dimarts, 20 de maig de 2014

Sin derecho a apelación



Aquest conte forma part d'una proposta que m'havien fet: escriure un relat lleugerament «desagradable» d'una forma elegant, sense defugir un tema escabrós mentre es manté una forma literària polida.

Ja havia donat forma definitiva al text quan vaig llegir per primer cop uns contes d'Horacio Quiroga, concretament El almohadón de plumas, A la deriva, La miel silvestre y La gallina degollada, relats tots que pertanyen al seu recull Cuentos de amor de locura y de muerte. Salvant totes les distàncies, els contes de Quiroga em van demostrar que el lloc on havia anat a buscar la matèria del meu relat era prou adequat: la Natura.

Com expressa un dels seus crítics, Quiroga parla de la natura, no com un marc amable i acollidor, sinó amb tota la seva força implacable i hostil a l'home, que no deixa de ser un estrany que pretén arrencar-ne alguna cosa (menjar, beguda, plaer...) que ella es resisteix a donar-li. Als contes de Quiroga són els animals o els humans reduïts a les seves formes més primàries els executors de les normes naturals. En el meu conte és el propi marc salvatge el que es mostra —no tan hostil com indiferent— a les necessitats i els anhels de l'home. El desert, els pols glaçats, les selves, el mar i l'alta muntanya no regalen res als seus exploradors. Aquesta és la sensació que he intentat transmetre: que les lleis naturals no estan fetes a la mesura de l'home. Aquest sobreviu gràcies a l'acció conjunta amb el grup, però aquestes lleis són inviolables, la seva aplicació no coneix esmenes ni excepcions, i per als qui intenten saltar-les, no hi ha dret a apel·lació.

  
El día se había levantado precioso. Andy sacó la cabeza por el ventanuco del dormitorio y miró atentamente el cielo y las cimas de las ásperas montañas que circundaban el valle de Bellavista, donde se encontraba el refugio forestal en que había pernoctado. Un azul límpido aunque aún agrisado, y las siluetas bien recortadas de las cimas, le dijeron que el tiempo era perfecto. Como era muy temprano todavía el sol estaba muy bajo; en los picos más altos se encendían chispas de fuego y los neveros dispersos ya empezaban a reflejar un tenue color dorado, pero las laderas se encontraban todavía en sombras. La temperatura era fresca, el aire conservaba la rigidez del frío nocturno y la brisa de finales de primavera venía cargada con el hálito helado de la montaña. Ni una sola nube manchaba aquella cúpula diáfana que parecía colocada sobre la cordillera como una tapa de vidrio en una quesera. Si se mantenía la situación meteorológica, a mediodía haría calor.

Andy se vistió rápida y silenciosamente mientras echaba una ojeada un poco burlona al resto de durmientes, acomodados en las literas colectivas del dormitorio principal.

«Todos en ristra, —se decía Andy—, como las morcillas. Parece que nadie sabe ir a ningún sitio si no es en rebaño borreguero. Y además, ¡hay que ver los polares, los bastones telescópicos, membranas, botiquines, gafas de sol, GPS, ARVA, y en fin, toda la parafernalia de material técnico que arrastran con ellos! Banda de flojeras».

Él utilizaba la ropa de lana de toda la vida, un bastón sólido de retorcida madera, sus botas militares y su buen sentido. Era un hombre de entre treinta y cinco y cuarenta años, de no gran potencia física pero en buena forma y acostumbrado a las largas caminatas, siempre en solitario; lo que no tenía era experiencia en alta montaña. Buen tipo, sí, aunque algo pagado de sí mismo. Hijo de la Meseta Central, era ducho en comerse los quilómetros de una tierra apenas ondulada, pero nada sabía de riscos y picachos, de las barrancas, los espesos bosques de abetos y las cumbres ventosas: todo eso era nuevo para él. Aquella iba a ser su primera travesía en la cordillera, a más de 2.800 metros y en territorio desconocido. Se la había planteado como un auténtico reto físico y mental al que anhelaba enfrentarse.

