dimarts, 20 de maig de 2014

Sin derecho a apelación



Aquest conte forma part d'una proposta que m'havien fet: escriure un relat lleugerament «desagradable» d'una forma elegant, sense defugir un tema escabrós mentre es manté una forma literària polida.

Ja havia donat forma definitiva al text quan vaig llegir per primer cop uns contes d'Horacio Quiroga, concretament El almohadón de plumas, A la deriva, La miel silvestre y La gallina degollada, relats tots que pertanyen al seu recull Cuentos de amor de locura y de muerte. Salvant totes les distàncies, els contes de Quiroga em van demostrar que el lloc on havia anat a buscar la matèria del meu relat era prou adequat: la Natura.

Com expressa un dels seus crítics, Quiroga parla de la natura, no com un marc amable i acollidor, sinó amb tota la seva força implacable i hostil a l'home, que no deixa de ser un estrany que pretén arrencar-ne alguna cosa (menjar, beguda, plaer...) que ella es resisteix a donar-li. Als contes de Quiroga són els animals o els humans reduïts a les seves formes més primàries els executors de les normes naturals. En el meu conte és el propi marc salvatge el que es mostra —no tan hostil com indiferent— a les necessitats i els anhels de l'home. El desert, els pols glaçats, les selves, el mar i l'alta muntanya no regalen res als seus exploradors. Aquesta és la sensació que he intentat transmetre: que les lleis naturals no estan fetes a la mesura de l'home. Aquest sobreviu gràcies a l'acció conjunta amb el grup, però aquestes lleis són inviolables, la seva aplicació no coneix esmenes ni excepcions, i per als qui intenten saltar-les, no hi ha dret a apel·lació.

  
El día se había levantado precioso. Andy sacó la cabeza por el ventanuco del dormitorio y miró atentamente el cielo y las cimas de las ásperas montañas que circundaban el valle de Bellavista, donde se encontraba el refugio forestal en que había pernoctado. Un azul límpido aunque aún agrisado, y las siluetas bien recortadas de las cimas, le dijeron que el tiempo era perfecto. Como era muy temprano todavía el sol estaba muy bajo; en los picos más altos se encendían chispas de fuego y los neveros dispersos ya empezaban a reflejar un tenue color dorado, pero las laderas se encontraban todavía en sombras. La temperatura era fresca, el aire conservaba la rigidez del frío nocturno y la brisa de finales de primavera venía cargada con el hálito helado de la montaña. Ni una sola nube manchaba aquella cúpula diáfana que parecía colocada sobre la cordillera como una tapa de vidrio en una quesera. Si se mantenía la situación meteorológica, a mediodía haría calor.

Andy se vistió rápida y silenciosamente mientras echaba una ojeada un poco burlona al resto de durmientes, acomodados en las literas colectivas del dormitorio principal.

«Todos en ristra, —se decía Andy—, como las morcillas. Parece que nadie sabe ir a ningún sitio si no es en rebaño borreguero. Y además, ¡hay que ver los polares, los bastones telescópicos, membranas, botiquines, gafas de sol, GPS, ARVA, y en fin, toda la parafernalia de material técnico que arrastran con ellos! Banda de flojeras».

Él utilizaba la ropa de lana de toda la vida, un bastón sólido de retorcida madera, sus botas militares y su buen sentido. Era un hombre de entre treinta y cinco y cuarenta años, de no gran potencia física pero en buena forma y acostumbrado a las largas caminatas, siempre en solitario; lo que no tenía era experiencia en alta montaña. Buen tipo, sí, aunque algo pagado de sí mismo. Hijo de la Meseta Central, era ducho en comerse los quilómetros de una tierra apenas ondulada, pero nada sabía de riscos y picachos, de las barrancas, los espesos bosques de abetos y las cumbres ventosas: todo eso era nuevo para él. Aquella iba a ser su primera travesía en la cordillera, a más de 2.800 metros y en territorio desconocido. Se la había planteado como un auténtico reto físico y mental al que anhelaba enfrentarse.

El guarda del refugio, un hombretón de más de cincuenta años, curtido por años de vida montañesa, se había levantado cuando las estrellas todavía no habían empezado a apagarse. Ya había puesto en marcha el generador, cortado la leña y preparado el almuerzo. En el inmenso hogar crepitaba alegremente un cálido fuego. Cuando Andy bajó a la sala común y le dio los buenos días, lo encontró silbando una cancioncilla mientras cortaba enormes rebanadas de pan e iba llenando con ellas los trenzados cestos de mimbre que después repartía por las mesas. Los termos de café y té hirviendo aguardaban ya sobre el sencillo aparador de madera sin barnizar junto a una enorme lechera metálica que quemaba sólo de mirarla. Las pulcras hileras de  vasos, tazas y platos; los cajones estrechos rebosantes de cubiertos de hojalata, la mayor parte de los cuales estaban torcidos y desgastados por el mucho uso; las porciones de mantequilla; los enormes tarros de mermelada casera… todo estaba listo y esperando el apetito de los excursionistas. A un lado estaban también a punto el gigantesco bol de cerámica lleno de tomates maduros, el cuchillo bien afilado, la vieja bandeja de peltre cargada de lonchas de queso, y varios estupendos salchichones que exhalaban un apetitoso aroma. Andy nunca tenía hambre cuando estaba recién levantado y se conformó con un café y un par de tostadas. Ya comería luego.

