dissabte, 26 de juny de 2010

La fi d'un viatge

Quan escrivim generalment descrivim imatges: espais, colors, fesomies. El sentit de la vista ens aporta escenes, moviment, expressions. Insensiblement, quan llegim el que un altre ha escrit, formem les nostres pròpies imatges visuals en resposta al seu text.

Però també es pot escriure (o descriure verbalment) sobre quelcom que no hem “vist”. Disposem de més sentits: oïda, olfacte, gust i tacte, com a clàssics, a més dels sentits de l’orientació espacial, postura corporal i d’altres.

Ens van proposar un relat curt en el qual la descripció i el tema eren lliures, però aquest cop ens havíem d’oblidar de la vista. Les dades ens podien arribar només a través d’altres sentits. La meva intenció, al començament, era parlar dels sorolls del camp, o de les olors d’una cuina, o dels gustos d’un plat. Però mentre feia esborranys em va assaltar la idea d’una persona en una UVI. Jo hi vaig estat ingressada en una ocasió; en un altre moment de la meva vida hi vaig treballar, i per tant vaig tenir cura de persones amb les quals em comunicava mitjançant el tacte i la veu. I dissortadament també he hagut d’anar a visitar éssers estimats que s’estaven allà, fora del nostre abast, lluny del nostre amor. Dels meus records personals, i del que em va semblar percebre que potser sentien els altres durant les llargues hores en què entre ells i jo només existia que una espessa boira, ha nascut aquest relat.


Caspar D. Friedrich. Paisaje al ocaso con dos hombres (1830-1835) 



FIN DE VIAJE

El mundo ha desaparecido súbitamente, en un parpadeo. Todo es oscuridad. No puedo moverme, pero no sé por qué. Tampoco sé dónde estoy, ni siquiera recuerdo quién soy, al menos en este momento. Intento reordenar mis pensamientos pero no puedo concentrarme.

(…)

He oído un sonido potente, molestísimo. Luego otro y otro. Son sirenas de ambulancias o de bomberos, me dice mi mente; no entiendo qué significan esas palabras. Las sirenas, si eso son, se detienen justo cuando empiezan a estar tan cerca que resultan insoportables. Oigo voces, muchas voces, no comprendo qué están diciendo pero expresan urgencia, premura. Algo ha pasado que exige una actuación rápida, o eso dice esa mente que parece saberlo todo. Ahora me hiere los oídos un chirrido agudo, de metal contra metal. Y no acaba nunca, es horrible. Quiero que pare, pero nada pasa porque yo lo quiera; intento taparme las orejas y no puedo, no me encuentro las manos, no soy capaz de localizarlas, no sé si están. Lo que sí noto es mucho calor. Me ahogo.

(…)

Ha parado el chirrido y un soplo de aire fresco ha calmado un poco el agobio que siento; la sensación de encierro ha disminuido. Las voces están más cerca y alguien me toca, ahora me cogen, me levantan, soy llevado en volandas. Mi cuerpo adormecido despierta de pronto y miles de agujas dolorosas me atraviesan la cabeza, el tronco, los brazos y las piernas, es insoportable. Quiero aullar de dolor, pero sólo oigo un gemido, y otro, como graznidos de un ave de presa, ¿seré yo? Es que tampoco me siento la garganta. Percibo que la postura de mi cuerpo ha cambiado, estoy estirado cuan largo soy en lugar de encogido, y se alivia un tanto este padecimiento atroz. Unas manos cogen mi cabeza con cuidado, qué tacto tan agradable. Unos dedos buscan en mi brazo izquierdo, después se clava alguna cosa, encajan algún objeto indefinido sobre mi nariz y mi boca y ahora respiro mucho mejor. Las agujas que atormentan todos mis miembros ya no son tan agudas, ya no penetran tanto. El mundo vuelve a desaparecer.

