatges amb l'etiqueta de comentaris natura. Mostrar tots els missatges

dimarts, 20 de maig del 2014

Sin derecho a apelación






Aquest conte forma part d'una proposta que m'havien fet: escriure un relat lleugerament «desagradable» d'una forma elegant, sense defugir un tema escabrós mentre es manté una forma literària polida.


Ja havia donat forma definitiva al text quan vaig llegir per primer cop uns contes d'Horacio Quiroga, concretament El almohadón de plumas, A la deriva, La miel silvestre y La gallina degollada, relats tots que pertanyen al seu recull Cuentos de amor de locura y de muerte. Salvant totes les distàncies, els contes de Quiroga em van demostrar que el lloc on havia anat a buscar la matèria del meu relat era prou adequat: la Natura.

Com expressa un dels seus crítics, Quiroga parla de la natura, no com un marc amable i acollidor, sinó amb tota la seva força implacable i hostil a l'home, que no deixa de ser un estrany que pretén arrencar-ne alguna cosa (menjar, beguda, plaer...) que ella es resisteix a donar-li. Als contes de Quiroga són els animals o els humans reduïts a les seves formes més primàries els executors de les normes naturals. En el meu conte és el propi marc salvatge el que es mostra —no tan hostil com indiferent— a les necessitats i els anhels de l'home. El desert, els pols glaçats, les selves, el mar i l'alta muntanya no regalen res als seus exploradors. Aquesta és la sensació que he intentat transmetre: que les lleis naturals no estan fetes a la mesura de l'home. Aquest sobreviu gràcies a l'acció conjunta amb el grup, però aquestes lleis són inviolables, la seva aplicació no coneix esmenes ni excepcions, i per als qui intenten saltar-les, no hi ha dret a apel·lació.

  
El día se había levantado precioso. Andy sacó la cabeza por el ventanuco del dormitorio y miró atentamente el cielo y las cimas de las ásperas montañas que circundaban el valle de Bellavista, donde se encontraba el refugio forestal en que había pernoctado. Un azul límpido aunque aún agrisado, y las siluetas bien recortadas de las cimas, le dijeron que el tiempo era perfecto. Como era muy temprano todavía el sol estaba muy bajo; en los picos más altos se encendían chispas de fuego y los neveros dispersos ya empezaban a reflejar un tenue color dorado, pero las laderas se encontraban todavía en sombras. La temperatura era fresca, el aire conservaba la rigidez del frío nocturno y la brisa de finales de primavera venía cargada con el hálito helado de la montaña. Ni una sola nube manchaba aquella cúpula diáfana que parecía colocada sobre la cordillera como una tapa de vidrio en una quesera. Si se mantenía la situación meteorológica, a mediodía haría calor.

Andy se vistió rápida y silenciosamente mientras echaba una ojeada un poco burlona al resto de durmientes, acomodados en las literas colectivas del dormitorio principal.

«Todos en ristra, —se decía Andy—, como las morcillas. Parece que nadie sabe ir a ningún sitio si no es en rebaño borreguero. Y además, ¡hay que ver los polares, los bastones telescópicos, membranas, botiquines, gafas de sol, GPS, ARVA, y en fin, toda la parafernalia de material técnico que arrastran con ellos! Banda de flojeras».

Él utilizaba la ropa de lana de toda la vida, un bastón sólido de retorcida madera, sus botas militares y su buen sentido. Era un hombre de entre treinta y cinco y cuarenta años, de no gran potencia física pero en buena forma y acostumbrado a las largas caminatas, siempre en solitario; lo que no tenía era experiencia en alta montaña. Buen tipo, sí, aunque algo pagado de sí mismo. Hijo de la Meseta Central, era ducho en comerse los quilómetros de una tierra apenas ondulada, pero nada sabía de riscos y picachos, de las barrancas, los espesos bosques de abetos y las cumbres ventosas: todo eso era nuevo para él. Aquella iba a ser su primera travesía en la cordillera, a más de 2.800 metros y en territorio desconocido. Se la había planteado como un auténtico reto físico y mental al que anhelaba enfrentarse.

El guarda del refugio, un hombretón de más de cincuenta años, curtido por años de vida montañesa, se había levantado cuando las estrellas todavía no habían empezado a apagarse. Ya había puesto en marcha el generador, cortado la leña y preparado el almuerzo. En el inmenso hogar crepitaba alegremente un cálido fuego. Cuando Andy bajó a la sala común y le dio los buenos días, lo encontró silbando una cancioncilla mientras cortaba enormes rebanadas de pan e iba llenando con ellas los trenzados cestos de mimbre que después repartía por las mesas. Los termos de café y té hirviendo aguardaban ya sobre el sencillo aparador de madera sin barnizar junto a una enorme lechera metálica que quemaba sólo de mirarla. Las pulcras hileras de  vasos, tazas y platos; los cajones estrechos rebosantes de cubiertos de hojalata, la mayor parte de los cuales estaban torcidos y desgastados por el mucho uso; las porciones de mantequilla; los enormes tarros de mermelada casera… todo estaba listo y esperando el apetito de los excursionistas. A un lado estaban también a punto el gigantesco bol de cerámica lleno de tomates maduros, el cuchillo bien afilado, la vieja bandeja de peltre cargada de lonchas de queso, y varios estupendos salchichones que exhalaban un apetitoso aroma. Andy nunca tenía hambre cuando estaba recién levantado y se conformó con un café y un par de tostadas. Ya comería luego.

Poco a poco fueron bajando el resto de los hospedados y la sala se llenó de ruido y conversaciones. Proyectos, comentarios sobre el tiempo, preguntas al guarda,  previsiones, chistes, risas. De paso se daba buena cuenta del pan, los tomates, la mermelada y los salchichones. “Qué tragones, llenarse la panza de esta manera”. Andy era el único que estaba solo y el guarda se dirigió a él cuando el hombre llevó su plato y su taza hasta el fregadero.

—¿Es la primera vez que vienes por aquí? Veo que no estás con ningún grupo. ¿Vas a hacer alguna excursión en solitario?

—Sí, nunca había estado por esta zona. En realidad, es mi primera travesía. Tengo intención de subir hasta el pico de Águila Dorada y seguir bordeando la cresta del Despeñadero. Bajaré por allí y esta noche dormiré en Laguna Negra. Después continuaré hasta Cortarroca. Serán tres o cuatro días más, supongo.

—¿Tú solo?

—Desde luego.

—De aquí a Laguna Negra es un buen trecho, no menos de diez o doce horas a ritmo sostenido, y tiene tramos complicados. Si nunca has seguido un camino como éste puedes tener problemas. La senda está cortada en algunos puntos. ¿Llevas cuerda y mosquetón?

—No, pero ya me arreglaré.

—Y por si se te hace de noche tendrás que llevar saco y linterna. En esta época del año y a esta altura el vivaque puede ser muy duro si no estás acostumbrado.

—Ya ves qué miedo – sonrió —. No se me va a hacer de noche, tengo buen paso, en serio.

El guarda iba secando vasos y echando ojeadas hacia Andy. Casi sin darse cuenta iba calibrándolo con su gran experiencia de las personas y de aquel entorno que conocía tan bien. Después de meditar unos momentos, volvió a dirigirse a él:

—Esos cinco de ahí, los de la mesa cerca de la puerta, creo que quieren hacer algo parecido. Podrías añadirte a ellos.

—Ni hablar. Yo siempre voy solo —el tono de Andy era amable, pero firme —. Me carga mucho tener que acomodarme a los ritmos de los demás, ¿sabes? Que si éste se para cada hora para beber, que si el otro hace fotos… Además llevan un par de mujeres. Suelen ser lentas. No, no, prefiero ir a mi aire.

—No me vengas con tonterías, esas chicas son dos fieras. Han hecho más travesías de alta montaña que un sherpa nepalí. Vienen por aquí desde hace años; son primera fuerza, te lo digo yo. Además son todos muy majos. Y si quieres que te diga la verdad, no creo que sea conveniente hacer la jornada tú solo, no vas bien preparado. Te puedo recomendar a cualquier grupo.

Andy rió. La respuesta llegó en tono festivo pero era terminante.

—No me hagas más el artículo, ¿vale? Que yo no me junto con nadie. Ya soy mayorcito para saber lo que me conviene y lo que no. Y si lo que quieres es una propina, erraste el tiro — y le guiñó juguetonamente un ojo —.

Un guía de montaña profesional estaba sentado tomando un café cerca de ellos y se añadió a la conversación:

—Perdonad si me meto. Aquí Benja tiene razón, no lo tienes bien si no conoces el terreno. El grupo que llevo también quiere ir a Laguna Negra. Iremos por la cresta, pero no por esta vertiente sino por atrás, es más seguro. Ven con nosotros, no te cobro nada…

—Me parece que sois todos sordos —Andy empezaba a impacientarse —. A ver, ya tengo experiencia en caminar, de verdad. Mira, no quiero ser desagradable, pero ¿no vais un poco de enteradillos? No será para tanto, ¿eh?

Entonces bajó la voz y susurró confidencialmente:

—Si lo hacen un par de chicas…
           
—Usted perdone, milord —dijo el guarda irónicamente volviendo a sus cosas, mientras meneaba la cabeza.

—Se trata de tu seguridad, no de la nuestra —el tono del guía era más seco, más serio.