El guarda del refugio, un hombretón de más de cincuenta años, curtido por años de vida montañesa, se había levantado cuando las estrellas todavía no habían empezado a apagarse. Ya había puesto en marcha el generador, cortado la leña y preparado el almuerzo. En el inmenso hogar crepitaba alegremente un cálido fuego. Cuando Andy bajó a la sala común y le dio los buenos días, lo encontró silbando una cancioncilla mientras cortaba enormes rebanadas de pan e iba llenando con ellas los trenzados cestos de mimbre que después repartía por las mesas. Los termos de café y té hirviendo aguardaban ya sobre el sencillo aparador de madera sin barnizar junto a una enorme lechera metálica que quemaba sólo de mirarla. Las pulcras hileras de  vasos, tazas y platos; los cajones estrechos rebosantes de cubiertos de hojalata, la mayor parte de los cuales estaban torcidos y desgastados por el mucho uso; las porciones de mantequilla; los enormes tarros de mermelada casera… todo estaba listo y esperando el apetito de los excursionistas. A un lado estaban también a punto el gigantesco bol de cerámica lleno de tomates maduros, el cuchillo bien afilado, la vieja bandeja de peltre cargada de lonchas de queso, y varios estupendos salchichones que exhalaban un apetitoso aroma. Andy nunca tenía hambre cuando estaba recién levantado y se conformó con un café y un par de tostadas. Ya comería luego.

Poco a poco fueron bajando el resto de los hospedados y la sala se llenó de ruido y conversaciones. Proyectos, comentarios sobre el tiempo, preguntas al guarda,  previsiones, chistes, risas. De paso se daba buena cuenta del pan, los tomates, la mermelada y los salchichones. “Qué tragones, llenarse la panza de esta manera”. Andy era el único que estaba solo y el guarda se dirigió a él cuando el hombre llevó su plato y su taza hasta el fregadero.

—¿Es la primera vez que vienes por aquí? Veo que no estás con ningún grupo. ¿Vas a hacer alguna excursión en solitario?

—Sí, nunca había estado por esta zona. En realidad, es mi primera travesía. Tengo intención de subir hasta el pico de Águila Dorada y seguir bordeando la cresta del Despeñadero. Bajaré por allí y esta noche dormiré en Laguna Negra. Después continuaré hasta Cortarroca. Serán tres o cuatro días más, supongo.

—¿Tú solo?

—Desde luego.

—De aquí a Laguna Negra es un buen trecho, no menos de diez o doce horas a ritmo sostenido, y tiene tramos complicados. Si nunca has seguido un camino como éste puedes tener problemas. La senda está cortada en algunos puntos. ¿Llevas cuerda y mosquetón?

—No, pero ya me arreglaré.

—Y por si se te hace de noche tendrás que llevar saco y linterna. En esta época del año y a esta altura el vivaque puede ser muy duro si no estás acostumbrado.

—Ya ves qué miedo – sonrió —. No se me va a hacer de noche, tengo buen paso, en serio.

El guarda iba secando vasos y echando ojeadas hacia Andy. Casi sin darse cuenta iba calibrándolo con su gran experiencia de las personas y de aquel entorno que conocía tan bien. Después de meditar unos momentos, volvió a dirigirse a él:

—Esos cinco de ahí, los de la mesa cerca de la puerta, creo que quieren hacer algo parecido. Podrías añadirte a ellos.

—Ni hablar. Yo siempre voy solo —el tono de Andy era amable, pero firme —. Me carga mucho tener que acomodarme a los ritmos de los demás, ¿sabes? Que si éste se para cada hora para beber, que si el otro hace fotos… Además llevan un par de mujeres. Suelen ser lentas. No, no, prefiero ir a mi aire.

—No me vengas con tonterías, esas chicas son dos fieras. Han hecho más travesías de alta montaña que un sherpa nepalí. Vienen por aquí desde hace años; son primera fuerza, te lo digo yo. Además son todos muy majos. Y si quieres que te diga la verdad, no creo que sea conveniente hacer la jornada tú solo, no vas bien preparado. Te puedo recomendar a cualquier grupo.

Andy rió. La respuesta llegó en tono festivo pero era terminante.

—No me hagas más el artículo, ¿vale? Que yo no me junto con nadie. Ya soy mayorcito para saber lo que me conviene y lo que no. Y si lo que quieres es una propina, erraste el tiro — y le guiñó juguetonamente un ojo —.