Poco a poco fueron bajando el resto de los hospedados y la sala se llenó de ruido y conversaciones. Proyectos, comentarios sobre el tiempo, preguntas al guarda,  previsiones, chistes, risas. De paso se daba buena cuenta del pan, los tomates, la mermelada y los salchichones. “Qué tragones, llenarse la panza de esta manera”. Andy era el único que estaba solo y el guarda se dirigió a él cuando el hombre llevó su plato y su taza hasta el fregadero.

—¿Es la primera vez que vienes por aquí? Veo que no estás con ningún grupo. ¿Vas a hacer alguna excursión en solitario?

—Sí, nunca había estado por esta zona. En realidad, es mi primera travesía. Tengo intención de subir hasta el pico de Águila Dorada y seguir bordeando la cresta del Despeñadero. Bajaré por allí y esta noche dormiré en Laguna Negra. Después continuaré hasta Cortarroca. Serán tres o cuatro días más, supongo.

—¿Tú solo?

—Desde luego.

—De aquí a Laguna Negra es un buen trecho, no menos de diez o doce horas a ritmo sostenido, y tiene tramos complicados. Si nunca has seguido un camino como éste puedes tener problemas. La senda está cortada en algunos puntos. ¿Llevas cuerda y mosquetón?

—No, pero ya me arreglaré.

—Y por si se te hace de noche tendrás que llevar saco y linterna. En esta época del año y a esta altura el vivaque puede ser muy duro si no estás acostumbrado.

—Ya ves qué miedo – sonrió —. No se me va a hacer de noche, tengo buen paso, en serio.

El guarda iba secando vasos y echando ojeadas hacia Andy. Casi sin darse cuenta iba calibrándolo con su gran experiencia de las personas y de aquel entorno que conocía tan bien. Después de meditar unos momentos, volvió a dirigirse a él:

—Esos cinco de ahí, los de la mesa cerca de la puerta, creo que quieren hacer algo parecido. Podrías añadirte a ellos.

—Ni hablar. Yo siempre voy solo —el tono de Andy era amable, pero firme —. Me carga mucho tener que acomodarme a los ritmos de los demás, ¿sabes? Que si éste se para cada hora para beber, que si el otro hace fotos… Además llevan un par de mujeres. Suelen ser lentas. No, no, prefiero ir a mi aire.

—No me vengas con tonterías, esas chicas son dos fieras. Han hecho más travesías de alta montaña que un sherpa nepalí. Vienen por aquí desde hace años; son primera fuerza, te lo digo yo. Además son todos muy majos. Y si quieres que te diga la verdad, no creo que sea conveniente hacer la jornada tú solo, no vas bien preparado. Te puedo recomendar a cualquier grupo.

Andy rió. La respuesta llegó en tono festivo pero era terminante.

—No me hagas más el artículo, ¿vale? Que yo no me junto con nadie. Ya soy mayorcito para saber lo que me conviene y lo que no. Y si lo que quieres es una propina, erraste el tiro — y le guiñó juguetonamente un ojo —.

Un guía de montaña profesional estaba sentado tomando un café cerca de ellos y se añadió a la conversación:

—Perdonad si me meto. Aquí Benja tiene razón, no lo tienes bien si no conoces el terreno. El grupo que llevo también quiere ir a Laguna Negra. Iremos por la cresta, pero no por esta vertiente sino por atrás, es más seguro. Ven con nosotros, no te cobro nada…

—Me parece que sois todos sordos —Andy empezaba a impacientarse —. A ver, ya tengo experiencia en caminar, de verdad. Mira, no quiero ser desagradable, pero ¿no vais un poco de enteradillos? No será para tanto, ¿eh?

Entonces bajó la voz y susurró confidencialmente:

—Si lo hacen un par de chicas…
           
—Usted perdone, milord —dijo el guarda irónicamente volviendo a sus cosas, mientras meneaba la cabeza.

—Se trata de tu seguridad, no de la nuestra —el tono del guía era más seco, más serio.

—Ya sé lo que hago, hombre. Salgo ahora mismo, seguro que llego a tiempo. Fíjate, los demás aún le están dando al desayuno… y a la sin hueso. Les llevo al menos una hora de ventaja.

Andy fue decidido a la mesa a recoger sus cosas. El guía suspiró y siguió con su café. Andy subió al dormitorio, arregló rápidamente la mochila, bajó, pagó lo que debía al guarda y se dispuso a marcharse, despidiéndose en voz alta de todos los presentes.

—¡Eh, chicos! Nos vemos en Laguna Negra, ¿hace una partida antes de dormir?

Un coro de voces lo despidió. «Hace, te vamos a desplumar» «A ver quién llega antes, te doy ventaja y ya veremos» «Huy, huy, uno que nos desafía».

Justo en aquel momento el guía sintió una punzada de aprensión. Se levantó y llamó a Andy.

—¿Seguro que no quieres venir? Me iría bien un poco de ayuda, que todos los que llevo son novatos.

—No, de verdad, es que disfruto más si voy solo. No insistas, por favor.

Al otro no se le iba la opresión en el pecho.

—Si quieres podemos mirar un momento tu mapa y te señalo los pasos más complicados…

—Vale —se resignó Andy por no ser maleducado.

Atendió apenas a las explicaciones, pero ya tenía la cabeza en otro sitio. Le molestaban un tanto aquellos aires de protección, eso de que le trataran de montañero bisoño. Mentalmente, eso sí, porque Andy era incapaz de ser grosero, los envió a hacer puñetas, a ellos y a todos los expertos alpinistas de aquel refugio de nenazas. Llevaba más años de excursionismo que pelos tenía en la cabeza y le querían dar lecciones. «¡Apañados estamos!»