—Ya sé lo que hago, hombre. Salgo ahora mismo, seguro que llego a tiempo. Fíjate, los demás aún le están dando al desayuno… y a la sin hueso. Les llevo al menos una hora de ventaja.

Andy fue decidido a la mesa a recoger sus cosas. El guía suspiró y siguió con su café. Andy subió al dormitorio, arregló rápidamente la mochila, bajó, pagó lo que debía al guarda y se dispuso a marcharse, despidiéndose en voz alta de todos los presentes.

—¡Eh, chicos! Nos vemos en Laguna Negra, ¿hace una partida antes de dormir?

Un coro de voces lo despidió. «Hace, te vamos a desplumar» «A ver quién llega antes, te doy ventaja y ya veremos» «Huy, huy, uno que nos desafía».

Justo en aquel momento el guía sintió una punzada de aprensión. Se levantó y llamó a Andy.

—¿Seguro que no quieres venir? Me iría bien un poco de ayuda, que todos los que llevo son novatos.

—No, de verdad, es que disfruto más si voy solo. No insistas, por favor.

Al otro no se le iba la opresión en el pecho.

—Si quieres podemos mirar un momento tu mapa y te señalo los pasos más complicados…

—Vale —se resignó Andy por no ser maleducado.

Atendió apenas a las explicaciones, pero ya tenía la cabeza en otro sitio. Le molestaban un tanto aquellos aires de protección, eso de que le trataran de montañero bisoño. Mentalmente, eso sí, porque Andy era incapaz de ser grosero, los envió a hacer puñetas, a ellos y a todos los expertos alpinistas de aquel refugio de nenazas. Llevaba más años de excursionismo que pelos tenía en la cabeza y le querían dar lecciones. «¡Apañados estamos!»

En cuanto fue posible salió afuera y emprendió el camino a buen paso. «Qué estupendo, ir solo, qué silencio; no tener que aguantar una banda de atontados cotorreando sobre lo bonito que es el paisaje y la paz de las alturas. ¡Paz que ellos mismos contribuyen a romper!»

Decidió que era mejor tomar una senda alternativa, que aquella pronto parecería el paseo marítimo de una población de moda en la costa. «Nunca me hubiera imaginado que encontraría tanto pisaverde en un lugar tan escondido». Examinó el mapa y empezó a subir por un senderuelo empinado, estrecho y abrupto. Se enroscaba a la manera de una serpiente por la ladera y en una hora dejó atrás el bosque para entrar en la zona despejada de prados alpinos. Aún quedaba alguna dispersa placa de nieve, pero el trayecto era fácil y agradable, el tiempo se mantenía estable y la temperatura, deliciosa. Andy se felicitaba por su previsión y buen tino. De peligro, nada. Distinguió al pronto unas negras siluetas por encima de su cabeza. Eran inconfundibles: buitres negros. Volaban majestuosamente en círculos a gran altura, y sin duda algo había llamado su atención porque insensiblemente iban descendiendo. Algo más tarde había más de una docena y estaban ya bastante bajos. Andy empezó a escrutar los alrededores. ¿Qué podría estar atrayendo a los animalejos? Nada bueno, seguro.

Y entonces lo vio. Andy había llegado a una estrechísima torrentera casi vertical, cortada por un arroyo como un bloque de mantequilla por un cuchillo caliente; al otro lado de la fuerte corriente había una vaca muerta. No podía hacer demasiado tiempo que estaba allí, pues aún no eran muy visibles los signos de putrefacción. La vacada estaba dispersa por toda la empinada ladera, y aunque estos animales tienen buena pezuña y sentido del equilibrio para sostenerse, una piedra suelta o un resbalón pueden dar con ellos en el fondo del precipicio; sin duda era lo que había pasado apenas un día antes. Andy sentía una gran curiosidad. Jamás había visto un grupo de carroñeros en sus tareas de limpieza, salvo en un documental televisivo. Sería interesante esperar un poco a ver qué pasaba. Se sentó en una piedra bastante incómoda, en precario equilibrio, y decidió quedarse muy quieto para no asustar a nada que quisiera acercarse. Pero al cabo de más de dos horas el único cambio fue el aumento de buitres, que seguían girando en círculos como si fueran a seguir haciéndolo por toda la eternidad, y la aparición de unos cuantos cuervos, o grajos, no los distinguía bien, que se mantenían a prudente distancia de él, aunque multiplicaban sus llamadas y saltitos a pocos metros del desdichado cadáver.

Andy se cansó de esperar, y además el tiempo pasaba y el sol subía cada vez más alto. Si perdía más horas se le haría de noche a medio camino. Se puso en marcha a buen ritmo. La cresta se levantaba imponente sobre su cabeza y no parecía estar cada vez más cerca sino al contrario. Cuanto más se aproximaba, más alta e inalcanzable parecía, como si se burlara de sus ansias de coronarla. Tuvo que parar para comer algo, pero un sordo nerviosismo se empezó a apoderar de él. Le costaba calcular distancias en aquellas condiciones. El horizonte no se extendía ante sus pies como un mar, sino que paredes altísimas le encerraban en una caja agobiante. El cielo no era infinito: estaba bien delimitado por un contorno estrecho,  irregular pero firmemente delineado. Además, la altura ya muy próxima a los 3.000 le pasaba su propia factura en forma de un bajo porcentaje de oxígeno al que no estaba acostumbrado. Le costaba mucho más caminar. Él, que trotaba durante horas por los caminos polvorientos de su tierra, se ahogaba en medio de aquellos peñascos duros, de aquellos senderos perdedores y pedregosos, resbaladizos, que subían y bajaban como una montaña rusa, de aquellas laderas rebosantes de piedra suelta y movediza, traidora, que sólo espera una vacilación para voltearse sobre sí misma y derribarte al abismo.

No podía mantener el paso de costumbre. El aire frío y seco combinado con el potente sol le provocaban una sed muy intensa. Miró el mapa y vio asombrado la poca cantidad de trayecto horizontal que había cubierto. Con esto no había contado. Quizá sería mejor no llegar a la cresta por no perder tiempo en subidas, y seguir por las barrancas intrincadas que formaban su base. También podía volver, pero Andy no tenía ninguna gana de decirle al tal Benja que no era capaz de llegar a Laguna Negra. El pobre Andy, como todo el mundo, tenía cualidades y defectos, pero quizá uno de los más graves era que detestaba que los demás se salieran con la suya mientras quedaba él en ridículo. Por ahí no pasaba.

Por donde sí debía pasar era por terreno demoníaco. Ni caminos, ni senderos, ni una mala estrada, ni siquiera el rastro de una fiera despistada que se hubiera aventurado por entre las agrestes quebradas. La piedra torturada por heladas y solanas levantaba barreras casi infranqueables, que sólo con mucha determinación y esfuerzo podía sortear. Pero por cada una que vencía tenía delante veinte más. Las horas pasaban y el agotamiento llegó. Se dejó caer. La respiración entrecortada, las piernas temblonas, el taladro que atravesaba sus sienes sin piedad, y aquella losa, pesada, que se había instalado en su corazón, ya no le permitían continuar. «Volver, tengo que volver». Pero al mirar atrás se sintió sin suficiente energía y decidió descansar. El sol declinaba y a aquellas hondonadas hacía horas que no llegaba ni el más mínimo de sus rayos; aunque él estaba empapado en sudor, el ambiente era gélido. Del suelo empezó a levantarse una neblina al principio leve como una gasa, pero que se fue espesando poco a poco y le dejó aislado en un mundo blanco y húmedo. La ropa le pesaba, saturada de humedad por el relente; el sudor se congeló sobre su piel y le robó el calor interno; el frío despiadado le helaba los huesos, le roía el alma. El sopor le cerraba los párpados y la cabeza oscilaba sobre el cuello sin que fuera capaz de erguirla. La oscuridad se cerró.

Llegó un nuevo día, alegres trinos saludaban la claridad que se extendía por el pequeño valle de Bellavista. Benjamín, el guarda, hacía ya horas que iba y venía, atareado con el generador, el desayuno, la limpieza. La noche había sido tan fría que había tenido que romper una gruesa costra de hielo para sacar el agua del bidón. La gente almorzaba y llenaba el comedor con la algarabía de costumbre. Uno de los excursionistas, que armado de unos prismáticos había salido a dar un corto paseo, le llamó excitado.

—¿Puedes venir? Me parece que hay águilas o algo así en aquella dirección. No lo distingo bien. Hay muchas.

—A ver, déjame los prismáticos. Sí, ya veo. Nada de águilas. Son buitres, un buen puñado. Y parece… han visto algo. Hoy éstos comen, seguro.

—¿Qué puede ser?

—Me dijeron que había una vaca muerta en la subida al Águila Dorada, pero eso fue hace dos días, no estarían aún ahí… además, se ven demasiado al oeste para ser eso.

—¿Entonces?

—Vete a saber – le devolvió los prismáticos –. Algún otro animal, y bastante grande… ¡Por Dios! ¡No me digas que…!

El guarda corrió a la radio y llamó. «Vamos, vamos». Por suerte su interlocutor, el encargado de Laguna Negra, respondió deprisa. Imposible ser discretos. La conversación a gritos, mezclada con los parásitos y la estática, se oía por todo el recinto, dejando helados de estupor a los hasta el momento alegres huéspedes.

—Laguna, Laguna, aquí Bellavista. Es urgente. ¡Contesta!

—Aquí Laguna. Eh, Bellavista! ¿Cómo andamos? ¿Querías algo?