Un guía de montaña profesional estaba sentado tomando un café cerca de ellos y se añadió a la conversación:

—Perdonad si me meto. Aquí Benja tiene razón, no lo tienes bien si no conoces el terreno. El grupo que llevo también quiere ir a Laguna Negra. Iremos por la cresta, pero no por esta vertiente sino por atrás, es más seguro. Ven con nosotros, no te cobro nada…

—Me parece que sois todos sordos —Andy empezaba a impacientarse —. A ver, ya tengo experiencia en caminar, de verdad. Mira, no quiero ser desagradable, pero ¿no vais un poco de enteradillos? No será para tanto, ¿eh?

Entonces bajó la voz y susurró confidencialmente:

—Si lo hacen un par de chicas…
           
—Usted perdone, milord —dijo el guarda irónicamente volviendo a sus cosas, mientras meneaba la cabeza.

—Se trata de tu seguridad, no de la nuestra —el tono del guía era más seco, más serio.

—Ya sé lo que hago, hombre. Salgo ahora mismo, seguro que llego a tiempo. Fíjate, los demás aún le están dando al desayuno… y a la sin hueso. Les llevo al menos una hora de ventaja.

Andy fue decidido a la mesa a recoger sus cosas. El guía suspiró y siguió con su café. Andy subió al dormitorio, arregló rápidamente la mochila, bajó, pagó lo que debía al guarda y se dispuso a marcharse, despidiéndose en voz alta de todos los presentes.

—¡Eh, chicos! Nos vemos en Laguna Negra, ¿hace una partida antes de dormir?

Un coro de voces lo despidió. «Hace, te vamos a desplumar» «A ver quién llega antes, te doy ventaja y ya veremos» «Huy, huy, uno que nos desafía».

Justo en aquel momento el guía sintió una punzada de aprensión. Se levantó y llamó a Andy.

—¿Seguro que no quieres venir? Me iría bien un poco de ayuda, que todos los que llevo son novatos.

—No, de verdad, es que disfruto más si voy solo. No insistas, por favor.

Al otro no se le iba la opresión en el pecho.

—Si quieres podemos mirar un momento tu mapa y te señalo los pasos más complicados…

—Vale —se resignó Andy por no ser maleducado.

Atendió apenas a las explicaciones, pero ya tenía la cabeza en otro sitio. Le molestaban un tanto aquellos aires de protección, eso de que le trataran de montañero bisoño. Mentalmente, eso sí, porque Andy era incapaz de ser grosero, los envió a hacer puñetas, a ellos y a todos los expertos alpinistas de aquel refugio de nenazas. Llevaba más años de excursionismo que pelos tenía en la cabeza y le querían dar lecciones. «¡Apañados estamos!»

En cuanto fue posible salió afuera y emprendió el camino a buen paso. «Qué estupendo, ir solo, qué silencio; no tener que aguantar una banda de atontados cotorreando sobre lo bonito que es el paisaje y la paz de las alturas. ¡Paz que ellos mismos contribuyen a romper!»

Decidió que era mejor tomar una senda alternativa, que aquella pronto parecería el paseo marítimo de una población de moda en la costa. «Nunca me hubiera imaginado que encontraría tanto pisaverde en un lugar tan escondido». Examinó el mapa y empezó a subir por un senderuelo empinado, estrecho y abrupto. Se enroscaba a la manera de una serpiente por la ladera y en una hora dejó atrás el bosque para entrar en la zona despejada de prados alpinos. Aún quedaba alguna dispersa placa de nieve, pero el trayecto era fácil y agradable, el tiempo se mantenía estable y la temperatura, deliciosa. Andy se felicitaba por su previsión y buen tino. De peligro, nada. Distinguió al pronto unas negras siluetas por encima de su cabeza. Eran inconfundibles: buitres negros. Volaban majestuosamente en círculos a gran altura, y sin duda algo había llamado su atención porque insensiblemente iban descendiendo. Algo más tarde había más de una docena y estaban ya bastante bajos. Andy empezó a escrutar los alrededores. ¿Qué podría estar atrayendo a los animalejos? Nada bueno, seguro.

