diumenge, 1 de maig de 2011

Día de la Madre

Mai no hem celebrat a casa això del «dia de la mare». Sempre he trobat que era una cursilada. Així i tot m'ha semblat una bona ocasió per reflexionar sobre un dels dubtes de la maternitat. No els meus, però. Encara no estic preparada. De moment és més fàcil parlar dels dels altres, i dels més llunyans. Tot arribarà.



Primer domingo de mayo, Día de la Madre. La policía había tendido sus cintas amarillas en un espacio alrededor del cadáver; era el de un pobre vagabundo que solía dormir en el parque, un vejete inofensivo que a nadie hizo jamás ningún daño. Una paliza brutal había acabado con su vida en aquella madrugada llena de las diversiones de fin de semana: discoteca, alcohol y sexo para algunos, persecución y asesinato del débil para otros.

La encargada del caso, la teniente de policía Asunción Roca, estaba de pie ante el cuerpo mirándolo con rostro impasible mientras sentía muy adentro una amalgama de emociones cruzadas: lástima, dolor, compasión, odio, y ante todo, determinación. La de pillar a aquellos vándalos crueles y llevarlos ante los tribunales. En lo que de ella dependiera, no se iban a escapar. No era cuestión de dejarse llevar por los sentimientos, sino de hacer su trabajo con la cabeza fría.

El forense tardaba. No era extraño, llevaban una noche movidita. Asunción hablaba con su superior con el walkie. Sí, estaban peinando la zona. No, de momento nada. La mujer suspiró mientras cortaba la comunicación. Le apetecía mucho ir a comer con su familia después de la pesada guardia, quería jugar con su pequeña y olvidarse por un rato de aquel cuerpo torturado, pero de momento, el deber era el deber. «Todos los crímenes son malos, pero hay cosas que no tienen nombre» murmuró para sí misma.

En otros rincones del parque el día era perfecto. Un hombre y una niña caminaban alegremente por uno de los senderos. La chiquilla, que apenas debía de contar cuatro años, saltaba sin cesar, bien cogida de la mano de su acompañante, alto y moreno, vestido de manera informal con tejanos y camisa a cuadros. La niña era menuda y delgada y sus finos cabellos castaños se escapaban alborotadamente de las dos colitas asimétricas que su padre le había hecho con un par de gomas azules. Con su alegre camiseta roja, las mallas oscuras y las zapatillas de lona parecía una flor más en medio de los parterres que reventaban de colores. Todo era motivo de regocijo para ambos: los pavos reales con sus colas llenas de brillantes ojos verdes y azules majestuosamente desplegadas, las palomas grises y blancas que picoteaban cualquier miga perdida, y los gorrioncillos que se las disputaban diestramente, ganando casi siempre la partida. El estanque de los patos y los cisnes, lleno de barquitas, los grupos de ciclistas con sus cascos tan peculiares, los corredores urbanos resoplando mientras adelantaban a los paseantes en su marcha sinuosa, los perros que se saludaban con gran alborozo de rabos y sus amos que intentaban no ser derribados por sus tirones gozosos… Todos los componentes de una preciosa mañana de domingo en un agradable rincón de la gran ciudad.

—Papá, mira, cacahuetes, cómprame. Papá, mira, un puentecito, quiero ir por allí. Papá, ¿subimos en barca? Yo quiero remar, y tocar un pato… Papá, tengo pipi.

—Elisita, cariño, déjame respirar —reía el hombre —. Va, primero el pipi, después los cacahuetes y luego la barquita, ¿te parece?

Era la primera vez que visitaban La Ciudadela y estaban encantados, bien decididos a aprovechar todas las diversiones que les ofrecía. Después de dar vueltas como dos tontos con la barquita durante media hora, ya que papá no sabía remar y no se movían del sitio, ahogados ya de tanta carcajada, fueron a visitar la impresionante cascada artificial que era la joya del parque. Por el camino había entretenimientos sin fin: aquí un malabarista que lanzaba al aire cuatro mazos a la vez; más allá un hombre estatua disfrazado de jefe indio que amenazaba con el hacha cambiando de postura a cada moneda que caía en su platillo; luego un payaso que movía con mucha gracia un títere violinista que se desmelenaba con la Danza del Sable. La pequeña no podía contener su entusiasmo y su curiosidad ante tanta novedad y su padre ya no sabía dónde tenía la cabeza ante tanta pregunta y tanto «Papá, mira».