—Aquí Bellavista. Todo bien. Oye, ¿llegó ayer a Laguna un solitario? Andrés Cabrales, se llamaba.

—Aquí no. ¿Crees que se ha perdido?

—Seguro. Era novato, no iba bien preparado. Dijo que quería pasar por Despeñadero y se ve por allí bastante buitre. ¿Cómo lo tenéis para una inspección? ¿Todavía están Chema y Paco contigo?

—Están. Sí, pueden ir. ¿Llamas tú a Emergencias?

—Sí, pero tardarán en llegar. Empezad a buscar. Quizá lleguemos a tiempo.

—OK. Nos hablamos. Corto y cierro.

Benjamín dio el aviso a Emergencias. Después salió otra vez fuera del refugio y dirigió la mirada a los negros puntos que se movían lentamente contra el cielo. El excursionista de los prismáticos, entre horrorizado y fascinado, era incapaz de despegar los ojos de las carroñeras. Le parecía increíble que a pocos metros de él se pudiera desarrollar un drama de vida o muerte.

—Qué impresión, ¿no? Eso de morir y… qué bichos tan desagradables. ¡Y se trata de una persona!

El guarda suspiró.

—Si aún están en lo alto, hay alguna posibilidad. Pero yo no creo que los buitres sean desagradables. Cumplen a la perfección con su tarea de acabar con deshechos y podredumbre que ensuciarían las aguas y harían enfermar a los demás animales.

—Eso suena muy duro —el hombre bajó los prismáticos y le miró asombrado. Los lechuguinos de ciudad, por más que digan amar la montaña y la vida natural, siempre retroceden aterrados cuando la ven tal como es en realidad.

—Aquí las imprudencias se pagan caras. Nuestra Madre Naturaleza es generosa, pero no muy clemente —sentenció Benjamín, meneando la cabeza con tristeza —. Sus leyes son sus leyes: inapelables.

FIN








diumenge, 18 de març del 2012

Nou amic


Fa uns dies vaig a anar a passar el cap de setmana a Roses. Aquesta bella població de l'Alt Empordà te una preciosa badia, amb una platja que, a començaments del mes de març, presenta un aspecte tranquil i serè, lluny de les aglomeracions estiuenques.

M'hi vaig estar un parell de nits, en aquest indret, i ho vaig aprofitar per aixecar-me ben d'hora i gaudir d'un espectacle que no veig sovint (o gairebé mai): la sortida del sol en soledat i en un ambient natural. Vaig calcular que la platja feia uns cinc kilòmetres, aproximadament, i tots dos dies la vaig recórrer sencera, ben arran de l'aigua, trepitjant la sorra humida, respirant el vent salat i rebent al rostre la llum i la força dels espais oberts. No estava pas sola, tot i el moment tan matiner: alguns ciclistes i corredors solitaris al·legraven el passeig marítim, i a la sorra m'acompanyaven les gavines, que xisclaven, volaven sobre el meu cap i nedaven serenament en un mar que semblava un estany. La sorra, llisa i lluent, semblava un palimpsest de petjades d'ocells, i feia emocionar el barreig de la meva traça amb la dels alats habitants de la badia.

Va ser el segon dia que vaig tenir una experiència molt especial. Una petita au marina, semblant a un corb de mar, va venir molt a prop meu. S'estava a una distància d'uns deu metres, i remenava per buscar cuquets, just en aquell punt on les onades trenquen dolçament i deixen exposada durant pocs segons una sorra mullada plena de foradets; un lloc per àpats ben exquisits en el món dels ocells marins.

La meva nova amiga em vigilava, això sí, de cua d'ull, però la meva presència no la molestava pas. Jo vaig baixar el ritme del meu pas i em vaig adaptar als seus moviments per mirar de no acostar-me en excés. L'au també es va acoblar a la meva caminada i totes dues juntes vam fer un bon tros de sorral. El vent, el sol, els esquitxos de mar, la sorra, els estols i els crits que els acompanyaven.... tot plegat em va fer sentir, ni que fos per un moment, part d'aquell entorn. Em vaig adonar de que no molestava, que era acceptada, que podia estar en bones relacions amb els meus companys de viatge.

Vaig sentir per un segons, que, en aquest planeta dolgut per la desídia i la malvolença; terroritzat, torturat, enverinat i menyspreat per molts representants de la meva espècie, un germà animal havia decidit que hi havia un raconet per a mi i que era capaç de caminar al meu costat. Moltes gràcies, amic, potser sí que hi ha una porta a la comprensió entre els nostres mons; només cal una mica de paciència i ganes per totes dues bandes.

Hi ha moltes persones disposades a fer una passa i travessar aquesta frontera cap a una vida d'harmonia amb el nostre planeta. No és un capritx ni un esnobisme de quatre hippies que s'han equivocat d'època. És l'única esperança per a tots. Si els humans ens destruïm com espècie, ja ens ho farem. Si no canviem, els companys de viatge en sortiran guanyant. Però fora una llàstima que mai més un humà i una au marina no tornessin a creuar els seus camins.


Silvia Navarri. Dona i ocell (2002)


Imatge extreta de:  http://www.silvianavarri.com

divendres, 26 de novembre del 2010

Regal de tardor



Aquest any, el pas de l’octubre al novembre em va agafar en un lloc d’un gran encant: els voltants del poble de Lles, a la Cerdanya. Vam fer un parell de pernoctes al Refugi del Cap del Rec —dissortadament seran les darreres en un temps. El refugi ha tancat portes—. Els dos dies que vaig passar voltada de natura m’han omplert els sentits i m’agradaria compartir amb vosaltres dues impressions de les moltes que s’han gravat a la meva memòria.

La primera és de colors, milers de colors que ens vénen donats per una meravella de la natura que per als habitants de la costa no és excessivament visible: el bosc caducifoli. A aquestes alçades de la tardor els roures, els pollancres, els aurons, els corners, les moixeres, els faigs i els freixes, esclaten i es converteixen en autèntiques torxes vegetals, portadores d’un foc xiuxiuejant, remorós, que oscil•la i es mou dolçament en la brisa. He arribat a comptar més de vint matisos diferents del vermell i del groc en una sola paret muntanyosa: llimona, or vell, daurat, taronja, bronze, ocre clar i fosc, bordeus, vermelló, carmí, siena, rosat, i se m’acaben els noms... tots barrejats entre ells o bé emmarcats pel verd ombrívol del pi negre, el rei perennifoli dels boscos de l’alta muntanya. La varietat de la paleta canvia segons l'orientació —obaga o solana—, però en qualsevol cas l'efecte és impactant.

El segon és el gaudi de la primera nevada que he vist aquest any. El bosc s’ha cobert d’un mantell blanc, el caminar produeix un soroll curiosament crepitant, les arestes, arrels i pedruscam del terra queden convertits en una capa flonja de contorns suaus. I al final de la pujada, el regal: l’estany de l’Orri totalment gelat. La capa cristal·lina és encara tan prima que, des de les vores del petit llac, es veuen al seu través les tiges de les plantes aquàtiques atrapades pel matiner hivern de la muntanya com si les miréssim tancades en una caixa amb tapa de vidre. No es pot encara trepitjar, hi ha poc gruix i la sensació de fragilitat augmenta per la gran quantitat de petits senyals estriats que, aquí i allà, ens assenyalen falles en la seva superfície. És un mirall llis i gebrat, amb un marc boterut de pedres i arbres ara arrodonit, suavitzat, per la capa nívia; el bosc és tot quietud i silenci, els sons estan esmorteïts pel coixí de neu. Pel camí, o entremig dels arbres, en el terra, ara convertit en una pel·lícula d'alta sensibilitat, queda escrit el rastre d’una llebre, d’una guineu, fins i tot el pas tènue d’un insecte. La llum es duplica, reflectida per milers de prismes diminuts.

De la resplendor de tons vius a les subtils variacions del blanc, el regal de la tardor a les nostres vessants pirinenques és una festa per a la vista i alhora un missatge per al nostre cor: tan és que sigui el temps de la florida com aquell de l’esclat, la maduresa o el repòs i l’espera; la natura sempre ens colpeix amb la seva inesgotable bellesa.





P.D. Aquí s'imposava alguna de les fotos que vam fer, però per problemes informàtics no ha estat possible, i he hagut de posar imatges d'altri. Ja serveixen per fer-se'n una idea, de tot plegat.




dilluns, 18 d’octubre del 2010

Amistat

L’altre dia anava capficada pel carrer, bastant entristida, i, un moment que vaig aixecar la vista, la vaig veure. No sé per què —i és quelcom que em passa sempre que apareix—, se’m va alegrar el cor i per un instant vaig oblidar les meves cabòries. Ella m’adreçava un mig somriure i jo no vaig poder sinó respondre-li de la mateixa manera.

La considero una amiga d’aquelles «de tota la vida». Té les seves peculiaritats: no es deixa mai veure a ple sol ni tampoc quan plou o està molt tapat; sembla que núvols i pluja l’espanten una mica. Al migdia no la veureu mai pel carrer. Hi ha dies que a primera hora i fins ben entrat el matí passeja amunt i avall, i d’altres ho fa al caient de la tarda fins que és ben entrada la nit. I sí, la nit és l’hora que més li agrada per fer un volt. Les seves passejades no són sempre iguals; un dia la veus sortir dos carrers amunt de casa i anar-se’n dos avall, i al cap d’uns mesos ha canviat el seu recorregut i l’has de buscar tres blocs a l’esquerra o un a la dreta. Però no falla mai. Si tens en compte les seves manies segur que al final te la trobes. I a mi m’agrada tenir-hi tractes i no perdre el contacte. És molt callada i no dóna mai consells, però la seva sola presència és capaç de dur-me serenitat i consol.