En cuanto fue posible salió afuera y emprendió el camino a buen paso. «Qué estupendo, ir solo, qué silencio; no tener que aguantar una banda de atontados cotorreando sobre lo bonito que es el paisaje y la paz de las alturas. ¡Paz que ellos mismos contribuyen a romper!»

Decidió que era mejor tomar una senda alternativa, que aquella pronto parecería el paseo marítimo de una población de moda en la costa. «Nunca me hubiera imaginado que encontraría tanto pisaverde en un lugar tan escondido». Examinó el mapa y empezó a subir por un senderuelo empinado, estrecho y abrupto. Se enroscaba a la manera de una serpiente por la ladera y en una hora dejó atrás el bosque para entrar en la zona despejada de prados alpinos. Aún quedaba alguna dispersa placa de nieve, pero el trayecto era fácil y agradable, el tiempo se mantenía estable y la temperatura, deliciosa. Andy se felicitaba por su previsión y buen tino. De peligro, nada. Distinguió al pronto unas negras siluetas por encima de su cabeza. Eran inconfundibles: buitres negros. Volaban majestuosamente en círculos a gran altura, y sin duda algo había llamado su atención porque insensiblemente iban descendiendo. Algo más tarde había más de una docena y estaban ya bastante bajos. Andy empezó a escrutar los alrededores. ¿Qué podría estar atrayendo a los animalejos? Nada bueno, seguro.

Y entonces lo vio. Andy había llegado a una estrechísima torrentera casi vertical, cortada por un arroyo como un bloque de mantequilla por un cuchillo caliente; al otro lado de la fuerte corriente había una vaca muerta. No podía hacer demasiado tiempo que estaba allí, pues aún no eran muy visibles los signos de putrefacción. La vacada estaba dispersa por toda la empinada ladera, y aunque estos animales tienen buena pezuña y sentido del equilibrio para sostenerse, una piedra suelta o un resbalón pueden dar con ellos en el fondo del precipicio; sin duda era lo que había pasado apenas un día antes. Andy sentía una gran curiosidad. Jamás había visto un grupo de carroñeros en sus tareas de limpieza, salvo en un documental televisivo. Sería interesante esperar un poco a ver qué pasaba. Se sentó en una piedra bastante incómoda, en precario equilibrio, y decidió quedarse muy quieto para no asustar a nada que quisiera acercarse. Pero al cabo de más de dos horas el único cambio fue el aumento de buitres, que seguían girando en círculos como si fueran a seguir haciéndolo por toda la eternidad, y la aparición de unos cuantos cuervos, o grajos, no los distinguía bien, que se mantenían a prudente distancia de él, aunque multiplicaban sus llamadas y saltitos a pocos metros del desdichado cadáver.

Andy se cansó de esperar, y además el tiempo pasaba y el sol subía cada vez más alto. Si perdía más horas se le haría de noche a medio camino. Se puso en marcha a buen ritmo. La cresta se levantaba imponente sobre su cabeza y no parecía estar cada vez más cerca sino al contrario. Cuanto más se aproximaba, más alta e inalcanzable parecía, como si se burlara de sus ansias de coronarla. Tuvo que parar para comer algo, pero un sordo nerviosismo se empezó a apoderar de él. Le costaba calcular distancias en aquellas condiciones. El horizonte no se extendía ante sus pies como un mar, sino que paredes altísimas le encerraban en una caja agobiante. El cielo no era infinito: estaba bien delimitado por un contorno estrecho,  irregular pero firmemente delineado. Además, la altura ya muy próxima a los 3.000 le pasaba su propia factura en forma de un bajo porcentaje de oxígeno al que no estaba acostumbrado. Le costaba mucho más caminar. Él, que trotaba durante horas por los caminos polvorientos de su tierra, se ahogaba en medio de aquellos peñascos duros, de aquellos senderos perdedores y pedregosos, resbaladizos, que subían y bajaban como una montaña rusa, de aquellas laderas rebosantes de piedra suelta y movediza, traidora, que sólo espera una vacilación para voltearse sobre sí misma y derribarte al abismo.

No podía mantener el paso de costumbre. El aire frío y seco combinado con el potente sol le provocaban una sed muy intensa. Miró el mapa y vio asombrado la poca cantidad de trayecto horizontal que había cubierto. Con esto no había contado. Quizá sería mejor no llegar a la cresta por no perder tiempo en subidas, y seguir por las barrancas intrincadas que formaban su base. También podía volver, pero Andy no tenía ninguna gana de decirle al tal Benja que no era capaz de llegar a Laguna Negra. El pobre Andy, como todo el mundo, tenía cualidades y defectos, pero quizá uno de los más graves era que detestaba que los demás se salieran con la suya mientras quedaba él en ridículo. Por ahí no pasaba.

