dissabte, 1 de gener del 2011

Incidente en el Berna

Creieu que un altre món és possible? Entre els trillats propòsits d'any nou, podríem afegir algun de realista, com ser més oberts davant dels diferents. A mi m’agrada somiar-hi, en aquest altre món, i per això he escrit aquest conte. Una mica ingenu, però, qui sap si algun dia...



Incidente en el Berna


El Café Berna goza de una clientela muy selecta. En toda la ciudad no hay otro establecimiento como éste, de paredes tapizadas de seda y espejos de marco dorado que multiplican hasta el infinito la luz de decenas de esplendorosas lámparas cargadas de tintineantes cuentas de cristal. Las maderas son nogales y caobas cuidadosamente enceradas y pulidas, agradables al tacto y a la vista. Las gruesas alfombras persas, la tapicería en tonos suaves, los cuidados ramos de flores en jarrones chinos, todo el conjunto dota al Berna de una atmósfera única, apropiada para señoras y caballeros discretos y bien vestidos que se hablan en susurros y toman cafés, tés o chocolates de gran calidad acompañados de deliciosas tartas y bizcochos acabados de hornear, mermeladas artesanas y marrón-glacé. Los precios implican que un habitual deberá de pertenecer a una determinada clase social. Para el resto de mortales es un lugar de celebraciones puntuales o a donde llevar a un compromiso ineludible, a menos que se sea uno de esos turistas favorecidos por el cambio de divisas y encaminados hasta allí por una Guía del Viajero más bienintencionada que advertida.


Antonio Torres, el maestre de sala, lleva cerca de veinte años dirigiendo un grupo de camareros escogidos, cuya cualidad más notable es la de ser invisibles e incluso inaudibles. Ni un roce ni un movimiento brusco: en el Berna las mesas parecen atendidas por arte de magia, como un palacio oriental servido por seres impalpables a las órdenes del genio de Aladino.


En su pequeño despacho, Antonio está atendiendo una visita importante. Se trata del director de un centro de enseñanza profesional de hostelería para discapacitados, reconocido restaurador en otros tiempos, cliente antiguo de la casa y un buen amigo.


—No será posible, Luis —Antonio da golpecitos en la mesa con un lápiz —, éste es un lugar muy exclusivo. Los camareros han de rozar la perfección y tú me estás ofreciendo un muchacho con Síndrome de Down. No se adaptará.


Luis defiende su postura sin agresividad pero con firmeza.


—Antonio, hace años que nos conocemos. Sé perfectamente cómo se ha de servir en el Berna, y también sé dirigir una escuela. En general, todos mis alumnos salen bien preparados, pero Javier es excepcional. Sólo te estoy pidiendo un par de meses de prácticas. Con el Berna en su currículum, Javier podrá aspirar a trabajar donde quiera.


Antonio ríe sin humor.


—Luis, por Dios, ¿en qué mundo vives? ¿A dónde piensas enviar a ese chiquillo? Ni el Berna ni el mismísimo Ritz, nadie le va a dar trabajo.


—Las cosas cambian, la gente también.


—Sí, a peor, cada vez hay menos compasión.


—Aquí no se trata de compasión ni pena; la sociedad cada vez está más abierta, se ven discapacitados en lugares en que antes hubiera sido imposible. Hay que borrar tabúes, empezar a pensar de otro modo. Hay que crecer, Antonio.


—Yo estoy dispuesto a lo que quieras… excepto a llevar la voz cantante en un tema tan espinoso. Vamos a hablar claramente: los pioneros dejan sus calaveras en el camino; son los que van segundos, bien protegidos de las flechas enemigas por los pechos de los héroes, los que llegan a la Tierra Prometida. Si quieres dar con tus huesos en la dura realidad, tú mismo. Admiro y respeto tu trabajo, pero de eso a comprometer la categoría del Berna… vamos, ni hablar. Inténtalo en el bar de la esquina, que la clientela no tiene tantas manías. Incluso es posible que les toques el corazoncito y se lo queden. La verdad, no entiendo cómo has conseguido convencer a dirección.


—Pues va a ser que en dirección están entusiasmados. Incluso quieren que haga un informe para el departamento de trabajo con el tema de la colaboración del establecimiento en la inclusión social.