Avui, com que ja sé on buscar-la, podré passar una estoneta en la seva companyia. És bona època per saludar-la. Ja ho diu el calendari, que es troba en fase de quart creixent; i amb aquest temps fresc, penjada d’aquesta atmosfera neta, se la veu brillant, animada, alegre com unes castanyoles.

Bona nit, amiga Lluna!

Carlota Cuesta. Arquitectura acristalada con luna. (1999)

dissabte, 25 de setembre del 2010

Misteri



Al meu balcó hi ha un misteri. Es tracta d’una planta que té gairebé vint anys. Potser més, perquè va ser un regal d’una persona que ja la tenia d’abans. Ocupa poc espai i és prou discreta. Potser no ha crescut més d’un parell de centímetres en tot aquest temps. Té la forma d’una mata espessa de fulles primíssimes, verdes i cilíndriques, i dóna unes flors blanques molt boniques; ara bé, només floreix durant el mes de setembre.

Però no es tracta de que floreixi més o menys cap al setembre, no. Exactament el dia u comencen a formar-se les poncelletes, i cap al tres o el quatre surten les primeres flors. I tan és que l’agost hagi estat sec com tempestuós, tan és que faci calor com una mica de fresca, que l’abrusi el sol o que els núvols siguin ben negres: el dia u, sense perdre pistonada, comença a florir, i no para fins que l’octubre treu el nas. Cada flor viu dos o tres dies i després s’asseca, però mentre dura aquest mes la floració es renova constantment, de manera que el petit test sempre n’està curull.

Com s’ho fa per saber la data? Té un calendari amagat i marca curosament els dies durant tot l’any? Me la imagino, una arrel fineta que traça una ratlla diagonal al quadradet que representa el 31 d’agost. I tota la saba es posa en marxa per oferir-nos les tres o quatre primeres poncelles amb l’exactitud i la precisió d’un rellotge de quars.

Ja me la veig comptant els dies: «Tots trenta, només trenta. Ara començo, ja s’ha acabat. Plou, fa calor, està núvol, fa vent, em reguen, no em reguen... és igual». Impertorbable, s’ha convertit en un miracle del temps i un misteri de la natura.

No tenim ni idea del nom de la planteta. He buscat per tot arreu i no n’he vist cap que s’hi assembli, així que li hem posat el nom de Pinea stativa. Us agrada? Ve a ser la traducció lliure d’aquella expressió castellana que es refereix a les bicicletes però que s’aplica a totes aquelles actituds i actuacions sempre idèntiques, siguin quines siguin les circumstàncies: “a piñón fijo”.

diumenge, 29 d’agost del 2010

Pregària


Hi ha una pregunta que alguns nens m’han fet sovint: quin és el teu animal preferit? La veritat és que no tinc ben bé “animal preferit”. Entre els domèstics tan m’agraden gossos com gats. Trobo preciosos els cavalls i m’encanta veure ramats de vaques pasturant tan tranquil•les. Quan als animals salvatges, tots són interessants: serps, lleons, taurons i balenes, goril•les i aufranys, voltors i papallones. Sí que tinc una certa debilitat pels cordats i un petit rebuig pels insectes, però en general, qualsevol animal pot ser objecte del meu interès o la meva curiositat en un moment donat. I evidentment, trobo que absolutament tots es mereixen el nostre respecte.

Ara bé, per raons que no vénen al cas, la família en general opina que el meu animal totèmic és la marmota. Tinc fins i tot una estupenda samarreta amb una simpàtica marmota retratada al davant, i el nom científic i una petita descripció a una de les mànigues. Quan la porto posada, tothom diu que m’identifico tan i tan. El cas és que també tinc samarretes amb flors, mussols, balenes, gats, gossos i guepards, i ningú no diu que m’hi assembli. Tots tenen una fixació amb la marmota.

La veritat és que són gracioses. L’amiga marmota alpina (Marmota marmota), com el seu nom indica procedeix dels Alps. Després de la Segona Guerra Mundial el govern francès va portar marmotes d’aquesta espècie als Pirineus per millorar-ne l’ecologia. L’animaló es va adaptar perfectament, i cap als anys setanta ja havien travessat la frontera (sense passaport i sense espai Schengen!). Si durant l’estiu us passegeu per les valls del Pirineu català us faran companyia els seus xiulets, i, si sou prudents i no feu sorolls innecessaris ni moviments bruscos, les podreu veure atrafegar-se amunt i avall mentre que una vigila. Si porteu prismàtics, millor. A l’hivern no cal que us molesteu: estan hibernant tan felices en els seus caus.

Suposo que puc estar contenta de que m’assimilin amb elles, podria ser pitjor. Devia ser per aquesta raó que em va fer gràcia veure el que ara us explicaré.

Fa amb prou feines quinze dies. Em trobava prenent un te ben calentó en un refugi dels Pirineus francesos. Tot i que era el mes d’agost, feia un fred que pelava. S'ha de dir que vam acompanyar el te d'un bon tall de pastís de nabius que estava deliciós.

Davant de la finestra s'estenia el bonic llac de Gaube. S'hi pot arribar fàcilment amb telesella, però nosaltres, muntanyencs de pro, vam pujar a peu pel caminet. No faltaria sinó! Tot plegat, un parell d'horetes entre anar i venir, més una altra hora per visitar les vores del llac. Després de l'esforç (he!) el te i el pastís venien molt de gust. Deixava vagar la meva mirada per les parets, plenes de mapes i fotografies, i vaig ensopegar amb un pòster que representava una marmota i en el que es llegia el text que segueix:

La prière de la marmotte

Ma douce nature
j’aimerais que chaque jour
soit soleil et chaleur.

Si tu peux me donner
nourriture en abondance,
et protection
contre mes ennemis du ciel,
je saurais donner
au promeneur le spectacle
de mes jeux sur l’herbe,
et de mes siestes au soleil.

Tu es ma demeure
et mon existence.

Je te respecte et te protège.


Em va encantar. Si això és el que pensa la marmota, doncs bé, tan de bo aquesta senzillesa i aquest amor cap al nostre entorn natural visquin sempre en el meu cor!

(Per si a algú li costa el francès, us deixo aquí una traducció lliure més o menys encertada. Si la voleu millorar, vosaltres mateixos. Jo personalment demanaria una mica més de fresca, que ja m’està bé, però què hi farem.)

La pregària de la marmota

La meva dolça natura:

A mi m’agradaria molt que tots els dies
fossin assolellats i fes calor.

Si tu ets capaç de concedir-me
aliment abundant i protecció
contra els meus enemics
que baixen des del cel,

jo sabré donar al caminant
l’espectacle dels meus jocs a l’herba
i les meves migdiades sota el sol.

Tu ets la meva llar
i en tu visc la meva existència.
Per això et respecto
i et protegeixo.

dissabte, 3 de juliol del 2010

La Fageda Encantada

Encara que no ho sembli, aquest és un conte indi tradicional. Però m'he divertit molt donant-li un aire, diguem-li, diferent. I traslladant-lo a un indret geogràficament més proper a nosaltres.

Els protagonistes d'aquest conte són:

un faig: Fagus sylvatica

un esquirol: Sciurus vulgaris

un home: Homo sapiens

I aprofito per dedicar aquest conte a tots els amants de la natura, tal com ella és.





Fa molts i molts anys, tants que aquest pobre narrador no té prou dits a mans i peus per a comptar-los, hi havia un esquirol. Un esquirolet viu, llest, molt jovenet, que tot just acabava de deixar la mare i els germans i havia començat a buscar-se la vida tot sol. No sé si els esquirols tenen nom, però sí sé que aquest es deia Pum. Amb moviments ràpids i salts acuradíssims es movia de branca en branca, d’arbre en arbre, mentre recollia i rosegava pinyes, avellanes, nous, aglans, petits brots, i fins i tot, si en trobava, ous, invertebrats i líquens, ja que el Pum era de bona boca i millor gana. Gastava molta energia i s’havia d’alimentar bé. No tenia manies quan als llocs ni al temps. Si feia bo, jugava i botava com una pilota peluda i vermellosa; tafaner com era, el seu morret es movia incessantment, nerviós, mentre ensumava tot el que es trobava, fossin aranyes, formigues, fulles estranyes, flors oloroses, cucs o erugues. Si plovia, sempre se les apanyava per esmunyir-se dintre un bon cau sec, refugiar-se i descansar de la seva vida atrafegada. Sense fer gaire esment, devia de ser bastant feliç, tot i que ja ho esbrinarem desprès, això.

En el seu vagareig sense cap direcció precisa, el Pum va arribar a un bosc molt i molt estrany. No era un pinar, ni una roureda. No es trobaven allà les alzines ni la màquia ni els petits fruiters com l’ametller o el cirerer d’arbost. Els arbres eren alts i esvelts i hi vivien tots sols, sense cap altra espècie vegetal que els disputés la terra, l’aigua ni el sol. El Pum no ho sabia, però es tractava d’una fageda, una arbreda immensa que semblava un escenari de conte de fades. El degà dels faigs era una mola vegetal, plantada enmig de la boscúria, que estenia les seves branques com un sostre viu, a la manera d’un pilar catedralici que sustenta els nervis de la seva volta. El Pum s’hi va refugiar, ja que l’arbre era acollidor i ell estava molt cansat; es va agombolar un niuet còmode, i ben embolicat amb la seva cua es va adormir com un angelet del cel dels esquirols.