Por donde sí debía pasar era por terreno demoníaco. Ni caminos, ni senderos, ni una mala estrada, ni siquiera el rastro de una fiera despistada que se hubiera aventurado por entre las agrestes quebradas. La piedra torturada por heladas y solanas levantaba barreras casi infranqueables, que sólo con mucha determinación y esfuerzo podía sortear. Pero por cada una que vencía tenía delante veinte más. Las horas pasaban y el agotamiento llegó. Se dejó caer. La respiración entrecortada, las piernas temblonas, el taladro que atravesaba sus sienes sin piedad, y aquella losa, pesada, que se había instalado en su corazón, ya no le permitían continuar. «Volver, tengo que volver». Pero al mirar atrás se sintió sin suficiente energía y decidió descansar. El sol declinaba y a aquellas hondonadas hacía horas que no llegaba ni el más mínimo de sus rayos; aunque él estaba empapado en sudor, el ambiente era gélido. Del suelo empezó a levantarse una neblina al principio leve como una gasa, pero que se fue espesando poco a poco y le dejó aislado en un mundo blanco y húmedo. La ropa le pesaba, saturada de humedad por el relente; el sudor se congeló sobre su piel y le robó el calor interno; el frío despiadado le helaba los huesos, le roía el alma. El sopor le cerraba los párpados y la cabeza oscilaba sobre el cuello sin que fuera capaz de erguirla. La oscuridad se cerró.

Llegó un nuevo día, alegres trinos saludaban la claridad que se extendía por el pequeño valle de Bellavista. Benjamín, el guarda, hacía ya horas que iba y venía, atareado con el generador, el desayuno, la limpieza. La noche había sido tan fría que había tenido que romper una gruesa costra de hielo para sacar el agua del bidón. La gente almorzaba y llenaba el comedor con la algarabía de costumbre. Uno de los excursionistas, que armado de unos prismáticos había salido a dar un corto paseo, le llamó excitado.

—¿Puedes venir? Me parece que hay águilas o algo así en aquella dirección. No lo distingo bien. Hay muchas.

—A ver, déjame los prismáticos. Sí, ya veo. Nada de águilas. Son buitres, un buen puñado. Y parece… han visto algo. Hoy éstos comen, seguro.

—¿Qué puede ser?

—Me dijeron que había una vaca muerta en la subida al Águila Dorada, pero eso fue hace dos días, no estarían aún ahí… además, se ven demasiado al oeste para ser eso.

—¿Entonces?

—Vete a saber – le devolvió los prismáticos –. Algún otro animal, y bastante grande… ¡Por Dios! ¡No me digas que…!

El guarda corrió a la radio y llamó. «Vamos, vamos». Por suerte su interlocutor, el encargado de Laguna Negra, respondió deprisa. Imposible ser discretos. La conversación a gritos, mezclada con los parásitos y la estática, se oía por todo el recinto, dejando helados de estupor a los hasta el momento alegres huéspedes.

—Laguna, Laguna, aquí Bellavista. Es urgente. ¡Contesta!

—Aquí Laguna. Eh, Bellavista! ¿Cómo andamos? ¿Querías algo?

—Aquí Bellavista. Todo bien. Oye, ¿llegó ayer a Laguna un solitario? Andrés Cabrales, se llamaba.

—Aquí no. ¿Crees que se ha perdido?

—Seguro. Era novato, no iba bien preparado. Dijo que quería pasar por Despeñadero y se ve por allí bastante buitre. ¿Cómo lo tenéis para una inspección? ¿Todavía están Chema y Paco contigo?

—Están. Sí, pueden ir. ¿Llamas tú a Emergencias?

—Sí, pero tardarán en llegar. Empezad a buscar. Quizá lleguemos a tiempo.

—OK. Nos hablamos. Corto y cierro.

Benjamín dio el aviso a Emergencias. Después salió otra vez fuera del refugio y dirigió la mirada a los negros puntos que se movían lentamente contra el cielo. El excursionista de los prismáticos, entre horrorizado y fascinado, era incapaz de despegar los ojos de las carroñeras. Le parecía increíble que a pocos metros de él se pudiera desarrollar un drama de vida o muerte.

—Qué impresión, ¿no? Eso de morir y… qué bichos tan desagradables. ¡Y se trata de una persona!

El guarda suspiró.

—Si aún están en lo alto, hay alguna posibilidad. Pero yo no creo que los buitres sean desagradables. Cumplen a la perfección con su tarea de acabar con deshechos y podredumbre que ensuciarían las aguas y harían enfermar a los demás animales.

—Eso suena muy duro —el hombre bajó los prismáticos y le miró asombrado. Los lechuguinos de ciudad, por más que digan amar la montaña y la vida natural, siempre retroceden aterrados cuando la ven tal como es en realidad.

—Aquí las imprudencias se pagan caras. Nuestra Madre Naturaleza es generosa, pero no muy clemente —sentenció Benjamín, meneando la cabeza con tristeza —. Sus leyes son sus leyes: inapelables.

FIN





diumenge, 3 de març de 2013

Mostra de Britten




Benjamin Britten (Regne Unit, 1913-1976), és un dels més notables compositors anglesos de tots els temps, tot i que no se'l pot considerar un músic "popular". És una llàstima, perquè la seva obra és molt bella i fàcilment assequible per un públic no especialitzat, ja que, tot i haver desenvolupat la seva carrera durant el segle XX, les seves peces es mantenen dintre del sistema tonal i per tant no requereixen de l'entrenament de l'oïda que cal per gaudir de l'atonalisme o el minimalisme.

Tot i aixó, algunes han estat prou difoses, com és el cas de les famoses Variacions i fuga sobre un tema de Henry Purcell (1946) -potser més coneguda com la Guia d'orquestra per a joves (The Young Person's Guide to the Orchestra)-, o el Rèquiem de Guerra (War Requiem, 1961). Aquesta darrera obra va ser la seva manifestació personal en contra de la guerra -ja als anys 40 es va declarar un pacifista convençut-  i a la seva estrena va reunir tres solistes que representaven les parts en conflicte durant la Segona Guerra Mundial i la Guerra Freda: el baríton alemany Dietrich Fischer-Dieskau, la soprano rusa Galina Vishnévskaya i el tenor anglès Peter Pears. Aquest darrer va ser la parella i el col·laborador i inspirador de Britten durant quaranta anys, fins a la mort del compositor.