Seguramente fue ésta la razón de que no diera importancia al movimiento y el ruido inusitado que tenía lugar a varios centenares de metros ante ellos. Algunas personas corrían hacia allí alargando el cuello por ver algo, se oían comentarios y la gente se arremolinaba mientras un grupo de guardias urbanos intentaba dispersarlos y contenerlos lejos de la zona acordonada. «Parece que han detenido a dos», «Sí, mira, ¡y cómo van! Se deben de haber drogado hasta las cachas», «Hala, la policía les ha quitado un bate, fíjate, fíjate».

La pequeña Elisa, atraída por el tumulto, que creyó provocado por algún nuevo espectáculo, tironeaba de su padre, que se había distraído mirando un curioso monumento en forma de mamut de tamaño natural. Leía interesado el rótulo explicativo cuando Elisa dio un tirón más fuerte que de costumbre, se soltó de la mano de su padre y echó a correr. Él, aterrorizado, intentó seguirla, pero la gente se entrecruzaba y le dificultaba el paso mientras que la niña se escurría entre unos y otros como una anguila.

Cuando por fin la vio, estaba junto al cordón policial y miraba asombrada la escena. Dentro del perímetro de las cintas pero separada de ellas por bastante distancia había una ambulancia y a su lado varias personas de oscuro uniforme rodeaban un cuerpo tapado con una manta. Algo apartados, dos hombres con las piernas separadas se apoyaban en un coche patrulla mientras eran cacheados. Una de las mujeres policía, la que parecía estar al mando, era de mediana estatura y complexión atlética, con rizos castaño rojizos apretados en un moño y facciones finas y pálidas. Aparentaba unos treinta y cinco años, y al verla, al hombre le dio un vuelco el corazón. Mientras luchaba por acercarse oyó que la niña prorrumpía en una alegre exclamación:

—¡Mamáaaaaa! —gritaba Elisita— ¡Mamá, mira, estoy aquí!

El padre quedó paralizado. La niña forcejeaba con un agente y pretendía traspasar la barrera policial. La mujer levantó la vista y cuando les vio dio un respingo involuntario. La pequeña estiraba los bracitos hacia ella:

—¡Mamá, soy yo! ¡Tú, déjame ir con mi mamá! —le decía al agente.

Su padre consiguió cogerla en brazos e intentó llevársela, pero la niña luchaba y braceaba. La gente empezó a fijarse en ellos.

Asunción la miró un momento sin ninguna expresión en sus claros ojos azules. Si en ella había algún sentimiento fue capaz de disimularlo completamente. Su cara era de esfinge mientras se volvía a sus compañeros y daba órdenes. Uno de los detenidos miraba aquí y allá con malevolencia y observaba de refilón el revuelo que estaban creando los gritos y forcejeos de la niña. La mujer policía le habló con sequedad:

—Tú, la mirada al suelo. Va —se dirigió en voz baja a los compañeros—, entradlos al coche.

—Sí, teniente.

—Saquen de ahí a toda esa gente. Amplíen el cordón policial, parece mentira que haya tanto morboso suelto. Ya sólo nos hace falta un crío histérico —Asunción hablaba con firmeza, su voz era serena y autoritaria, acostumbrada a mandar y a ser obedecida—. Sargento, vaya allá y llévenselos inmediatamente, este ruido es intolerable; quiero cincuenta, no, cien metros de perímetro. Se acabó el espectáculo. Y este par, al cuartelillo.

—Sí, teniente Roca. En seguida.

Asunción siguió dando órdenes, organizando a sus subordinados, cumpliendo su deber hasta el final, sustrayendo a su hija de la mirada y del pensamiento de un asesino despiadado. Los agentes consiguieron acabar con el tumulto y alejar de la escena a Elisita y a su padre que, aliviado, se llevó de allí a la llorosa niña.

Un rato después, padre e hija estaban sentados en una agradable cafetería, lejos del parque. Él tenía a Elisa sobre su regazo, la abrazaba, le daba cariñosamente bocados de un rico pastelito y pidió para ella una bebida de chocolate, su preferida. La pequeña, ya más tranquila, estaba aún desconcertada. En las rodillas de papá se sentía muy feliz pero algo la inquietaba:

—¿Ya no me quiere mamá?

—Claro que sí, bonita mía, claro que te quiere. Pero cuando trabaja no puede hacer su gusto, ¿sabes? No te preocupes, cuando vuelva a casa te va a dar tantos besos que te vas a marear.

«Cómo me iba yo a imaginar que estaría en el parque, nada menos —pensaba mientras tanto, preocupado—. Y hoy que era el primer día que veníamos».

—No es culpa suya, cariño —seguía diciéndole a la niña—, ahora está haciendo de policía. Cuando ella trabaja, yo te cuido, ¿verdad?