Mentrestant, un altre mamífer feia cap a la fageda. Venia d’un país més o menys proper; es tractava d’un senyor que es deia Brain Noús, i que era intel•ligentíssim. O almenys això pensaven i deien tots, començant per ell mateix.

En Brain tenia una ment lògica i ben entrenada per a no perdre’s enmig dels sil•logismes més complexos, per moltes premisses particulars i negatives que lluïssin. La seva capacitat de raonament excel•lia amb escreix la d’un conegut filòsof que amb prou feines si havia arribat a demostrar racionalment la seva pròpia existència. Gaudia a més d’una memòria d’elefant bon menjador de cues de pansa i havia cultivat les més excelses ciències, tant les experimentals com les especulatives. Ningú no li passava la mà per la cara resolent arrels cúbiques sense l’ajut de logaritmes i aplicava alegrement els transfinits de Cantor amb un aleph al quadrat sense ni tan sols despentinar-se. Es divertia calculant esforços i deformacions estructurals de qualsevol pont que trobés al seu camí; la mecànica de fluids no tenia cap secret per a ell, ni la química orgànica, ni la inorgànica, ni la física quàntica... En resum, i per a no allargar-nos massa: era un setciències, un pitagorín, i, com que mai no havia trobat ningú que se li podés comparar, es malfiava de qualsevol cosa que ell mateix no hagués vist, mesurat, calculat i certificat. Quelcom semblant a aquell personatge de teatre que li deien “el condemnat per desconfiat”, com si diguéssim. Si era o no feliç, no en tinc ni idea. Vosaltres mateixos, ja ho decidireu quan sentiu cóm segueix aquesta història.

El senyor Brain Noús va decidir un dia fer un viatge a una contrada llunyana. Evidentment va calcular escrupolosament tot el necessari: horaris, preus, estada, dies, mitjans de transport... res no va ser deixat a l’atzar. Un estudi acurat i curosament contrastat d’unes vint guies turístiques li va donar totes les indicacions necessàries per visitar tot allò digne de veure’s, no deixar-se res, i sobretot aprofitar el viatge fins a l’últim segon sense perdre el temps anant a llocs superflus i no significatius.

Quan va arribar al seu destí va seguir fil per randa tot el programa que s’havia muntat, i així finalment va arribar a una de les atraccions més emblemàtiques d’aquell país. Figurava a totes les guies amb el nom de La Fageda Encantada, i, com ja podeu suposar, no era una altra que aquella en què el Pum havia anat a raure. Era antiquíssima i molt extensa, tant, que ni un home de bon pas podia recórrer tota la seva extensió en un sol dia. Els faigs, alts i esvelts, rectes com les columnes d’un temple, amb la seva escorça platejada i les seves fulles canviants, creaven un entorn misteriós, propici a les divagacions oníriques. Sota el tendal espès, glauc a la primavera, maragda a l’estiu, i de tons meravellosos d’ocre, groc i vermell a la tardor, el temps i l’espai semblaven escapolir-se de les normes del nostre món i fugir cap a una altra dimensió, com si els arbres existissin en aquell “temps del somni” dels aborígens australians: un temps i un espai on qualsevol cosa és possible. D’aquí el nom d’encantat amb què els promotors turístics havien decidit de batejar aquell indret. El que ells no sabien és que l’encantament del bosc venia d’antic, només que no funcionava pas amb tothom. Ni sempre.

El faig principal, aquell on el Pum havia fet el seu niu, era un arbre diví. Un arbre primordial, la saba del qual havia donat vida a la resta dels seus companys. Normalment dormia en el seu tranquil son d’arbre, però en determinades circumstàncies, que incloïen configuracions astrals i planetàries molt especials, el vell faig despertava. I aleshores, obeïa als pensaments de qui estigués prop seu, i li concedia desitjos. I no era pas maniàtic ni melindrós, ni jutjava allò que pensaven o desitjaven aquells que reposaven a la seva ombra. Ell només escodrinyava i concedia. I no feia esment del que passava després, ni de si els seus dons eren ben o mal apreciats, ben o mal utilitzats. Repartia els seus regals amb generositat, i després, quan els estels canviaven les seves posicions, el monumental faig es tornava a adormir, seré i poderós, cau i refugi dels petits habitants del bosc.

I vet aquí, que el Pum va obrir els seus els ullets a un nou dia i primer que res, com a bon esquirol, es va dedicar a netejar-se curosament, per tal que ni una petita brossa, ni pols ni branquillons ni paràsits no li embrutessin el pèl ni li malmetessin la pell. Sí, el Pum sabia cuidar convenientment de la seva salut. I en això que el Brain Noús va arribar a sota el mateix faig monumental on s’empolainava l’animaló. Havia passat la nit en un refugi “amb encant” al llindar del bosc, al qual hi havia anat a parar seguint els consells de la famosa Guia Miquelet. Per si no ho recordàveu, és aquella que calibra les fondes en funció de la forma que donen a les truites a la francesa: si l’angle entre el costat gran i el xic es de 90º, tres estrelles; si només és de 86º a 89º, dues i gràcies; si el costat petit és corb, una estrella i a córrer. Si és esfilagarsat, ja pot ser la millor i més gustosa truita del món: te’n pots anar directe cap a l’infern dels cuiners, perquè no existeixes. El Brain li tenia molta fe, a la Guia Miquelet.

Ja que estava per allà, i que tothom en parlava com una de les dues-centes trenta-cinc meravelles de la regió, va decidir donar-hi una ullada. Va projectar l’excursió amb tota cura. Les informacions generals deien que els camins estaven convenientment marcats amb traces de diferents colors, i tots i cadascun dels trajectes proposats disposaven de la seva previsió de temps estimat, tot plegat ben especificat en el tríptic que regalaven al mateix refugi. Però el senyor Noús es malfiava de les marques, estava ben convençut que aquells que s’hi dediquen, a pintar-les, segurament són parents del Follet Perdedor. "Només heu de veure – pensava – com, en un camí ample, recte i ben fressat, trobareu una claríssima marca cada vint metres, més o menys, just a l’alçada dels ulls, en llocs ben visibles, i una per a cada sentit de la marxa. Però si arribes a una cruïlla de tres o quatre camins, no s’afigura cap marca ni per mal de morir, i t’has d’endinsar per tots ells un centenar de passes abans no trobis un pas barrat pintat amb desgana, o una fletxa desmaiada que no saps ben bé cap a on assenyala. Si el sender és angost, ple de giragonses i desdibuixat pel sotabosc, les marques seran petites i escadusseres, i amb prou feines es podran distingir de les restes d’un insecte aixafat. I a més, no fem broma! En aquest país no fan pas cara de ser gaire metòdics. Més aviat al contrari".

Per postres, hi havia una cosa en què totes les guies estaven d’acord: a la Fageda Encantada de quan en quan hi passaven coses estranyes. Es parlava de que feia una munió d’anys hi havia desaparegut no-sé-qui, i de que a vegades hi apareixia no-sé-què. Amb tots aquests pensaments a la seva clara i perfecta ment, en Brain Noús va preferir armar-se d’un mapa a escala 1:200, una brúixola, un cronòmetre, un altímetre, un walkie talkie connectat directament amb la Policia i la Guàrdia Forestal, una farmaciola, unes racions d’emergència i una manta tèrmica. Així, preparat per a qualsevol contingència, es va endinsar tot sol al bosc i es va disposar a seguir un camí ample de mig metre que en tres quarts d’hora, minut amunt, minut avall, i sempre segons el tríptic, l’havia de portar fins el faig més alt i gros al sud del paral•lel 42 de l’hemisferi nord.

Quan finalment hi va arribar, al cap de tres hores, ja que es parava a cada moment per comprovar que el camí, les marques, el mapa, la brúixola i l’altímetre estaven tots d’acord, el Brain estava cansat i es va ajeure sota aquella ombra tan deliciosa. Rendit com estava, amb la piuladissa dels ocells, la brisa fresqueta i el tou de fullaraca que li feia de matalàs, es va quedar fregit.

I allà s’estaven els dos únics representants de la classe Mammalia, sexe masculí, que es podien trobar a menys de dos quilòmetres a la rodona: un clapant i l’altre espulgant-se, els dos tan tranquils, mentre en el firmament Venus s’acostava a menys d'un segon d’arc de Júpiter, Mart es posava en oposició, la lluna entrava en creixent exacte i la nebulosa d’Orion s’aixecava per l’horitzó. Coses totes elles invisibles en aquell indret perquè era ple dia, però no per això menys significatives. El faig es va despertar.

El Pum va dreçar les seves orelletes i el Brain va obrir els ulls just al mateix moment que el faig prenia consciència d’ell mateix. Un estremiment els va recórrer, a uns l’espinada i a l’altre el tronc, de l’arrel més fonda al darrer dels branquillons, i el poder del faig es va manifestar.

El Pum ja portava dies una mica neguitós, i ni ell no sabia perquè. Aleshores va veure, què direu?, una esquiroleta moníssima, que li feia uns moviments de cua d’allò més simpàtics i atraients. Al Pum ja no li va caldre res més per acostar-s’hi tot engrescat; es van caure bé i ja tenim la parelleta. La jove femella es deia Pim. La Pim i el Pum no van trigar gens a construir el seu niu i a partir d’aquí tot va anar sobre rodes.