Avui us vull presentar una petita peça del jove Britten, Un himne a la Verge (A Hymn to the Virgin, 1930). Es tracta d'un motet a doble cor; el primer cor, més nombrós, canta en anglès i representa la senzilla pietat del poble, que des de la terra adreça un emotiu himne a la verge. El segon cor, que és més petit, o pot ser interpretat només per quatre solistes (és el cas de la mostra que us passo), és un grup d'àngels, que, des del cel, responen a les pregàries dels homes i les dones amb frases litúrgiques en llengua llatina. El conjunt és una obra delicada, suggerent i fervorosa, un reflex de la intensa espiritualitat de l'autor.

Doncs aquí teniu l'enllaç. Espero que en gaudiu i que us vinguin ganes de seguir coneixent aquest compositor, desprès d'haver escoltat aquesta petita "mostra de Britten".


A Hymn to the Virgin - Britten




dimarts, 25 de desembre de 2012

Ferrer: pels seus fruits els coneixereu


Poques coses es poden dir de Vicenç Ferrer que no siguin conegudes a bastament. Avui només vull deixar constància de la meva admiració i el meu respecte per aquest home excepcional. És curiós que, com ja va passar amb el Pare Lebbe (podeu veure una entrada que li he dedicat a Pare Lebbe: estimo i comprenc), aquestes persones que fan de la seva vida un autèntic apostol·lat hagin estat tan mal enteses pels alts estaments de la seva pròpia jerarquia religiosa.

Aquest fet només fa que refermar-me en la meva determinació (presa ja fa molt de temps) de prescindir d'intermediaris i acostar-me al Misteri del Cosmos, de l'Amor i de la Bellesa amb la ment neta de creences i prejudicis.

La meva guia són aquestes paraules de Jesús: "Pels seus fruits els coneixereu". Aquesta i no una altra és la manera de valorar una persona.


El meu desig de Nadal per aquest any:

Que els fruits de la nostra vida s'acostin, ni que sigui una mica, als fruits bellíssims que ha deixat en aquest món un ésser tan especial com Vicenç Ferrer.






dissabte, 17 de novembre de 2012

Kanamori, brillem junts


L'educació dels nens és un dels camps de batalla més ardus d'aquests darrers anys. La nostra societat porta massa temps oscil·lant entre la descurança, la permissivitat i l'autoritarisme, marcant abans que res fites acadèmiques i creant alumnes "a la carta".

Moltes aules s'han convertit en fàbriques de ciutadans formats segons una o altra ideologia. Qui no s'ajusta exactament als requeriments estereotipats (i el desajust tant pot ser per defecte com per excés)  és exclòs del sistema. El fracàs escolar afecta a nens que s'avorreixen de les repeticions, a d'altres que no són capaços d'assolir el nivell d'abstracció dels companys, a persones que aprenen especialment per manipulació...

I, per altra banda, professors totalment apassionats per la seva feina es veuen constrenyits, no només per les rígides directrius de la política educativa, sinó també per les actituds dels pares. Darrerament, molts i moltes mestres han hagut de limitar la seva relació amb els alumnes, les sortides, els jocs... ja que penja sobre els seus caps l'amenaça de la denúncia; cap d'ells no s'atreveix ja a córrer cap mena de risc i s'ha de conformar amb fer aprendre als seus deixebles -de forma exclusiva- el contingut dels llibres de text, i en un ambient físicament i psíquicament asèptic, on no hi ha cabuda per la diferència, el dubte, la reflexió, el dolor, la malaltia i la mort. Com si els nens fossin angelets sense malsons, sense problemes, sense alegries, apartats del que és la vida.

Per això us presento a Toshiro Kanamori. Us prego que trobeu 50 minuts del vostre temps per llegir l'article i veure el documental. I que desprès reflexioneu. Només em permeto dirigir la vostra atenció en un punt: és cert que el professor Kanamori és excepcional, però també ho són les autoritats educatives que li permeten actuar, i els pares que accepten de bon grat la forma en què es porta l'aula dels seus fills. Kanamori està creant tendència al Japó, una societat competitiva i fixada en l'exit en l'aprenetatge fins a extrems patològics.

Creieu que una educació així, ara com ara, és possible al nostre país? Kanamori treballa en una escola pública. Us imagineu els nostres CEIP, els nostres IES... deixant als nens que facin plongeons en mig del pati de l'escola... i els pares no els muntin un escàndol? En fi, ja em direu.


 Article

 ¿Otra educación es posible?

Video

 60 minuts. Aprendre a viure: pensant en els altres


dimecres, 18 d’abril de 2012

Écfrasis


 I aquí està el segon treball sobre el quadre de Friedrich.


Écfrasis:  Umberto Eco considera que «cuando un texto verbal describe una obra de arte visual, la tradición clásica habla de écfrasis».


