¿Eran tres los desconocidos? |
Capítulo X. Sander
Con la cabeza entre las manos, los ojos cerrados, Elaine dejaba manifestarse su antigua memoria. Libres de angustias, las imágenes, emociones y sensaciones desfilaban ante ella como una película que reconocía sin esfuerzo como parte de ella misma.
Levantó la vista y la imagen de Bouchard todavía la reanimó más. Se irguió en la silla y le miró francamente a los ojos.
-Dios mío, es usted. No recuerdo bien su nombre… Jack, o algo así…-sonrió porque sabía que era una tontería, pero Bouchard empezaba a caerle bien, hacerle una pequeña broma era parte de este sentimiento.
-Jakork. ¿Recuerda a los otros?
-Sí, aunque no de forma tan clara, no sé por qué. Creo… que me daban algo de miedo. No llegué a empatizar con ellos, sobre todo con…Wan, o Kan…
-Kanwal. En aquellos momentos estaban ustedes tan confusos que quizá no lo valoré lo suficientemente bien. Tampoco teníamos práctica con su sistema neural. Qué curioso, siempre he pensado que era Koroj el más imponente y que podría atemorizarles. Es nuestro líder de grupo, muy anciano y experimentado, y a veces hasta a mí me infunde cierto desasosiego, no porque sea peligroso, sino porque me cuesta comprenderle. Kanwal… es otra cosa. Le conozco poco, en realidad.
-Pero, ¿quiénes son ustedes? Creo que nunca llegué a entenderlo. No serán… ¿extraterrestres? -acompañó la palabra bochornosa de una risilla de incomodidad.
-Sí, y más de lo que se imagina en estos momentos. No les dijimos de dónde veníamos ni para qué estábamos allí. Manipulamos sus mentes para evitar preguntas y cuestionamientos internos. Simplemente les estudiamos, borramos sus memorias, introdujimos una programación adecuada y les devolvimos a su hogar.
-Pero… ¡Es monstruoso! ¿Cómo se atrevieron a hacernos algo así?
-Por su bien, y, no le voy a mentir, para nuestra comodidad y por seguir nuestras directrices.
-¿Nuestro bien? Usted no se imagina lo que representó volver a la Tierra en aquellas condiciones. ¿Nuestro hogar? No se fiaban de nosotros, estuvimos meses encerrados… Sí, muy bien tratados, pero… en el fondo, nos miraban como a posibles monstruos. Y en casa… mi matrimonio quedó destruido y ahora ya es tarde para pensar en ser madre. Sé que los otros tuvieron grandes dificultades. Quinteros casi se hundió, se obsesionó con permanecer en Avaparaná y nadie le daba trabajo… No creo que entienda lo que fue. Es horrible que nos enviaran a ese infierno… y ahora que yo empezaba a rehacerme… me obligan a venir, a verle, a hablarle. ¿Se da usted cuenta de que esto es aberrante?
Le miró casi con odio, una tempestad de emociones se desataba en su pecho. Roger Bouchard la observaba con aspecto apenado, sin intervenir ni contestar. La dejó expresar su ira y permitió que se disipara en invectivas. Finalmente la tempestad se agotó. Elaine se fue calmando poco a poco, e incluso se sintió algo avergonzada al notar que Roger ni siquiera hacía amago de defenderse, como si le diera la razón.
-Lo entiendo, pero lo entiendo ahora. En aquel momento creíamos que era lo mejor… porque fue lo mejor para otros pueblos y otras razas en otros tiempos y en otros lugares. No sé si eso es excusa pero es la verdad -Roger suspiró y miró los registros electrónicos que descansaban bajo sus brazos, sobre la mesa-. Lo he visto y aprendido durante estos años y por eso estoy aquí y estoy hablando con usted, y deseo hacerlo con todos.
-¿Para pedirnos perdón? -Elaine no puedo evitar sonar sarcástica.
-No. Para anular el condicionamiento, explicarles lo que ocurre y pedirles ayuda para convencer a mi jefe de grupo. Si lo que está pasando en todo el planeta no le convence de que nuestra política aquí está equivocada ya no se me ocurre qué probar. Lo he intentado todo durante años pero Koroj no cede, Kanwal le apoya… y Munaak se abstrae del problema… claro que en realidad tampoco estaba en Titán.
-¿Munaak? ¿Todavía hay más? -otra palabra hirió sus pensamientos- ¿Condicionamiento?
-Munaak es nuestro elemento de control, está lejos, permanece en órbita krasiana. Para que me comprenda, está a una distancia que en este caso es el ámbito aproximado de lo que ustedes llaman el cinturón de Kuiper. Siempre somos cuatro, pero uno se mantiene fuera del planeta para…
-Roger, no sé si se da cuenta de que no entiendo nada. No quiero volver a gritarle, creo que es injusto que lo haga. Explíquemelo todo. Y el condicionamiento.