Y entonces lo vio. Andy había llegado a una estrechísima torrentera casi vertical, cortada por un arroyo como un bloque de mantequilla por un cuchillo caliente; al otro lado de la fuerte corriente había una vaca muerta. No podía hacer demasiado tiempo que estaba allí, pues aún no eran muy visibles los signos de putrefacción. La vacada estaba dispersa por toda la empinada ladera, y aunque estos animales tienen buena pezuña y sentido del equilibrio para sostenerse, una piedra suelta o un resbalón pueden dar con ellos en el fondo del precipicio; sin duda era lo que había pasado apenas un día antes. Andy sentía una gran curiosidad. Jamás había visto un grupo de carroñeros en sus tareas de limpieza, salvo en un documental televisivo. Sería interesante esperar un poco a ver qué pasaba. Se sentó en una piedra bastante incómoda, en precario equilibrio, y decidió quedarse muy quieto para no asustar a nada que quisiera acercarse. Pero al cabo de más de dos horas el único cambio fue el aumento de buitres, que seguían girando en círculos como si fueran a seguir haciéndolo por toda la eternidad, y la aparición de unos cuantos cuervos, o grajos, no los distinguía bien, que se mantenían a prudente distancia de él, aunque multiplicaban sus llamadas y saltitos a pocos metros del desdichado cadáver.

Andy se cansó de esperar, y además el tiempo pasaba y el sol subía cada vez más alto. Si perdía más horas se le haría de noche a medio camino. Se puso en marcha a buen ritmo. La cresta se levantaba imponente sobre su cabeza y no parecía estar cada vez más cerca sino al contrario. Cuanto más se aproximaba, más alta e inalcanzable parecía, como si se burlara de sus ansias de coronarla. Tuvo que parar para comer algo, pero un sordo nerviosismo se empezó a apoderar de él. Le costaba calcular distancias en aquellas condiciones. El horizonte no se extendía ante sus pies como un mar, sino que paredes altísimas le encerraban en una caja agobiante. El cielo no era infinito: estaba bien delimitado por un contorno estrecho,  irregular pero firmemente delineado. Además, la altura ya muy próxima a los 3.000 le pasaba su propia factura en forma de un bajo porcentaje de oxígeno al que no estaba acostumbrado. Le costaba mucho más caminar. Él, que trotaba durante horas por los caminos polvorientos de su tierra, se ahogaba en medio de aquellos peñascos duros, de aquellos senderos perdedores y pedregosos, resbaladizos, que subían y bajaban como una montaña rusa, de aquellas laderas rebosantes de piedra suelta y movediza, traidora, que sólo espera una vacilación para voltearse sobre sí misma y derribarte al abismo.

No podía mantener el paso de costumbre. El aire frío y seco combinado con el potente sol le provocaban una sed muy intensa. Miró el mapa y vio asombrado la poca cantidad de trayecto horizontal que había cubierto. Con esto no había contado. Quizá sería mejor no llegar a la cresta por no perder tiempo en subidas, y seguir por las barrancas intrincadas que formaban su base. También podía volver, pero Andy no tenía ninguna gana de decirle al tal Benja que no era capaz de llegar a Laguna Negra. El pobre Andy, como todo el mundo, tenía cualidades y defectos, pero quizá uno de los más graves era que detestaba que los demás se salieran con la suya mientras quedaba él en ridículo. Por ahí no pasaba.

Por donde sí debía pasar era por terreno demoníaco. Ni caminos, ni senderos, ni una mala estrada, ni siquiera el rastro de una fiera despistada que se hubiera aventurado por entre las agrestes quebradas. La piedra torturada por heladas y solanas levantaba barreras casi infranqueables, que sólo con mucha determinación y esfuerzo podía sortear. Pero por cada una que vencía tenía delante veinte más. Las horas pasaban y el agotamiento llegó. Se dejó caer. La respiración entrecortada, las piernas temblonas, el taladro que atravesaba sus sienes sin piedad, y aquella losa, pesada, que se había instalado en su corazón, ya no le permitían continuar. «Volver, tengo que volver». Pero al mirar atrás se sintió sin suficiente energía y decidió descansar. El sol declinaba y a aquellas hondonadas hacía horas que no llegaba ni el más mínimo de sus rayos; aunque él estaba empapado en sudor, el ambiente era gélido. Del suelo empezó a levantarse una neblina al principio leve como una gasa, pero que se fue espesando poco a poco y le dejó aislado en un mundo blanco y húmedo. La ropa le pesaba, saturada de humedad por el relente; el sudor se congeló sobre su piel y le robó el calor interno; el frío despiadado le helaba los huesos, le roía el alma. El sopor le cerraba los párpados y la cabeza oscilaba sobre el cuello sin que fuera capaz de erguirla. La oscuridad se cerró.