El Brain, mentrestant, es sentia molt a gust, i va pensar:

- Què bé que s’hi està, aquí. Ara, si tingués bona companyia seria molt millor.

Dit i fet. Va aparèixer del no-res una jove que així a primer cop d’ull era bellíssima, només que si la miraves amb atenció potser tenia coses estranyes, com un ull de cada color (un de blau i l’altre de color mel), el cabell llarg i molt negre però amb rinxols rossos barrejats, una cintura extremament estreta i un pits de la grandària exacta d’unes copes de xampany que havien fet en honor de ja no es recorda quina senyora d’una cort reial. Els dits de les mans eren llargs i fins, en canvi els peus els tenia diminuts, tan petits com les dents blanquíssimes en forma de perla i les orelletes quasi inexistents. El nas s’arromangava amb gràcia, la barbeta era punxeguda, la pell de la cara pàl•lida i la de braços i cames molt morena... en resum, era un compendi de totes les coses que li agradaven al Brain, però barrejades sense ordre ni concert. Com si diguéssim un trencaclosques de dona. Però el Brain no va fer cas d’aquests petits detalls, va estar molt content amb l’aparició de la noia, i hi van passar una bona estona, sota l’arbre.

Al cap d’un temps, el Brain va pensar que, si ja s’estava bé amb companyia, fixa’t tu que no seria poder viure allà mateix al bosc, en una caseta senzilla, amb aquella dona tan escaient. Dit i fet. Empenyent soques i fullaraca va néixer del terra com un bolet una caseta encisadora, tota de fusta, exactament igual que una altra que el Brain havia vist feia molts anys en una fotografia i li havia agradat molt.

La parella es va fer mestressa de la caseta, però un cop dintre, ja van veure que el seu interior era molt simple: una llar de foc que feia també de fogó, una màrfega, una taula i dos bancs.

- Vaja – va pensar el nostre heroi – no està malament, però un interior més modern i luxós ja seria perfecte. Una bona cambra de bany, una cuina d’aquelles modernes en mig de la sala, que ocupen més espai que un menjador victorià...

I conforme anava pensant coses que li feien il•lusió, elles anaven apareixent, com qui no vol la cosa, mentre la caseta s’eixamplava com un globus ben inflat i es convertia en un xalet dernier cri.

Quan es va veure voltat de tants luxes, li va semblar que ja no podia desitjar res més. Es va estirar en una còmoda hamaca a tocar de la piscina, va inspirar fons i aleshores... aleshores es va adonar que si s’havia de posar a cuinar i a netejar, tot allò perdia la seva gràcia. I si li feia fer a la dona, ja no la tindria tothora a la seva disposició.

- Ai, - rumiava - si hi hagués, no sé, una cuinera, una cambrera i un majordom, jo podria estar aquí a cor que vols, i tindria a la meva companya pendent només dels meus capricis. Això sí que seria vida de la bona!

Dit i fet. Com si fossin esperits convocats en una séance de pel•lícula, els tres criats es van materialitzar i van començar a triscar per la casa com si no haguessin fet una altra cosa durant els cent anys anteriors.

Ara, és clar, tot estava ordenat, net i polit, però quan el tibat majordom li va portar una safata plena a vessar de copes i platets, a dintre no hi havia sinó aigua per beure i fruitetes del bosc per fer el mos.

Mentre la seva companya s’atipava alegrement de maduixes, móres i gerds, el pobre Brain no estava content. A ell li haguessin fet el pes uns còctels amb molt de gel, caviar, uns muntadets, uns canapès... abans que ho hagués acabat de pensar, puf! ja ho tenia tot a l’abast: que si una plata de marisc variat que feia venir salivera, que si gerres elegants curulles de líquids apetitosos de tots els colors, acompanyats de rodanxes de taronja, llimona, llima, que no es podia demanar res més. Que si tot de safates i safatetes amb torradetes i patés, salmó fumat, pernil d’ànec, seitons, foie, fruites escollides i exòtiques, tomàquets farcits en fred i en calent, formatges frescos i curats, cremes i risottos. Al Brain li rodava el cap i li rugia l’estómac, i no va deixar res per verd.

Després del tiberi va fer una bona migdiada. Quan es va despertar, però, i va veure tot el que l’envoltava, va tenir una sensació d’estranyesa i es va posar a rumiar:

- A veure. Tot això no pinta bé. Aquí fa unes hores no hi havia sinó arbres, fulles i arrels. I jo ara aquí en una casa elegant, voltat de totes les coses que m’agraden, i amb una dona encisadora a la meva disposició. I només he hagut de pensar-hi i ja ho he obtingut! Aquestes coses no són normals. Aquí hi ha un poder aliè que es dedica a satisfer els meus desitjos. Si repassem bé tota la història de l’home, quan és que passa això? Única i exclusivament quan pel mig dels assumptes humans es fica el dimoni. Sempre és igual. De primer, el dimoni t’ofereix els tresors de la terra, i desprès, apareix per cobrar-se el servei!

Dit i fet. Davant del Brain va aparèixer el dimoni. I no qualsevol, no. Mefistòfeles en persona! Guarnit amb el barret emplomallat, les calces partides i la xupa ricament brodada. Amb una expressió malèvola accentuada per la seva barbeta en punxa i les celles llargues, espesses, el nas afilat i els ulls negres i penetrants. Igualet, igualet, que en aquell gravat del llibre de Faust que el Brain recordava tan bé.

El Brain va fer un bot, aterrit, i només va ser capaç de pensar:

- Quin horror! Ara se’m menjarà!

Dit i fet. El dimoni, d’una sola mossada, se’l va empassar. Com que el Brain havia desaparegut, tot el que el seu pensament havia materalitzat es va esvair amb ell: dona, casa, mobles, criats, requisits i el mateix dimoni. I sota el vell faig, no va quedar rastre de res, com si un home de nom Brain Noús no hagués existit mai dels mais.

Només un parell d’éssers vius es van adonar del prodigi. Eren la Pim i el Pum, que estaven molt atrafegats amb el niu, les nous, les tafaneries i la resta d’activitats pròpia d’una parella d’esquirols. Per aquesta raó, tampoc no van fer gaire cas del fet. Ells ja estaven prou contents amb el que tenien: bona companyia, refugi adequat, menjar a dojo i grans projectes familiars. Tot era perfecte. Que una cosa estranya que no els servia de res desaparegués o no, no tenia cap mena d’importància.

I Venus es va separar de Júpiter un segon d’arc, Saturn va deixar sentir la seva influència des del quadrant superior i el caçador Orion es va aixecar tot sencer en mig del cel, tot i que ningú no ho veia perquè lluïa el sol. El vell faig va fer un sospir satisfet, i es va tornar a adormir fins a la propera configuració astral propícia.

La Pim i el Pum ni es van adonar. Com bons esquirols, vivien al dia, o més ben dit, moment a moment. No sabien el significat de la paraula encaparrar-se, i ara que hi penso, tampoc de la resta de paraules. Ells es comunicaven a cop de cua i els anava molt bé. Allà deuen estar encara, o sinó la seva descendència, i ningú no sabria dir si el que van aconseguir ho tenien gràcies al poder del vell faig o senzillament perquè és el que la Mare Natura proporciona en general a l’espècie esquirol. Potser van ser més afortunats que d’altres congèneres, ja que ni guineus ni llamps ni caçadors no els van fer mai la llesca. Si era o no pel poder del faig, o per les casualitats de la vida, aquest pobre narrador no en té ni idea.

Del Brain i els seus pensaments no es va tornar a saber res mai més. Prou que el van buscar, la Policia i la Guàrdia Forestal, el walkie talkie que li havien proporcionat. No el van trobar enlloc, i tampoc el Brain. Tot plegat va quedar anotat juntament amb la resta de misteris indesxifrables que s’esdevenien a la Fageda Encantada.

dissabte, 24 d’abril del 2010

Petita crònica d'un primer cim

Voleu saber d’on ve la meva afició pel muntanyisme? No? Doncs tan és perquè igualment he decidit explicar-vos-ho. Prometo que tot el que he escrit és estrictament cert, només que mirat des d’una òptica, diguem-ne, festiva (sé d’algú que ha dit que exagerada, però no li feu cas).

En ma vida havia pujat més amunt de l’alçada del Tibidabo. M’agradaven les excursions, sí, per Vallvidrera i Les Planes. Això de fer cims era per als alpinistes, aquella gent ardida, forta, que equipada amb botes de claus, grampons, piolets i corda, sortia a les fotografies de gestes heroiques; algú com Sir Edmund Hillary, vaja.

Després la vida et porta a conèixer personal d’aquell que es passeja pels Pirineus com pel passadís de casa seva, i passa el què passa, que t’arrosseguen. Et porten a una botiga minúscula i atapeïda, et fan comprar unes botes que pesen 10 kg. cadascuna (o almenys ho sembla) i un anorac amb caputxa, et posen una motxilla enorme a l’esquena, la carreguen amb un sac mòmia, una bossa de piquetes, un termo, cinc tipus diferents de ganyips, una cantimplora i uns mitjons de recanvi, i cap a muntanya falta gent. La tenda, per sort, la carreteja un altre, més musculós i avesat a aquestes coses.

