dijous, 13 de maig de 2010

Mi amigo el bolsillo (y 2)

(... continuación)

A todo esto, yo me quejaba mucho de dolor de cabeza y de cansancio cuando fijaba la vista en el Catón. A veces, los alegres dibujillos parecían bailar si los miraba con atención. Mi madre me llevó al oculista y salí de allí sentenciada a llevar unas gafas de pasta negra – las más baratas – que al principio me hicieron gracia pero que pronto se revelaron como una gran molestia.

El profesor de quinto curso, aquel buenazo que nos salvó del espantoso castigo que había acabado con la pared hecha un queso suizo, era muy dado a sacar a sus alumnos a pasear un rato a la hora de la merienda, no a diario, ni siquiera una vez a la semana, pero sí a menudo, y un día fue lo bastante amable como para invitar también a nuestra clase. Supongo que le dábamos pena y como era el subdirector, hacía y deshacía cuando su superior no estaba. La señorita Eulalia aceptó con alegría y entre los dos consiguieron llevar a sesenta o setenta críos hasta una zona no urbanizada que había a unos cinco minutos de la escuela. Era un lugar estupendo, lleno de pinos y matorrales y grandes espacios para jugar. Allí estuve tan a gusto mientras merendábamos, pero después las gafas me estorbaban, así que me las quité y las guardé en el bolsillo.

Como todos, corrí, salté y grité hasta no poder más. Cuando llegó el momento de hacer las filas para volver, ¡horror!, el bolsillo estaba vacío. Me senté en el suelo y me negué a regresar. La pobre señorita Eulalia no sabía qué hacer ni cómo consolarme. El bueno de don Lucio – qué nombre tan feo, pensaba yo, para un señor tan agradable – que tenía mucha más penetración que ella, consiguió saber lo que me pasaba y acto seguido organizó un comando de rescate de las gafas con sus alumnos más avispados. Estuvieron buscando por todas partes y visto su entusiasmo, seguramente levantaron todos los pedruscos y no dejaron mata de ortigas sin revolver, pero las gafas no aparecieron.

Volví a casa de la mano del profesor, llorando como para partirle el alma a Barrabás, con la cara llena de reguerotes negros de tanto frotarme los ojos con los puños sucios. Al verme mi madre aparecer de aquella guisa, y además escoltada, se asustó mucho. Cuando supo la pérdida de las gafas, al principio casi no podía hablar del disgusto, pero se repuso pronto y empezó a soltar voces como si fuera una manguera a presión:

- ¡Por Dios, criatura, esas gafas ya eran un gasto muy fuerte para mí! ¿De dónde voy a sacar ahora el dinero para otro par? Me vas a volver loca con tus ideas de bombero, tienes sesos de pajarito. ¡Tú te has creído que en esta casa se atan los chuchos con longanizas! ¿Por qué caramba te tenías que quitar los lentes, eh?

- Es que me hacen daño en la nariz, - hipaba yo – y en las orejas, y se ve todo borroso…

- ¡Un momento! – dijo don Lucio - ¿Con las gafas puestas ves borroso?

- Siiiií, y no conozco las caras, y el suelo está aquí arriba – gemía yo –, por eso me las quito, y así veo mejor.

Ante esta desconcertante afirmación mi madre fue a buscar la receta del oculista y la factura del óptico. Don Lucio las cotejó atentamente y allí estaba la gran pifia: las gafas que me habían dado no me iban bien. Estaban mal hechas o eran para otra persona. El óptico, convenientemente presionado por don Lucio y otro profesor que también nos acompañó, nos hizo otros lentes y no nos los cobró, como desagravio y para evitarse una denuncia. Así que aquella vez el bolsillo me había hecho un gran favor, y yo no dejé de agradecérselo, llenándolo siempre que podía de cosas buenas, como florecillas recién arrancadas, con tierra y todo, caramelos chupados y sin envoltorio, restos de chocolate, trozos de fruta, cromos pegajosos, canicas sucias de barro y otras lindezas. Supongo que el bolsillito debía de estar contento, pues no volvió a hacer maldades.

Pero la bata era cada día más pequeña, se encogía vertiginosamente y pronto empezaron a ser mis brazos más largos que sus mangas. A mamá cada vez le costaba más ponérmela y me apretaba muchísimo, tanto que casi no me podía mover. Los botones de arriba se desabrochaban solos mientras ella me abrochaba los de abajo, y nos daba a las dos tanta risa que no había manera de acabar.

- ¡Ay, mi jirafita, como creces! - decía mi madre - Sigue así, que llegarás a lo alto de todos los armarios y no tendrás que subirte a la escalera como yo.

Así que la bata fue a parar al cesto de la labor, siendo sustituida por otra en la que cabían dos niñas, por lo menos al principio, ya que  mi complexión larguirucha, tan diferente de la de mi madre, las fue relegando una tras otra con gran diversión por su parte. Mi madre no parecía aburrirse jamás de soltar dobladillos ni ensanchar costuras y consideraba complacida mi crecimiento como una prueba de buena salud.