—Ya entiendo. Alguna prebenda habrá de por medio. Han olfateado ayudas o publicidad. Ya me extrañaban a mí tantas facilidades. Pero quien tendrá que apechugar con el experimento seré yo.


—Antonio, no lo tomes a mal, en absoluto quiero perjudicarte. No ofrecería jamás a alguien no preparado, te valoro demasiado como profesional; ahora intenta ser, además, un ser humano.


Antonio se mira los impolutos y relucientes zapatos. Mira el techo sin encontrar respuestas. Mira el rostro seguro, tranquilo, de Luis. Ya no sabe cómo negarse sin parecer un troglodita.


—Ya te digo que esto va a salir mal. Una semana, ¿me entiendes? Lo acepto por una semana. Si en estos días no comete ni un solo error, veremos. Pero si me da el más mínimo problema, se tendrá que ir, digan lo que digan los de arriba. Yo aquí también tengo voz y voto. Después de todo, la calidad del servicio es responsabilidad mía.


—De acuerdo, una semana. No te estoy pidiendo que le contrates. Javier es capaz de buscar trabajo por sí mismo, no necesita favores. Sólo quiero que tenga la oportunidad de probar algo diferente. Además, los pedidos sólo los tomáis tú y tus dos adjuntas; los camareros auxiliares no hablan con los clientes, se limitan a leer la nota, cargar la bandeja y servirlo todo rápida y eficientemente. Te aseguro que eso no va a tener para Javier ninguna dificultad.


—Pero incluso así, entiéndeme bien, no lo quiero aquí en fin de semana, esto se pone hasta los topes de gente fina. Cinco días es todo lo que te voy a conceder.


Luis acepta sonriente, el peor escollo ya ha pasado y esos cinco días son lo que buscaba en realidad. Javier empezará el próximo lunes, un día de poco compromiso. Luis está seguro de que todo va a ir bien.


Ha llegado el jueves, un día todavía tranquilo. Algunos clientes se conocen, se saludan, se sonríen. Francisco y Alicia se han sentado en una mesa discretamente situada en una esquina. La cita de hoy es muy especial. El hombre es elegante, de mediana edad y cabellos grises. Está nervioso, aunque procura disimular su turbación. Alicia, en cambio, ha de reprimir como puede una excitante sensación de triunfo. Es una mujer aún joven y hermosa, vestida y peinada con un gusto exquisito. El camarero deposita diestramente el pedido sobre el impoluto mantel de hilo. Alicia, coqueta, se arregla un mechón del cabello color miel con un gesto estudiado; levanta un momento la mirada y sin querer se le escapa una exclamación. Aquellos ojos, aquella boca, la forma de la cabeza…


—¡Pero qué es esto! —dice sin poderse contener.


La frase se ha oído en todo el salón, poco acostumbrado a ruidos más fuertes que el que hacen las porcelanas al rozarse; las cabezas se vuelven hacia ellos. Javier está desconcertado, no sabe qué es lo que ha hecho mal y se ha quedado quieto con la tetera en la mano. Francisco sonríe tranquilizadoramente a uno y a otra.


—No pasa nada. Alicia, querida, ya está, sigamos con lo nuestro —le sonríe a Javier—. Lo siento, ella no está acostumbrada. Tú sigue sirviendo, lo haces muy bien.


Javier sigue con su trabajo, el incidente parece que no va a más. Pero Alicia está muy nerviosa, todo el mundo la ha mirado.


—¡Es increíble! —dice en voz alta, que la oigan todos—. ¡Cómo pueden tener en el Berna un camarero así, yo aquí no vuelvo!


Su acompañante está atónito e intenta calmarla. Le toma la mano y habla muy bajo.


—Alicia, por Dios, haz el favor. Todo iba perfectamente hasta que le has visto la cara. No seas así.


—No me digas que a ti te parece bien —Alicia sigue voceando. Se ha desasido con brusquedad de su compañero—. A saber si se ha sonado los mocos en la manga y luego ha limpiado los cubiertos con ella.


Francisco no puede creer lo que está oyendo. La mujer ha perdido aquella sonrisa tierna que él tanto ama. Su mirada siempre dulce e insinuante es ahora dura y despreciativa; su voz, alejada de los mil matices de la seducción, suena fría y cortante. A esta Alicia no la conoce. Así que le habla más alto y de manera tajante.