-Pronto, cuando lleguen los demás.
Roger accionó el control de la puerta, que se abrió. Aiko estaba justo ante ella, y entró con timidez.
-¿Doctor Bouchard? Me han dicho que me esperaba en esta sala… estaba a punto de llamar…
-Lo sé. Pase, doctora Minamoto -Bouchard se expresó cómodamente en japonés.
Aiko entró algo sorprendida, entonces vio a Elaine y la saludó en hiplan.
-Doctora Marchand. Cuánto tiempo. Me alegro de verla -se inclinó con deferencia.
Elaine la saludó afablemente, aunque sin demasiado calor. Nunca tuvo una relación estrecha con ella. Mientras estuvieron de misión trabajaron bien juntas, pero una vez separadas, ninguna de las dos sintió necesidad alguna de seguir en contacto. No como con Radha, a quien se sentía más próxima.
Roger indicó una silla para la nueva visita.
-Siéntese, por favor, pronto llegarán otras tres personas.
-¿Tres? -las mujeres se miraron extrañadas-. Radha, quiero decir, la doctora Chatterjee, nos dijo que estaríamos ella, la doctora Minamoto y yo-. Aiko asintió con la cabeza a la afirmación de Elaine.
Bouchard no contestó, miró un momento hacia la puerta y la abrió. Ante ellos, con actitud fría y solemne, se encontraba un hombre alto y enteco, de media edad, pelo moreno y piel blanca, ojos hundidos, pómulos muy marcados y largos brazos y piernas. No le faltaba cierto austero atractivo. Roger fijó su vista en el recién llegado y con un gesto le señaló una silla que el desconocido miró con algo que parecía desprecio. Lentamente se sentó en ella y miró a los ocupantes de la habitación.
-Debo hablar -dijo Roger- para que ellas me comprendan.
-Y accionar -contestó el hombre-. En fin, aquí estoy y me pliego a tu solicitud por esta vez y por aclarar el asunto.
Su voz era seca, precisa y cortante como un cuchillo. Aunque el timbre y tono no eran desagradables en absoluto, destilaban una sensación fría, sin emoción ni viveza. Elaine, siempre tan sensible, sintió un escalofrío. Aiko era mucho más contenida y era imposible saber si estaba impresionada o no.
-Les presento al doctor Jaan Sander -precisó Bouchard-, prestigioso físico, químico y matemático, profesor en la Universidad Técnica de Munich, en Baviera. Ah, aquí llega la doctora Chatterjee…
Volvió a presionar el comando de la puerta y, efectivamente, Radha se encontraba frente al umbral. Entró y sonrió con afecto al ver a sus dos antiguas compañeras. Elaine se levantó inmediatamente y fue hacia ella; ambas se abrazaron con cariño. Después, Radha se inclinó ante Aiko con una acogedora sonrisa.
-Bienvenida, doctora Minamoto. Cuánto me alegro de que podamos estar las tres aquí.
Aiko le devolvió la inclinación y también le sonrió.
-Aiko, por favor. No hacen falta tantas formalidades. Tenía tantos deseos de venir… Me alegra verla, doctora Chatterjee.
-Radha -Aiko inclinó la cabeza con deferencia-. Ya no estamos en la Mare Undarum y estoy de acuerdo en que debemos tratarnos con más informalidad-. Después añadió con cierta melancolía:
-Hace muchos años que nos conocemos y hemos compartido momentos muy intensos.
A continuación, saludó a Bouchard con amabilidad, pero se paró en seco ante Sander.
-¿Y el doctor Sander qué hace aquí?
-¿Le conoces? -preguntó Elaine.
-Claro. Es uno de los ponentes. No entiendo…
-Por lo que capto, Sander también está al corriente del caso Mare Undarum, o más bien directamente implicado -Elaine fue incapaz de evitar el tono sarcástico de su afirmación.
-Doctor Sander. Es el mínimo respeto que merezco ya que no saben otorgar otro -el tono era tan helado que una ola de frío siberiano pareció extenderse por la habitación.
Nadie comentó nada, porque parecía que nada había que comentar. Bouchard seguía pendiente de la puerta, que había dejado abierta como si aún esperara a alguien, que, por cierto, no se hizo de rogar.
-Buenas tardes -el saludo en hiplan hizo que las tres mujeres levantaran rápidamente la vista.
José Quinteros tomó una silla de un rincón y se sentó sin más ceremonias.
(Continuará)