diumenge, 10 d’octubre de 2010

Cuesta abajo (y 3)

(continuación)

Charo siguió trabajando con su eficiencia de siempre, reía con las compañeras y lucía sus originales modelitos. Pero cuando ella y yo salíamos de la oficina, se cogía de mi brazo, y había días en que el trayecto que hacíamos las dos juntas hasta el metro pasaba en total silencio. A veces yo iba a preguntar, pero las palabras se me quedaban atragantadas. Me decía a mi misma que no quería hacer daño, pero en realidad, lo que no quería era saber. Un día la chica me susurró al oído éstas únicas palabras: «Mi pobre hermano es un yonki, no sé qué hacer, ¡y le quiero tanto!». No nos dijimos nada más. Desde entonces, nuestras despedidas se alargaron y a menudo nos decíamos adiós con un abrazo. Más de una vez me quedó mojada la manga de la chaqueta, vaya usted a saber de qué.

Mientras transcurrían los meses los rumores se extendían por la oficina. Eran frases sueltas, ecos que no parecían venir de ningún sitio. Cuchicheos. Palabras que pasaban a través de Charo como si ella fuera transparente. O incorpórea.

—Mi hermano me ha dicho que le ha visto llevando un cochazo, ¿de dónde sacará el dinero?
(…)
—Oye, ayer en la disco estaba pavoneándose con una chavala de lo más arrastrado. ¡Y no veas cómo iban! ¡Menudas pintas!
(…)
—Parece mentira, un tío que no sabe hacer la o con un canuto, y los humos que gasta.
(…)
—Me dijo la vecina que el otro día fue la poli a su casa, preguntando por él. Los padres dijeron que no sabían nada hacía días. Se enteró toda la escalera.
(…)
—Esto tenía que acabar mal, ¿no crees? Ya verás como está en un lío gordo.
(…)
—¿Sabes que le encontré el otro día? Creo que ni me conoció. Parecía un cadáver andante.
(…)
—Le han detenido y está en Cuatro Caminos. Parece que trapicheaba pero en serio, con armas y todo. ¡Imagínate! Esos pobres padres…
(…)
—Me han dicho que está muy mal. En la enfermería de la cárcel ya no podían cuidarlo. Creo que está en…
(…)
—Sí, una enfermedad horrible. La llaman de las tres “haches”: homosexuales, heroinómanos y hemofílicos. Dicen que es como un castigo de Dios para la mala gente.
(…)

Aquel día que tan bien recuerdo empecé mi jornada una hora más tarde que los demás. Era una triste mañana de invierno, nublada y gris; entré en la oficina y sólo vi que caras largas. Charo no estaba. Una de las chicas me dio la noticia en voz baja:

—Ha telefoneado un familiar de Charo, en su casa están destrozados. No ha sido ni capaz de llamar ella misma, con lo cumplidora que es.

La miré a los ojos y sólo pude murmurar: «¿Rubén?». La muchacha asintió.

Mientras intentaba organizar mi trabajo, y ponía y quitaba los mismos papeles a derecha e izquierda una y otra vez, entró el jefe en mi pequeño cubículo. Llevaba un expediente en la mano y su eterno puro maloliente colgado de los labios:

—Esto tiene que salir hoy mismo, y… ¿se puede saber qué le pasa, que está con esa cara?

—Lo siento, señor López, estoy muy disgustada. Supongo que ya sabe lo que ha pasado.

—Espero que no estará así por la muerte de ese individuo. Lo que más temo es que alguien comente que había trabajado aquí. ¡Toda la reputación de la empresa por los suelos por culpa de un deshecho humano! ¡Qué asco! Esas tontas que tengo en la oficina pretendían que todos debíamos ir mañana al entierro. Ni loco voy yo a mezclarme con esa gentuza, ni voy a permitir que lo hagan ellas. Al que falte mañana al trabajo le descuento el día, faltaría más. En cuanto a esa hermanita que nos colocó, buena pieza debe de ser. Cuando se digne aparecer por aquí le doy el aviso y en quince días a la calle. Ya encontraremos la manera de no indemnizarla, con decir que no cumple... ¿Para qué si no tenemos un abogado propio? Y otra cosa, no quiero volver a verla a usted, que es una persona como Dios manda, relacionándose con esa tal Charo o como se llame. ¿Está entendido?

Por un momento, en un relámpago, me vi a mi misma recogiendo mis cosas y marchándome altivamente del despacho para siempre jamás. Por un momento, en un relámpago, cerré la desvencijada puerta del antro con tanta fuerza que saltó la pintura barata como una cascada de insípida caspa mineral. Por un momento, en un relámpago, vi sus ojos incrédulos y el sofocón que le atacaba ante mi sorprendente actitud. Pero sólo fue un momento, un relámpago. Lo que en realidad hice fue bajar la cabeza para esconder mis lágrimas, tragarme mi orgullo y volver a los papelotes. ¡Bonitos estaban los tiempos para gestos y desplantes! Quien ha de pasar la vida solo, sin otro apoyo que una nómina pagada con escasez, no puede permitirse tener dignidad. Se la vendió al firmar el contrato. Por lo menos sé que no le contesté; amontoné como pude unos cuantos documentos en mi cartera, murmuré educadamente que tenía una visita y salí.

En la calle, había empezado a caer una lluvia fina, fría. No tenía fuerzas para abrir el paraguas, y un agua de gusto salobre me empapaba la cara y llenaba mi boca como si fuera hiel. Rubén y Charo. Charo y Rubén. Me paré en un semáforo. Intenté apoyarme en algo y puse la mano en una farola helada; a través de mi palma solo capté gélida indiferencia. Ni siquiera un arbolito había en aquel maldito barrio, ni vi ningún chucho al que acariciar. A mi alrededor sólo se oían comentarios alegres, invitaciones a cafés y copas, los hombres se daban de puñadas y empujones amistosos con un alborozo que yo no podía entender de dónde venía. Pronto lo supe. En la otra acera había un quiosco de prensa. Decenas de ejemplares de un periódico deportivo de gran tirada empapelaban mi campo de visión, en el que se multiplicaba un titular en letras enormes:

DÍA DE JÚBILO PARA TODA LA CIUDAD. ¡NUESTRO EQUIPO, CLASIFICADO!

Sí, a mi alrededor, mientras mi mundo se iba oscureciendo lentamente, la ciudad reía.




FIN


Caravaggio. Medusa (c. 1597)

3 comentaris:

  1. Me ha gustado mucho tu historia... es muy humana y muy real, y termina como suelen terminar todas las historias humanas y reales... crudamente, y no como las peliculas, donde la imaginacion pervierte a la realidad.

    Un abrazo.

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  2. Simplemente humano, emotivo y cercano. He seguido la historia desde el principio y me ha calado; felicitaciones sinceras tanto por la historia como por tu prosa, de lo mas conseguida.

    PD: estoy con los ojos cerrados y me veo sonriente saliendo del despacho después de haberle saltado dos dientes al del puro :)

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  3. Escribes como las diosas Isabel. No me abandona esa imagen de barrio gris, con negocios grises, amos miserables, chicas del barrio y el submundo humano a un paso que tanto abunda en Barcelona. Si, en esa Barcelona turística que venden como si fuese el edén.

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