Aleshores ve l’odissea del tren. Només en surt un cada quatre hores, i la gentada fa por. A empentes i rodolons puges tres graons d’un metre cada un mentre tragines aquell embalum, mires de trobar un seient (ni de broma), i pregues perquè el xicot alt i ben plantat que t’acompanya aconsegueixi deixar el teu motxillot a la reixa dels equipatges sense desnucar-se. I a tota llauna – amb permís de la RENFE - enfilem cap a La Molina.

Després d’hores i més hores en què ja no saps ni on posar les cames, ja una mica tipa de sentir “Tots anem-hi dalt del tren” i “El pic gegant” uns cinquanta cops i tornem-hi, arribes. Quan treus el nas de dintre el vagó ja sembla que t’hi trobes. L’ambient és increïble: una munió de quitxalla, nois barbuts, mosses amb mocadors de coloraines, escoltes amb barrets abonyegats i homes ferrenys amb bastons d’un pam de gruix, t’envolta fins que no saps on tens el cap. Serpenteges per l’andana entre piles de materials irreconeixibles i segueixes el teu guia mentre et sembla que d’aquí a convertir-te en Tenzing Norgay només hi ha un pas. Respirant aquells aires d’aventura et sents capaç de tot.

A la primera pujada se t’esvaeixen una mica els somnis d’arribar al campament base de l’Everest la propera vegada que vagis d’excursió, però, vaja, encara aguantes. Vas esbufegant, però tires endavant les dues hores (això ha dit l’expert, però a tu et semblen deu o dotze) que fan falta per arribar al Coll del Pal, per allà plantarem la tenda. Pel camí, això sí, et deixen parar (pobre, és el primer cop, no abusis) i menjar una mica. Puja, baixa, finalment arribem, amb l’esquena convertida en un quatre i un atac de cervicals, però la moral ben alta, això sí.

Temps feliços de l’acampada lliure! Qualsevol espai amb una inclinació del 45% serveix per plantar l’iglú lila nou de trinca.

- Apa, aquí ja estem bé.

- Vols dir, sobre d’aquestes pedrotes? Ai, la meva esquena.

- Res, dona, res, manies. Traiem aquestes més grans i les petitones queden dissimulades per l’aïllant.

- I què hem de fer per muntar la tenda? Cridar un enginyer de la NASA?

- I ara! Això és més fàcil que un joc d’aquells que surten als ous de xocolata. Una vara metàl•lica per aquí, una altra per allà, dóna’m les piquetes. Llest!

Et quedes bocabadada mirant l’obra mestra de l’arquitectura que acabeu de bastir en cinc minuts. Bé, en realitat tres quarts d’hora, però ja està. De record, només un dit aixafat per un cop de roc que tu mateixa t’has donat mentre clavaves una piqueta; per sort l’expert no vol carretejar martells, si no, igual ara no tindries índex esquerre. Ara, a descansar, que t’ho has guanyat. T’estires voluptuosament sota d’un pi. Però l’expert es frega les mans i mira satisfet al seu voltant.

- Quina tarda més bonica! Passegem una estona, per fer boca.

- Què? Més caminar?

- Va, que ara és sense motxilla.

Quatre hores més tard, esgotada de tan triscar amunt i avall, torneu al campament. De sopar, un entrepà. Fa un fred que pela: ni mòmia, ni anorac, ni res, estàs congelada. Per una nit, no traginarem fogonet, així que no pots ni fer-te un cafè. Et col•loques tota la roba, una peça sobre l’altre, i a dormir ben d’hora, que es fa fosc i no s’han de malgastar les piles de la llanterna. Tothom a descansar, que demà hem de fer el Puigllançada.

Negra nit, ni idea de l’hora que pot ser. Et desperten uns sorollets furtius a la part de fora de la tenda. Se sent un gratar molt lleu, potser uns esbufecs. Amb molt de compte, suaument i delicada, per no espantar-lo, sacseges a l’expert i li xiuxiueges a cau d'orella:

- Hiiiiiiiiiiii, auxiliiiiiiiii, un óooooooos!!!!!

- Apa, va, com vols que hi hagin óssos, aquí? No n’hi ha cap des del Quaternari. Segurament és un conill.

- Sí, un conill de dos metres d’alçada! Que vingui el sometent, protecció civil, qui sigui!

- Va, dorm, que no veus que no passa res?

Què hi farem, et tornes a estirar mentre pel cap et passen els titulars del diari de demà: “Ós Grizzly gegant, escapat dels frondosos boscos d’Alaska, arriba a La Molina i es cruspeix dos excursionistes amb tenda i tot”.

Mal que bé, t’adorms, i oh, miracle, et despertes amb la llum del dia, descansada i fresca com una rosa. Sobretot, fresca. Et treus les lleganyes amb un dit mullat a la cantimplora i esmorzes un bon tiberi, que ara ve la bona. Et poses a l’esquena la motxilla petita amb els ganyips i l’aigua, i a pas tranquil comences l’ascensió.

El Puigllançada és com una piràmide de prat, feta de graonets encoixinats d’una herba espessa, atapeïda. Les botes s’hi arrapen bé i la pujada és senzilla, només cal agafar-s’ho amb calma. Vas fent llaçades i cada cop el cel és més gran i el coll queda més llunyà. El Pal aquell ja sembla un escuradents.

Un darrer esforç i, oh! ara sí que t’has quedat sense alè. El company expert ja fa estona que t’espera, amb un somriure d’orella a orella, al costat d’una fita de ciment. La ventada gairebé et tomba, però no hi fa res. La vista és increïble. Com un voltor al seu niu, com un àguila sobirana, com un trencalòs rei de l’espai, et trobes al lloc més alt al qual havies arribat mai només amb l’ajut de les teves pròpies cames. Tens ganes de cridar la teva alegria, el teu orgull. He fet el cim! Visca el Puigllançada! Visca jo, que l’he pujat! Amb un mapa a la mà que de poc més surt volant, anem mirant els noms de les terres que ens envolten, de les muntanyes blaves en la llunyania.

- Mira, la Tossa! Un altre dia hi anirem. I allò és el Puigmal, també el farem. Mira, el Ripollès, mira, el Bergadà...

La millor lliçó de geografia de la meva vida. Que s’apartin tots els professors, no hi ha millor mestre que una experiència com aquesta. Ens fem una pila de fotos, la darrera al costat d’un repetidor bastant lleig, però que fa patxoca. Baixem una mica per protegir-nos del vent i fem un petit dinar. No em puc decidir a tornar, l’espectacle és massa per a mi.

De baixada, trobem un grup de caçadors, voltats de gossos enjogassats.

- Bona tarda, jovenalla. Què, ha anat bé, l’excursió? Que potser és vostra, aquella tenda lila d’allà baix?

- Sí, i tant, per què?

- Doncs que heu dormit acompanyats. Quina escalforeta, eh?

- Com que acompanyats? (mala mirada a l’expert, que dissimula)

- No us heu adonat? Tota la tenda està voltada d’empremtes i terra remoguda. Una piara de porc senglar ha passat la nit amb vosaltres. Si no m’equivoco, una femella i quatre o cinc porquets.

- He, he, quina gràcia! (ja t’apanyaré jo, a tu, així que un conill).

Recollim la tenda i tornem. Més cervicals garrativats, més esquena a quadres, el vagó del tren sembla una llauna de sardines. L’orfeó cantaire, rebentat, ataca desmaiadament “Kumbaya” i “No tardis Jack”, mentre encongits al seient, amb els peus a l’esquena d’algú, roseguem una presa de xocolata. Però ara tot ha canviat. Els cims et canvien. Allà dalt hi ha una força, alguna cosa que et fa sentir diferent, més segura de tu mateixa, més lligada a la natura, i al teu país.

Han passat un fotimer d’anys. Amb el temps, he fet centenars de fantàstiques excursions d’alta muntanya. Aquí als Pirineus, he gaudit de llocs com el Camí dels Enginyers, Ulldeter o Coma de Vaca. He tornat a veure el món als meus peus des del Torreneules, el Puigmal, Puigsacalm, Eina, Costabona, Taga, Nou Fonts... i molts més. He anat a veure muntanyes ben lluny d’aquesta terra, m’he enamorat de les vistes dels Alps, m’ha rodolat el cap amb la visió d’alguns set-mils de nom impronunciable i he quedat convertida en formigueta davant la majestuosa bellesa de Nanga Parbat. Però el primer cim, per modest que sigui, és com el primer amor, mai no s’oblida.

Ara ets tu, l’experta (ja veus!). I quan algú et pregunta:

- Saps d’algun cim, així, per començar? Ja estem tips d’anar sempre a donar voltes pel Montseny, i el camí de Fontalba el sabem de memòria. Una cosa amb cara i ulls, però fàcil, que hi puguem anar amb els nens...

La resposta ve sola,

- No en dubteu: aneu al Puigllançada!

divendres, 16 d’abril del 2010

Signes

No sé vosaltres, però jo fa un temps que trobo que passen coses estranyes. Per començar, un dia, fa ja unes tres setmanes, va resultar que la durada de les hores de claror i de les de foscor va ser la mateixa. Que com ho sé? Doncs perquè ho van dir per la tele, i si ho diuen per la tele segur que és veritat. I no només això, es veu que a partir d’aleshores el dia s’allarga més i més, i la nit s’escurça en la mateixa proporció. I això sí que us ho puc assegurar perquè ho tinc ben observat.