Llegó un nuevo día, alegres trinos saludaban la claridad que se extendía por el pequeño valle de Bellavista. Benjamín, el guarda, hacía ya horas que iba y venía, atareado con el generador, el desayuno, la limpieza. La noche había sido tan fría que había tenido que romper una gruesa costra de hielo para sacar el agua del bidón. La gente almorzaba y llenaba el comedor con la algarabía de costumbre. Uno de los excursionistas, que armado de unos prismáticos había salido a dar un corto paseo, le llamó excitado.

—¿Puedes venir? Me parece que hay águilas o algo así en aquella dirección. No lo distingo bien. Hay muchas.

—A ver, déjame los prismáticos. Sí, ya veo. Nada de águilas. Son buitres, un buen puñado. Y parece… han visto algo. Hoy éstos comen, seguro.

—¿Qué puede ser?

—Me dijeron que había una vaca muerta en la subida al Águila Dorada, pero eso fue hace dos días, no estarían aún ahí… además, se ven demasiado al oeste para ser eso.

—¿Entonces?

—Vete a saber – le devolvió los prismáticos –. Algún otro animal, y bastante grande… ¡Por Dios! ¡No me digas que…!

El guarda corrió a la radio y llamó. «Vamos, vamos». Por suerte su interlocutor, el encargado de Laguna Negra, respondió deprisa. Imposible ser discretos. La conversación a gritos, mezclada con los parásitos y la estática, se oía por todo el recinto, dejando helados de estupor a los hasta el momento alegres huéspedes.

—Laguna, Laguna, aquí Bellavista. Es urgente. ¡Contesta!

—Aquí Laguna. Eh, Bellavista! ¿Cómo andamos? ¿Querías algo?

—Aquí Bellavista. Todo bien. Oye, ¿llegó ayer a Laguna un solitario? Andrés Cabrales, se llamaba.

—Aquí no. ¿Crees que se ha perdido?

—Seguro. Era novato, no iba bien preparado. Dijo que quería pasar por Despeñadero y se ve por allí bastante buitre. ¿Cómo lo tenéis para una inspección? ¿Todavía están Chema y Paco contigo?

—Están. Sí, pueden ir. ¿Llamas tú a Emergencias?

—Sí, pero tardarán en llegar. Empezad a buscar. Quizá lleguemos a tiempo.

—OK. Nos hablamos. Corto y cierro.

Benjamín dio el aviso a Emergencias. Después salió otra vez fuera del refugio y dirigió la mirada a los negros puntos que se movían lentamente contra el cielo. El excursionista de los prismáticos, entre horrorizado y fascinado, era incapaz de despegar los ojos de las carroñeras. Le parecía increíble que a pocos metros de él se pudiera desarrollar un drama de vida o muerte.

—Qué impresión, ¿no? Eso de morir y… qué bichos tan desagradables. ¡Y se trata de una persona!

El guarda suspiró.

—Si aún están en lo alto, hay alguna posibilidad. Pero yo no creo que los buitres sean desagradables. Cumplen a la perfección con su tarea de acabar con deshechos y podredumbre que ensuciarían las aguas y harían enfermar a los demás animales.

—Eso suena muy duro —el hombre bajó los prismáticos y le miró asombrado. Los lechuguinos de ciudad, por más que digan amar la montaña y la vida natural, siempre retroceden aterrados cuando la ven tal como es en realidad.

—Aquí las imprudencias se pagan caras. Nuestra Madre Naturaleza es generosa, pero no muy clemente —sentenció Benjamín, meneando la cabeza con tristeza —. Sus leyes son sus leyes: inapelables.

FIN





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