(…)

Es el tacto fresco de las sábanas limpias, de eso estoy seguro. Qué raro me siento. Bajo mi cabeza y mis brazos hay bultos blandos y los identifico como almohadones. Bueno, parece que puedo ordenar algo más mis pensamientos, estoy más relajado y apenas me duele nada. Pero tampoco puedo moverme, y estoy ciego, o al menos con los ojos cerrados. No lo sé con certeza porque nada en mi cuerpo responde a mi voluntad. Por alguna razón esto no me angustia ni me pone nervioso, sólo estoy un poco mareado y con sensación de irrealidad. Lo que tengo son ganas de descansar, y eso hago. Un silbido rítmico suena a mi izquierda: piiiii, silencio, piiiiii, silencio. También oigo un ruido que parece venir de mi interior, como un huracán sordo. Es mi respiración. Qué tranquilidad, me duermo.

(…)

Poco a poco percibo una lógica en las cosas que pasan. Hay momentos en que unas manos suaves y cariñosas separan de mí los montones de tubos y cables que me constriñen. Una esponja rebosante de agua tibia y jabón de agradable aroma me deja bien limpio, ¡qué placer! Me mueven cuidadosamente a un lado y a otro, cambian mis sábanas. Voces contenidas se dirigen a mí con dulzura. Estoy en un hospital, ahora lo entiendo. Mi mente me explica que la comida de los hospitales es horrorosa, pero yo le respondo que no tiene de qué preocuparse: como no tengo hambre, no me dan de comer. A veces las manos no son tan suaves; hay algunas rugosas, otras delicadas, las hay que me tocan con firmeza pero sin afecto, así como hay voces secas junto a otras afectuosas. He aprendido a distinguirlas todas y a relacionarlas con las manos y con los ruidos de pasos que las preceden. A veces esos pasos no vienen hacia mí, oigo lamentos, conversaciones. Bueno, es normal, dice mi mente, si estás en una UVI debe de haber más pacientes. Pero esa mente tan lista no me dice por qué estoy aquí. No lo sabe todo, aunque ella crea que sí.

(…)

Han apretado mi mano, oigo una voz que me recuerda algo, algo muy querido. Mi mente me dice que se trata de Carmen. ¿Carmen? ¿Y quién es Carmen? Mi mente no contesta. A veces se hace la despistada. Pero me gusta que me cojan la mano así. Intento apretarla a mi vez, pero no sé si lo he conseguido.

(…)

Carmen, sea quien sea, viene a menudo. Ahora ya la espero con ilusión. Es un punto fijo en este desbarajuste, porque por alguna razón últimamente mi mente se confunde. El paso del tiempo ya era extraño al principio pero ahora no tiene ningún sentido. Sólo Carmen tiene sentido, su voz que dice palabras ininteligibles, sus dedos que se entretejen en mi pelo, su mano que sujeta la mía durante un momento infinito.

(…)

Voy y vengo de la nada al caos. Mi mente ya no me dice cosa alguna: aunque le pregunte no contesta, o lo que responde es absurdo y no lo comprendo. Ahora percibo un cambio, el silbido rítmico de mi izquierda es un pitido continuo, insistente, piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii. Pasos apresurados, voces. Bruscamente separan de mí sábanas y cables, y siento en el pecho un fuerte golpe y una quemazón. Otro golpe y otra quemazón. De repente, el silencio.

(…)

Y ahora, por fin, veo. Es una luz dorada, preciosa, que parece venir de una puerta allá en lo alto. ¡Hacía tanto tiempo que no veía nada! Voy hacia allí, y tras aquel lago de claridad distingo figuras que me son familiares. Me esperan y yo quiero ir ahora mismo. Mi mente ha susurrado por un momento: ¿Y Carmen? Me he desconcertado, pero las figuras me llaman y sus voces son tan y tan cariñosas… Mi mente ha callado totalmente. ¡Voy con vosotras! La luz y las figuras me rodean y todo se confunde en un destello. ¿Es un instante eterno? ¿O es la eternidad concentrada en un punto? No puedo contestarme porque mi yo ya no existe más. Sólo sé que soy feliz, muy feliz.

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