Descripción para invidentes de un cuadro de Friedrich (charla informal)


Nombre: La ruina de Éldena (Klosterruine Eldena bei Greifswald) h. 1825
Autor: Caspar David Friedrich (1774-1840)
Datos técnicos: Óleo sobre lienzo. 35 x 49 cm  
Localización: Berlín, Nationalgalerie, (Inv. Nr. A II 574)
Movimiento artístico: Romanticismo alemán

Os acabo de leer la ficha técnica de un cuadro. Ahora, todos juntos vamos a hacer un pequeño viaje que nos permita conocerlo más allá de estos datos fríos. Permitidme que os haga de guía en esta aventura y esperemos llegar a buen puerto con la ayuda de vuestra fantasía. Vamos a empezar por el tamaño del cuadro. Se trata de una obra más bien pequeña: imaginad un cuadrado (no es exacto, pero servirá para que nos hagamos una idea de su forma), cuyo lado tenga aproximadamente la longitud de vuestro antebrazo o algo más. En este espacio tan exiguo Friedrich ha trazado la representación de las ruinas de una antigua abadía cisterciense en medio de un bosque. No es un paisaje imaginario. El lugar existe todavía y se encuentra en el norte de Alemania, en las proximidades de Greifswald, que fue la ciudad natal del pintor.

El panorama se contempla desde un hipotético punto situado a ras de suelo, de tal manera que el espectador tiene la perspectiva de un caminante que llegara al lugar de manera casual y contemplara las ruinas desde el interior del bosque. Friedrich ha dibujado de manera muy exacta todos y cada uno de los elementos que componen la obra. Los árboles y la maleza, que llenan el cuadro hasta casi desbordarlo, están delineados con trazos precisos. Transmiten la vívida impresión de que saldríamos llenos de rasguños si nos internáramos en esa espesura. De la antigua abadía quedan apenas un par de altísimos paños de pared y varias columnas, por las cuales se enrosca la ubérrima vegetación. Ha desaparecido la bóveda y los restos del edificio se yerguen dispersos. En la parte superior del cuadro aparece un estrecho segmento de cielo pálido, sin sol. En la zona inferior, en primer término, reina una maraña de zarzas, arbustos y troncos retorcidos.

Justo frente al espectador, pero en el fondo del cuadro, apoyada en lo que debió de ser el ábside de la iglesia, aparece una humilde casita de labradores. Su pequeñez resalta todavía más lo monumental de la antigua construcción, ya que la vivienda entera cabe en apenas un rincón del interior del antiguo templo, y la cúspide de su techo, fuertemente inclinado, es apenas un tercio de la altura del muro. De su chimenea sale un hilo de humo y ante ella, en un espacio despejado, se encuentran  dos figurillas, quizá dos campesinos, que parecen charlar tranquilamente en este entorno tan poco usual y aparentemente nada acogedor. Son dos seres insignificantes en medio de un poder muy superior a ellos, evocado a la vez por los despojos de la obra humana y por la pujanza sin límites de la naturaleza.

El tratamiento de la luz, muy sutil, resalta los contrastes entre la claridad del centro del cuadro, con la casa y los labradores, y unas sombras tan hábilmente sugeridas que parecen que vayan a envolver poco a poco todo el ambiente; nos encontramos, quizá, ante un atardecer de otoño. El cuadro transmite una sensación de inmovilidad muy acusada; no sopla el viento, ningún animal se mueve entre el sotobosque. El silencio pesa sobre la escena. No se aprecia sonido alguno de pájaros ni de insectos, y el punto de vista del espectador está demasiado apartado de los dos hombres como para oír voz alguna. Es un instante congelado, lejos del transcurso del tiempo, el retrato de una impresión más que el de un paisaje. No estamos ante un panorama amplio, que nos lleve a lejanos horizontes, sino frente a un espacio compacto, cerrado, que nos retrotrae al interior de nuestro propio espíritu. ¿Qué nos quiere decir? Quizá que, aunque las glorias humanas caen, la vida (¿Dios?) siempre triunfa.


I aquí teniu el quadre!



dimecres, 11 d’abril de 2012

Visión

Aquest text és una redacció que vaig escriure ja fa un temps en un curs d'usos de la llengua. Ens van proposar un quadre i vam haver de fer dos treballs: el primer consistia en deixar per escrit la impressió que n'havíem tingut, en un estil totalment lliure quan a forma i extensió. Al segon, més exigent, ens proposaven descriure'l de la forma més exacta possible en unes quaranta línies. El que n'ha sortit us ho deixo aquí en un parell de post. El quadre en si es prou conegut i us el presentaré el proper dia, mentre que avui trobareu un autoretrat de l'autor que s'adiu molt bé (crec) amb el text.

Avui m'atreveixo a suggerir-vos la lectura del relat en què vaig recrear l'impacte que em va causar aquesta obra. M'ha sortit una mena de conte romàntic (amb això de romàntic no em refereixo a que sigui d'amor, sinó a que es podria encabir dintre del corrent literari dit  «del romanticisme»). Paciència, i a veure què us sembla.



No sé qué inquietud tiene hoy distraído mi espíritu. A cada momento levanto la vista de mis libros y dejo vagar la mirada a través de los vidrios de la estrecha ventana de mi dormitorio. Los tomos que durante las largas y oscuras jornadas invernales eran mi único placer están cerrados y amontonados sobre la mesa de trabajo, y me parece que alguna voz silente pero enérgica me llama desde el exterior. Llevo ya tres semanas en esta pequeña posada rural y todavía no me he decidido a seguir el caminillo que, por lo que he podido entender de las explicaciones de mi huésped, atraviesa el bosque y me llevará a unos —dice— interesantes parajes que sin embargo no me ha sabido describir.