—Basta. No digas esas cosas, el muchacho está haciendo correctamente su trabajo. ¿Se puede saber qué te pasa?


—No soporto a esta gente, me dan asco. De verdad que no entiendo a quién se le ha ocurrido poner a este retrasado delante de personas normales.


—¿A qué personas normales te refieres? —Francisco ha perdido la paciencia y ya no le importa si le escuchan o no—. No será a ti, que llevas diez minutos haciendo y diciendo estupideces.


Alicia, asombrada, mira a Francisco. Él no la está contemplando con la adoración a que ella está acostumbrada. Los ojos del hombre de buena posición al que creía haber conquistado son severos, escrutadores, y la observan como si jamás la hubieran conocido, como si ahora por fin estuvieran viendo su alma, normalmente bien escondida bajo el impecable maquillaje.


La mujer decide hacer un gesto que sabe que no puede fallar. Se levanta bruscamente, como ofendida, y en su ímpetu arrastra el mantel. Tazas, platos y cucharillas se desparraman por el suelo, sin hacer gran ruido gracias a lo mullido de la alfombra, pero sí el suficiente para que todos, clientes y camareros, se vuelvan a mirarlos. Taconea rápidamente hacia la salida, convencida de su poder, segura de que Francisco la seguirá, la detendrá, la convencerá para que regrese. Ya saborea su triunfo ante la selecta concurrencia. Por no hacer una escena él cederá. La conducirá con deferencia a su lugar, mientras que el maestre de sala apartará la silla y le pedirá mil disculpas por la desatención que han tenido con ella. Si, saldrá vencedora, como siempre. El mundo a sus pies, tal y como acostumbra.


Pero… nada de esto pasa. Alicia llega a la puerta, se gira levemente y con el rabillo del ojo observa si alguien viene. Nadie. Espera un instante, pero allí erguida, tiesa como un huso, sola, y blanco de todas las asombradas miradas, siente su posición muy desairada. Ahora no sabe cómo volver. Rabiosa, recoge su abrigo y su bolso en el guardarropa sin ni siquiera decir una palabra y se marcha.


Francisco sigue sentado a la mesa y está pensativo. Ha sacado de su bolsillo una elegante cajita y la ha abierto. Dentro, en un lecho de raso, reposa una preciosa sortija de pedida. Parece que le esté clavando los ojos pero en realidad su mirada está vuelta hacia adentro, a otro tiempo y otro lugar. Cierra la caja con determinación y la guarda. Todos han callado, nadie sabe qué decir ni a dónde mirar. Antonio se acerca a la mesa e intenta disculparse mientras Javier mira aterrorizado la escena desde la puerta de la zona de servicio. El hombre detiene las palabras del maestre de sala con un gesto y le pide ver a Javier. Le conducen hasta él. Francisco le abraza.


—Yo tuve un hermano como tú, ¿sabes? Nos queríamos mucho. ¡Cuánto le echo en falta! Gracias por el favor que me acabas de hacer.


Francisco se va. Javier mira desconcertado a su jefe.


—¿Puedo volver mañana?


Antonio siempre está serio, como corresponde a alguien de tanta importancia, pero ahora ha sonreído muy, muy levemente.


—Claro que sí. Mañana, y si quieres, la próxima semana también.


Elvira, una de las camareras principales, ha recogido las piezas caídas y las ha puesto en una bandeja. Al entrar en la zona de servicio da un apretón al hombro de Javier. Éste sale decidido otra vez al salón y sigue sirviendo las mesas que le corresponden. El espeso silencio que ha seguido al desplante de Alicia se ha ido diluyendo en rumores de conversación, cada vez más animados. Se vuelve a oír el alegre tintineo de tazas y cucharillas, las preguntas de los camareros y las respuestas de los clientes, teñidas de golosina. La tarde está cayendo; desde los diáfanos ventanales se distingue el cielo de un azul cada vez más oscuro, las nubes purpúreas del ocaso, los faroles de la calle, que se encienden con un par de guiños. Ahora las lámparas del salón lucen en todo su esplendor y en sus lágrimas de vidrio la luz se quiebra en mil arco iris de prisma.


El incidente acabó. En la sala, como siempre, señorean la elegancia y el buen gusto. En el Café Berna reina —no podría ser de otra manera—, la normalidad.


FIN


Hermanos y Síndrome de Down

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