Porque mamá tenía mucha habilidad para todo tipo de labores. Además de coser lo más necesario, dobladillos, ojales, cremalleras y zurcidos diversos, sabía hacer vestiditos para mí con sus faldas viejas, tejía chaquetas de punto y con ayuda de su ganchillo de acero había llenado la casa de tapetes y mantelitos que se aprovechaban para hacer regalos de compromiso. El vestido de primera comunión que me regaló mi madrina, una vez utilizado, quedó convertido en unos visillos estupendos que duraron años, y de su forro salieron varias enaguas. También recortaba cuidadosamente las piezas de ropa ya inservibles y las convertía en cuadraditos de tela que utilizaba para remendar incansablemente las sábanas, o para hacer trapos; incluso había un cómodo nidito y una manta de lanas viejas en el rincón del gato, y una especie de colcha de centón para la cuna de mi muñeca. Así fue como mi primera bata y su bolsillo mágico se convirtieron en un montón de retales que yo creí que habían salido definitivamente de mi vida.

Unos años después, yo empecé a trabajar de aspirante administrativa en el despacho de un almacén de tejidos al por mayor, donde era ni más ni menos que el último mono, aunque mamá estaba más orgullosa de mi y de mis logros que si hubiera sido el gerente. Pagaban poco, pero aquel sueldito fue un gran alivio para nuestra economía y además aprendía los trucos del oficio, que me han servido ya para toda la vida. Cada último día del mes el contable entregaba a cada empleado su sobre marrón con el dinero dentro. Aquel día guardé mi salario en el bolso, o eso me pareció, mientras charlaba y reía con mi compañera, y me fui a casa como siempre, en metro. Un par de empujones en el vagón atestado y noté algo raro. Miré dentro del bolso y por poco caí redonda: ni el sobre, ni el monedero. Me habían dejado bien desplumada. Era aún una cría, me senté en un banco de la estación y me eché a llorar. Algunos pasajeros se acercaron a consolarme, pero, ¿qué podían hacer? Tres mil pesetas ganadas con tanto esfuerzo, y que tanta falta nos hacían, habían volado. No sabía como decírselo a mi pobre madre. Mientras iba hacia casa metí la mano en el bolsillo de los tejanos para coger un pañuelo con que sonarme, y no pude creer lo que tocaron mis dedos, muy escondido al fondo: algo de papel grueso, parecía el sobre.

Corrí hasta mi puerta y una vez a buen recaudo volví el bolsillo del revés: apareció la nómina con todos los billetes, sin faltar uno. Me llamó la atención el remiendo que tenía el forro; hacía unos días en aquel bolsillo se había hecho un agujero que sólo zurciendo no tenía apaño, y mi madre había puesto pulcramente un retalito muy bien cosido para sustituir el tejido dañado. El retal era de rayas finitas azules y blancas.

Varios años pasaron, diez, quince, quién sabe. Yo estaba ya felizmente casada. La tienda de ultramarinos había cerrado y mi madre trabajaba haciendo limpiezas en escaleras y casas de conocidos. Había alquilado un piso diminuto cerca del mío y vivía allí muy tranquila con su gato y su jilguero. Venía a menudo a visitarme, pero tenía el don de no hacerse jamás pesada. A veces iba a mi casa un rato antes de que yo volviera del trabajo y aprovechaba la espera para hacerme algún quehacer doméstico, así cuando yo llegaba me encontraba la sorpresa de la cocina recogida, o un par de camisas y unos pantalones bien planchados y colgados. Esos “regalitos” de mi madre me hacían mucha ilusión, y me permitían charlar con ella alegremente y sin prisas, las dos sentadas con un rico té en la mano, sin tener que ponerme a correr para hacer mis tareas nada más llegar.

Una noche a la hora de cenar sonó el teléfono. La vecina de mi madre había tenido que llamar urgentemente a una ambulancia porque ella le pidió socorro: se ahogaba, no podía respirar. Cuando nosotros llegamos al hospital mamá ya estaba muerta, fulminada por la rotura de un aneurisma del que nadie, ni ella misma, sabía la existencia.

Tuvimos que vaciar su humilde piso con rapidez. Yo estaba doblando su ropa y entre otras cosas había un delantal para la cocina hecho con retalitos de su cesta de labor. Al cogerlo noté algo rígido en el bolsillo. Era un papel, una nota escrita por ella. Yo nunca pude entender cómo una mujer a la que habían sacado de la escuela a los diez años para ponerla a trabajar podía tener aquella letra tan preciosa, y no hacer ni una sola falta de ortografía y ni siquiera de sintaxis. La nota no tenía fecha e iba dirigida a mí:


Querida hija,

Siento mucho haber tenido que irme tan repentinamente pero ha surgido un imprevisto. Hubiera preferido quedarme un rato más y charlar un poco contigo, pero no me es posible. No te preocupes por mí, que yo estoy bien. Un abrazo muy, muy fuerte. Con todo el cariño de

Mamá.



Evidentemente era una nota que me tendría que haber dejado en algún otro momento pero que por alguna razón había quedado abandonada allí. Estreché el papel contra mi corazón, llorando de alivio, sintiendo el consuelo de la despedida que no había tenido, agradeciendo al destino el haber encontrado aquel último adiós. Pero cuando fui a guardar definitivamente aquella modesta pieza de ropa sí que quedé de veras asombrada. No lo podía creer. Entre las diferentes telas de que estaba confeccionado el delantal destacaba la del bolsillo, un recorte ya muy desgastado de tejido listado a rayitas finas, en blanco y azul.

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