¡Qué hermoso atardecer! Después de varios días desapacibles, el tiempo ha cambiado leve pero significativamente con la nueva estación. Hoy el crepúsculo no me ha sorprendido justo después de la comida del mediodía; poco a poco va retardando su llegada, y los oblicuos rayos del sol otorgan al aire una suave luminosidad. La fragancia que lleva consigo la brisa, la temperatura dulce —sin los rigores de la helada pero también sin las sofocaciones estivales— me espolean fuera de esta lóbrega habitación de paredes descoloridas, cuadros borrosos y muebles desvencijados y tristes. Esta tarde, iré por fin a dar un paseo. No me llevaré ni siquiera el cuaderno de dibujo. Será una caminata libre, de puro descubrimiento. Me siento ligero como un chiquillo.

El sendero es estrecho, tortuoso. La explosión vital de la primavera hace aparecer flores en cualquier rincón y multiplica los puntiagudos dedos de las zarzas, que atrapan mi ropa y me amenazan con desgarrarla. De la espesa arboleda cuelgan ramas como cortinajes que he de ir apartando y que en mi imaginación convierten el camino en el pasillo de una vivienda inacabable, llena de recovecos y habitaciones escondidas que voy descubriendo una a una.

Atravieso con cierto trabajo un espeso matorral que me cierra el paso con su recién encontrada exuberancia y quedo boquiabierto por el espectáculo que se presenta ante mis ojos y para el que no me ha preparado en absoluto el entorno cerrado del bosque denso y oscuro que he atravesado. De pronto, como si una potencia extrema los hubiera forzado a separarse, los árboles han dejado un dilatado espacio y otra vez un cielo pálido se cierne sobre mi cabeza. Ante mis ojos maravillados se extiende un claro a cuyo centro llegan todavía los últimos reflejos del sol poniente aunque a su alrededor están empezando a crecer las sombras.

¿Cómo podré describir de forma adecuada el impacto que la escena ha causado en mí? Subrayadas y realzadas por la luz que declina, veo ante mí las altas columnas y los arcos ojivales de lo que debió de ser un templo formidable. Los restos están destrozados, descabezados, roída la piedra por mil tempestades, heladas y soles inclementes. Su antigua gloria se deshace entre la maraña de vegetación triunfante que repta arriba, arriba, sostenida por lo que fueron paredes de una iglesia o un cenobio y ahora son apenas los restos de un coloso. Está hundida y ausente la orgullosa bóveda que otrora coronó el edificio sagrado. Nada queda de las fuertes vigas de madera, de seguro podridas hace tiempo, cuya existencia deduzco únicamente por las negras aberturas en que se apoyaron.

Y una aguda sensación de melancólica belleza me atrapa, me deja clavado en mi punto de observación, mientras el paisaje me penetra, mientras cada fragmento polvoriento de las pétreas moles despedazadas, cada astilla de corteza arbórea, cada hoja, cada espina, adquieren ante mí una vida propia y separada del resto, cada elemento único en sí mismo y parte a la vez de la armonía de la escena. Como si yo viera el claro, la ruina, los brezos, los árboles, a la vez juntos y a la vez aislados, cada uno completo en su unicidad.

Esta profunda impresión, que tanto me ha costado describir en mis pobres palabras, apenas ha durado un parpadeo. En un segundo instante he podido distinguir una humilde casa de labrador, apoyada en una titánica pared del antiguo santuario como una niña de pañales duerme confiada en el regazo de su abuelo curtido en mil batallas. Y en el sereno ambiente de la tarde, dos campesinos charlan con placidez, descansando de sus pesadas tareas mientras disfrutan del singular entorno. Me agrada ver que van vestidos a la manera tradicional de nuestra tierra, sencilla y práctica, tan diferente de la severa y engolada que se impone en la ciudad. Me he quedado inmóvil a la entrada del claro y no he señalado mi presencia a los dos hombres. Temo romper el hechizo que el genio del bosque ha convocado solo para mis ojos.

Porque aunque os parezca un engaño, os puedo jurar que ante mí el tiempo cambia su curso natural, y veo alzarse de nuevo el magnífico templo; cada una de sus columnas y de sus ojivas parecen rehacerse como por arte de magia. Intuyo apenas como vagos fantasmas, turbios e imprecisos, separados de mí por un espeso velo, centenares de esclavos sufrientes que arrastran y empujan los pesados sillares, que levantan con grandes fatigas los altísimos muros. Se yergue el crucero, los nervios minerales se entretejen en una selva fantástica, ordenada, precisa, dominada por las matemáticas del que fuera su arquitecto. Los arbotantes sostienen de nuevo la imponente estructura, los ventanales se visten de vitrales con sus llamaradas de azul de cobalto, rojo bermellón, intenso amarillo, dorado y glauco, intrincadamente ribeteados de negro filamento de plomo: santos y vírgenes, caballeros y papas. Y en el rosetón que crece y se extiende como una onda polícroma, el árbol de Jessé, modelado con decenas de tonos diferentes de verde, se está formando a partir de los elementos que encuentra en la espesura, con cada una de las ramas, las hojas, los tallos, las espinas, los brotes, las yemas, los capullos, los pecíolos, las flores…  Toda la vida vegetal se condensa, se cristaliza, se comprime en las manos de un artesano invisible.

Y este prodigio se desarrolla en medio de un silencio que no es roto ni por el canto de un pájaro ni por el zumbido de un insecto. Solo la obra del hombre devorando la espesura y a sus habitantes, alimentándose de su savia y su sangre, convirtiéndolas en fría piedra, vidrio y metal. Horrorizado, veo como el ingenio del hombre vampiriza la naturaleza para crear un monumento helado, condensación y sublimación de ideas sin vida, de ideologías tan apartadas del alma cuanto del cuerpo de sus víctimas.