Cada tarda a les cinc en punt comença la meva sèrie preferida, “Dos que s’ofeguen en un got d’aigua”, que es tan i tan emocionant. Doncs fa un mes jo veia la pantalla, fosqueta, tan a gust, i patia com una boja amb les dolenteries de l’Armando Julián, que volia casar-se amb la Silvia Leonora tan sí com no, però com que ella està enamorada del Ramiro Feliciano, no us podeu imaginar què malament que ho arriba a passar. I ara resulta que de mica en mica ha anat apareixent un raig de sol per sobre l’edifici del davant, i cada cop dura més, i ara ja no em deixa veure la sèrie si no tanco els porticons. Renoi de sol!

Una altra cosa misteriosa s’esdevé al meu balcó. El meu marit, el Quimet, té allà un bé de Déu de torretes i s’hi entreté prou remenant terra i fent anar la regadora, tot i que no sé perquè, no sembla gens interessant. És tan aficionat que a cada test enganxa una targeteta de cartolina amb els noms de les plantes i unes paraules en llatí que no sé d’on les ha tret. Doncs bé, fa uns dies que no para de fer-m’hi sortir per ensenyar-me els testos: que si mira els geranis (Pelargonium x hortorum) com estan de poncelletes, que si mira el cactus (Neobuxbaumia polylopha) que té una corona de flors que sembla una núvia, que si les llavors de llampedro (Mirabilis jalapa) que vaig portar de cal Magí han brotat i ja treuen el nasiró, que si l’esparreguera (Asparagus officinales L.) està tan ufanosa... Coi, ja m’he perdut una pila de drames del programa aquell tan bo que totes les cunyades, sogres i joves es diuen el nom del porc. I avui, per fer-me admirar un roser minúscul amb unes roses blanques que semblen confits, de tan petites, i que es diuen de pitiminí o alguna cosa semblant, m’ha fet perdre el final del concurs d’aspirants a models. Però què hi farem, als homes se’ls han de seguir les manies.

Ara fa uns dies em va despertar un soroll ben misteriós: una mena de cant o de xiulet recargolat, molt potent i que semblava venir de lluny. Des d’aleshores el sentim cada matinada. El meu marit, tot emocionat, m’ha dit que és el cant d’una merla, i me n’ha fet la descripció amb gran entusiasme, fins i tot ha buscat una foto a internet i me l'ha ensenyada. El seu nom científic és Turdus merula, els mascles són totalment negres amb el bec ataronjat i les femelles marronoses. Diu que el cant de la merla és el més melodiós de tots els que es poden sentir, fins i tot superior al del rossinyol. Home, més xivarri que el canari de la veïna sí que fa. Hauríeu de veure el Quimet, a les sis de la matinada, de peu al costat dels finestrals, amb els ulls tancats, escoltant aquelles cantarelles! El que és jo, em poso uns taps a les orelles que em van la mar de bé.

El Quimet fa dies que cada matí estira el coll per la finestra i mira el cel. Jo pensava que vigilava el pas dels avions, o que els coloms no fessin de les seves a la façana, però ahir em va dir, amb veu de pena, que els falciots encara no havien arribat, però que devien d’estar al caure. Qui són aquests? – li vaig dir – una nova tribu urbana? El meu marit em va dir que no, que són uns ocells que van a passar l’hivern a l’Àfrica i que després tornen. Diu que els seus xiscles se senten cada matí i cada tarda i que fan molta companyia. Això d’ocells que van i venen de l’Àfrica em sonava. Que no eren les orenetes les que ho feien? Sí, m’ha dit el Quimet, però les orenetes i els falciots són ben diferents. L’oreneta (Hirundo rustica) és un ocell fosc de dors i blanc de panxa i té la cua molt forcada. Viu al camp, i fa uns nius de fang ben característics, en forma de tassa. El falciot (Apus apus), en canvi, viu a ciutat i nia en forats, és més gran que l’oreneta, tot fosc i amb la cua no tan llarga. Però tots dos s’assemblen en tipus de vol, costums i alimentació a base d'insectes, per això sovint es confonen. En quines coses es distreu el meu Quimet! Sembla que, orenetes o falciots, ja haurien d’haver arribat, però aquest any s’endarrereixen, potser perquè amb aquest temps fresquet encara no han arribat els mosquits. Que no hi han mosquits? Doncs millor, no? Ves quin problema! No pateixis, que ja ens atiparem de mosquits! Però ell dali a mirar el cel i a sospirar.

Hi ha arbres que treuen pertot un borrissol que els fa semblar tapats per una boira verda. D’altres deixen anar un flocs groguencs que posen els carrers fets una llàstima. El Quimet s’hi extasia, amb aquestes coses. No t’extasiïs tant - li vaig dir l’altre dia-, que després tot són esternuts. Que no saps que tot això dóna al•lèrgia?

Ni cas. I tot plegat es veu que són signes d’alguna cosa que està passant. I el Quimet diu que passa cada any i que sembla mentida que no me'n recordi, però no hi caic.

He posat la tele a veure si fan alguna cosa interessant (un programa d’aquells que fan caure algú en un forat, o l’enganyen amb qualsevol bajanada, el posen en ridícul i te’n pots riure, per exemple), i un anunci m’ha obert els ulls: és clar, és hora de deixar-se caure per aquell lloc que li diuen el tall britànic, i comprar-se els nous modelets de la temporada! Com ne diuen, per cert, d'aquesta època? Ah, sí, la primavera!

dijous, 1 d’abril del 2010

Mare clausum, mare liberum

Ja s’ha acabat. És una llàstima, però així gira la roda del temps i així hem d’acceptar-ho. Ha arribat a la seva fi el mare clausum i fins el proper novembre no tornarà.

L’expressió original prové del llatí, i significa “mar tancat”. En l’època ja reculada de l’imperi romà, quan el Mediterrani era el Mare Nostrum, s’anomenava així la situació marítima que s’esdevenia del novembre al març, un temps en què la navegació d’altura era impossible, o almenys molt perillosa. Les grans línies comercials i de passatgers quedaven aturades i només es practicava el cabotatge, és a dir, la navegació a la vista de la costa, de port a port. Això significava en general, especialment per als ports de ciutats petites, una època més calmada, sense tant de moviment, sense la pressió i les urgències de la càrrega i la descàrrega. Una època en què només s’hi aturaven vaixells de poc calat i per tant de no gaire importància. Un temps de descans en què el mar deixava de ser un camí per convertir-se en un horitzó. Amb l’arribada de la primavera, el mar es tornava a obrir (mare liberum) i amb ell, el soroll, el tràfec incessant de mercaderies, persones i notícies, el brogit i la feina tornaven a les poblacions de la costa. Era com si despertessin d’un somni, d’una letargia necessària per al seu bon funcionament, com el d’un organisme que reposa unes hores per després prosseguir la seva activitat quotidiana.

Posteriorment aquestes dues expressions van passar a ser de tipus jurídic i tenien a veure amb la permissió o prohibició de la navegació per certs mars per a determinades banderes o nacionalitats. Però aquesta accepció tardana no es ni de bon tros tan evocadora com el terme original.

Perquè la navegació ha canviat molt, en dos mil anys, però a peu de platja encara el ritme natural de les estacions marca l’activitat que hi tindrà lloc. Aproximadament del novembre al març, la costa és ben diferent de la que podem veure de l’abril a l’octubre. Aneu-hi un solejat dia de juliol o un plujós matí de gener, i digueu-me si veureu el mateix.

Suposo que sonarà estrany però no soc amant de la platja estiuenca. M’agobia aquella barreja de sorra bullint, aigua oliosa, sol implacable, tovalloles enganxifoses, crits i corredisses. És divertida per als infants, i no m’importa acompanyar-los de quan en quan i compartir amb ells els jocs i les diversions propis del mar i la calor, però el mare liberum no és ni de bon tros el millor moment que es viu al sorral.

Si vull de veritat sentir-me a gust a la platja hi he d’anar a l’hivern. En el silenci i el fred el mare clausum ens mostra la seva cara més reposada. Amb prou feines trenca la monotonia el crit de les gavines. El so rítmic de les onades guia el compàs de la nostra respiració, la ment es calma i la mirada es perd. La imaginació pot volar molt enrere. Heu pensat que potser el mar és la part del nostre planeta que ha canviat menys d’aspecte des que en el món va aparèixer la vida? La vegetació, la fauna, les planes i les muntanyes han patit extincions i cataclismes, aparicions de noves espècies, aixecaments i enfonsaments. Però la superfície visible de l’oceà continua igual a ella mateixa. Les onades han estat empeses pel vent des del seu naixement, fa milions d’anys, i ho seguiran sent fins l’escalfament final i la vaporització de totes les aigües prèvia a la mort del nostre Sol.

Quan contemplem el mar a l’hivern veiem el moviment perpetu d’un organisme, connectem amb el glatir del cor del nostre planeta viu. Estem mirant els corrents de les seves venes i artèries, igual que el van veure o percebre els trilobites o els ictiosaures, igual que el veuran aquells que ens seguiran quan el procés de mort de la nostra estrella porti els canvis que acabaran amb la nostra espècie i totes les que ens acompanyen en aquest moment de la vida de la Terra.

Però el mare clausum s’ha acabat. Han arribat a la costa els colors i els sorolls de la primavera i l’estiu. No queda lloc per a les evocacions, només per a les insolacions, les cremades, els para-sols i les multituds eixordadores.

Hora de tancar, tornarem al novembre.