—Sí, pero, ¿cuándo hace de policía no puede hacer de mamá?

—Así es. Asunción con su bonito vestido, o con su pijama, o su bata, o con sus tejanos, es mamá; Asunción con el uniforme es la teniente Roca de homicidios. Pero ella te quiere igual.

—¿Seguro? ¿No se olvida de mí? —la pequeña estaba entristecida— Ni siquiera me miraba, no me conocía.

—Seguro que te quiere, cariño, pero lo que no puede es demostrarlo. Mira, tanto da lo que haga o lo que lleve puesto, ¿tú sabes dónde guarda mamá el amor cuando está de servicio? ¿Sabes dónde lo guardo yo?

—¿Dónde? —preguntó curiosa la chiquilla.

El padre cogió la manita de la niña y la puso en el centro de su propio pecho.

—Aquí, Elisa. Aquí, muy adentro, está nuestro corazón, donde nada ni nadie pueden llegar. Aquí está bien guardado el cariño que te tienen papá y mamá. Cuando estamos trabajando, o en peligro, lejos de ti, se queda escondido, protegido. Cuando volvemos a casa y estamos contigo lo volvemos a sacar.

Aquella era la explicación que Asunción y Carlos, su marido, tenían preparada desde hacía tiempo para responder las preguntas de Elisa. El corazón del policía no se usa durante su jornada laboral. Elisa, satisfecha, abrazó a su padre muy fuerte mientras pensaba en el ramo de rosas que habían comprado y en el dibujo que ella solita había hecho con tanto esfuerzo, y que esperaban a Asunción en casa, a donde iría al final de la dura jornada, cuando se quitara el uniforme y se volviera a poner, junto con su traje de mamá, su amoroso corazón.

Horas más tarde, Asunción estaba sentada en el banco del oscuro pasillo de las taquillas, en los vestuarios de la comisaría. No había nadie más así que se dejó caer, desmoralizada, y enterró la cabeza entre las manos. ¿Estaría, al fin y al cabo, equivocada? ¿Habría tenido razón su madre cuando le advirtió que si quería seguir con su trabajo hubiera sido mejor no tener hijos? Aquella mañana había estado a punto de ocurrir una catástrofe. ¿Habría sido convincente su actuación? Nadie sabe quién puede estar detrás de este tipo de crímenes, a veces los instigadores e incluso los ejecutores son gente bien, o de este lado de la ley. ¿Habían deducido que la niña era realmente su hija? ¿Iban a presionarla usando a la chiquilla como una amenaza? ¡Cuánto se había enfadado cuando su madre le preguntó si estaba segura de lo que hacía cuando le dijo que estaba embarazada!

—¡A Carlos no se lo hubieras preguntado! —le gritó, furiosa— ¡A mi sí porque soy mujer!

—Exacto, hija, porque eres mujer, y tú has de hacer de madre, no Carlos.

Ahora entendía las objeciones de ella, sus consejos, sus temores. Plantada ante la taquilla iba recorriendo con dedo tembloroso las abultadas siluetas de las rendijas de la puerta gris. Temía abrirla. Cuando lo hizo llenaron su vista decenas de fotografías de su pequeña, todos sus cumpleaños, sus peluches, su esquís, su disfraz de cactus, su barca de goma… las fue arrancando una a una de las tiras de cinta adhesiva y escondiéndolas dentro de su blusa. Nunca las enseñaría otra vez a nadie, no se sentía capaz, podría ponerla en peligro. ¿Quién era, en realidad, quien se encontraba a su lado? ¡Se decían tantas cosas sobre la corrupción y los sobornos! Se preguntó si desde aquel día volvería, como hacía antes sin ningún problema, a dejar encerrados y olvidados allí dentro el chaleco antibalas y el arma reglamentaria, las normativas y las ordenanzas, el horror y la pena, como si no existieran y no tuvieran que cruzarse en la vida de su hija. Asunción no sabía ya si podría mantenerla lejos del submundo del crimen y sus oscuros habitantes.

No se decidía a marcharse. Dudaba de regresar a casa y celebrar el Día de la Madre como si nada hubiera ocurrido. Dudaba de todos los planes, las explicaciones, los proyectos que ella y Carlos habían tejido tan cuidadosamente. En realidad, en aquel momento estaba tan desolada que dudaba incluso de si alguna vez tendría valor para volver a utilizar su corazón.


2 comentaris:

  1. Enternecedor, felicidades.

    ResponElimina
  2. ¡Gracias perro! Espero que enternecedor no sea sinónimo de cursi... Un abrazo.

    ResponElimina