En medio de la selva, en el corazón del bosque, el magnífico monumento se erige en toda su opulencia y su soberbia. Es bello, sí, es majestuoso, pero me provoca un escalofrío su indiferencia hacia todo lo que está vivo. Y mientras lo contemplo, admirado a mi pesar, el crono cambia de nuevo y la naturaleza vuelve a cobrarse cuanto se le robó. Y a velocidad de vértigo veo caer a la efímera gloria humana, y el carácter sacro del monumento no es capaz de protegerle de las fuerzas telúricas ni de la furia de sus antiguos sirvientes. El fuego devora muebles y retablos, revientan las vidrieras en mil fragmentos punzantes, y cientos de inviernos y veranos devuelven a la triunfante naturaleza su victoria sobre la vanidad y la jactancia de sus presuntos dominadores. Y con el paso de los años, los humildes habitantes de la región utilizan las caídas dovelas para construir sus sobrias habitaciones. La piedra que fuera orgullo es ahora lar; los puntales que la sujetaban, leña de hoguera con la que las gentes se calientan y cuecen su alimento. La naturaleza: tímida y callada al principio, valiente siempre, pletórica luego, y al final tenaz, fuerte, implacable, salvaje, indómita… ha exigido su tributo a la altivez del hombre y se lo ha cobrado con creces.

Esta asombrosa visión ha convertido el plácido paseo de una tarde de primavera en la revelación de un misterio. He sentido sobrecogido la voz del bosque que me ha susurrado solo a mí —extranjero comprensivo— el secreto mejor guardado de su existencia. ¿Por qué? No lo sé. Quizá debería reservarlo para mí, pero la impronta que ha dejado en mi ánimo es tan poderosa que no deseo acallarla sin más. «Caspar —me he dicho a mí mismo—, lo que aquí has visto es algo demasiado grandioso para expresarlo con tu lengua y tu pluma. Esto es algo que deberás pintar».


FIN


Caspar David Friedrich. Autoretrat (1802)

diumenge, 18 de març de 2012

Nou amic


Fa uns dies vaig a anar a passar el cap de setmana a Roses. Aquesta bella població de l'Alt Empordà te una preciosa badia, amb una platja que, a començaments del mes de març, presenta un aspecte tranquil i serè, lluny de les aglomeracions estiuenques.

M'hi vaig estar un parell de nits, en aquest indret, i ho vaig aprofitar per aixecar-me ben d'hora i gaudir d'un espectacle que no veig sovint (o gairebé mai): la sortida del sol en soledat i en un ambient natural. Vaig calcular que la platja feia uns cinc kilòmetres, aproximadament, i tots dos dies la vaig recórrer sencera, ben arran de l'aigua, trepitjant la sorra humida, respirant el vent salat i rebent al rostre la llum i la força dels espais oberts. No estava pas sola, tot i el moment tan matiner: alguns ciclistes i corredors solitaris al·legraven el passeig marítim, i a la sorra m'acompanyaven les gavines, que xisclaven, volaven sobre el meu cap i nedaven serenament en un mar que semblava un estany. La sorra, llisa i lluent, semblava un palimpsest de petjades d'ocells, i feia emocionar el barreig de la meva traça amb la dels alats habitants de la badia.

Va ser el segon dia que vaig tenir una experiència molt especial. Una petita au marina, semblant a un corb de mar, va venir molt a prop meu. S'estava a una distància d'uns deu metres, i remenava per buscar cuquets, just en aquell punt on les onades trenquen dolçament i deixen exposada durant pocs segons una sorra mullada plena de foradets; un lloc per àpats ben exquisits en el món dels ocells marins.

La meva nova amiga em vigilava, això sí, de cua d'ull, però la meva presència no la molestava pas. Jo vaig baixar el ritme del meu pas i em vaig adaptar als seus moviments per mirar de no acostar-me en excés. L'au també es va acoblar a la meva caminada i totes dues juntes vam fer un bon tros de sorral. El vent, el sol, els esquitxos de mar, la sorra, els estols i els crits que els acompanyaven.... tot plegat em va fer sentir, ni que fos per un moment, part d'aquell entorn. Em vaig adonar de que no molestava, que era acceptada, que podia estar en bones relacions amb els meus companys de viatge.

Vaig sentir per un segons, que, en aquest planeta dolgut per la desídia i la malvolença; terroritzat, torturat, enverinat i menyspreat per molts representants de la meva espècie, un germà animal havia decidit que hi havia un raconet per a mi i que era capaç de caminar al meu costat. Moltes gràcies, amic, potser sí que hi ha una porta a la comprensió entre els nostres mons; només cal una mica de paciència i ganes per totes dues bandes.

Hi ha moltes persones disposades a fer una passa i travessar aquesta frontera cap a una vida d'harmonia amb el nostre planeta. No és un capritx ni un esnobisme de quatre hippies que s'han equivocat d'època. És l'única esperança per a tots. Si els humans ens destruïm com espècie, ja ens ho farem. Si no canviem, els companys de viatge en sortiran guanyant. Però fora una llàstima que mai més un humà i una au marina no tornessin a creuar els seus camins.


Silvia Navarri. Dona i ocell (2002)


Imatge extreta de:  http://www.silvianavarri.com