dissabte, 2 de juliol de 2011

Cólera (1)

Aquest monòleg —que en bona part és deutor a Simone de Beauvoir i la seva Femme rompue (1967)— és fruit d’un estudi del meu interior, una anàlisi de la meva pròpia còlera. Això no vol pas dir que sigui jo qui parla, ni que totes les idees i experiències que volca aquesta dona siguin les meves, en absolut. Aquí hi ha records i vivències meves i també d’altri. Tots són certs però no tots són meus. Quant a les idees i reflexions, són de la protagonista del relat, que no és una altra cosa que un personatge literari. Però el que sí és cert és que quelcom que ets capaç d’imaginar està d’alguna manera dintre teu, i això ho trobo, si més no, una mica inquietant. Quins poden ser, finalment, els camins per on farem circular l’odi i la fúria?



«(…) Las madres que comprendan la poderosa influencia que pueden ejercer en las cualidades congénitas de sus hijos, tendrán ocasiones de observar que cada estado mental y emotivo del niño será efecto de la influencia que la madre deje sentir en la vida de la tierna criatura; y, por lo tanto, no ha de inculcarle durante la niñez ideas o impulsos de cólera, odio, envidia o malicia, ni malos pensamientos de cualquiera clase que sean; sino por el contrario, infundirle sentimientos de ternura, bondad, compasión y amor, que arraigando en el corazón del niño desde que nazca, exterioricen sus efectos en el alma infantil, en vez de permitir la manifestación de los vicios opuestos.»

(R.W. Trine. El respeto a todo ser viviente. Fecha de edición desconocida, anterior a 1940)


«¿Y a quién debo culpar? (…) ¿Es ella la delincuente, o su madre, o sus tías, o yo?... ¿Sobre quién..., sobre quién ha de caer esta cólera, que por más que lo procuro no la sé reprimir?»

(L.Fernández de Moratín, El sí de las niñas, 1806)


Bueno, ya estoy aquí; todo ha terminado, como puedes ver. O no, porque en estos momentos, hasta donde yo sé, ni eres capaz de ver ni tampoco de oír. Si no fuera así, no estaría hablando contigo, en absoluto. La discreción es imprescindible en mi caso. ¿Por qué te digo todas estas cosas, entonces? Quizá porque no tengo a nadie con quien hablar realmente, y me cansa explicarme las cosas a mí misma, día tras día. Es extenuante dar vueltas y vueltas a lo mismo con un interlocutor que no es otro que mi propia mente, mi propia red neural. Y me dirás que tú no eres más que un recurso de mi agotamiento emocional y que en realidad no me escuchas. Falso. La gente como tú es el gran receptáculo de las mayores verdades. ¿Nunca has visto una de esas películas sensibleras en que una actriz atribulada y siempre extremadamente sexy vuelca sus secretos más íntimos en la oreja de alguien muy parecido a ti? O, al revés, algún galán de moda se explaya en confidencias con alguien que es rasgo a rasgo tu versión en femenino. ¿Lo ves? En realidad, y según todos los guionistas de Hollywood, me estás escuchando y yo no pierdo mi tiempo; por el contrario, me estoy ahorrando mucho dinero: el de las tarifas de cualquier psicoalgo que, muy posiblemente creería su deber dejarme al descubierto. Y eso no me conviene en absoluto.

Vaya por delante que soy una persona compasiva. De toda la vida. ¿No me crees? No tienes por qué, claro, pero te aseguro que ya de chiquitita manifestaba un amor incondicional por los más débiles y desprotegidos. ¿De dónde debió de salir esta faceta de mi personalidad? De mis padres, supongo, de los que aprendí el valor de todos los seres vivos. Sí, aunque ahora te extrañe, te puedo asegurar que ellos me transmitieron que la vida —cualquier vida— era sagrada.

Qué encanto, los inocentes cuentos que me leía mamá. Yo me sentaba en sus rodillas, reclinada en su regazo, y las dos pasábamos hoja tras hoja de los libros de fábulas y relatos maravillosos, un día y otro día, hasta que de tan gastados perdían el color y la textura y se volvían frágiles y quebradizos entre mis dedos infantiles. En cuanto a papá, era un enamorado de la vida natural, y aunque nuestra familia no disponía, como otras, de alguna casa en un pueblo al que volver en verano —ni mucho menos de una segunda residencia en algún idílico lugar—, no se perdía ni una sola oportunidad de salir de la ciudad como tampoco un libro de plantas o una película de animales. Con él aprendí a observar el crecimiento de los geranios del balcón, el ciclo reproductivo de la mosca común y la variación estacional del almez que medraba ante nuestra portería. También con él aprendí tiempo después, cuando en casa entró la televisión, a amar a Jacques Cousteau y a Félix Rodríguez de la Fuente…

Todo esto te debe de parecer ridículo ¿no es cierto? Los estúpidos proletarios con su estúpido sentimentalismo de pobres; pobres en recursos y pobres en espíritu, sin la auténtica educación que se obtiene en los colegios de pago. Pero si algo sé yo, es que los pobres de espíritu son bienaventurados, porque de ellos es el reino de los cielos; o eso decía el sacerdote que venía a la escuela a dar catecismo todos los jueves. Claro que también hablaba de que, a la hora de la muerte, justo en el momento de cerrar los ojos, visualizaba el pobre agonizante una balanza romana y en sus dos platillos aparecían sendos libros: uno blanco y otro negro (o quizá los colores eran azul y carmesí, a veces la memoria me juega malas pasadas); y según pesara más uno u otro, aquel alma iba al infierno o al paraíso. Si la balanza se equilibraba, pasaba al purgatorio, lugar misterioso y no muy aclarado, y tan fantasmagórico como el limbo al que se destinaba a los pequeñuelos sin bautizar. Disponía asimismo aquel hombre de un amplio repertorio de historias terroríficas, entre ellas una muy rara de un niño que nació cabezón y bobo porque su madre, estando embarazada, había roto la imagen de una Virgen y la había quemado en una hoguera pública —una de esas cosas increíbles que solo pasaban cuando los malvados rojos dominaban la tierra—. O algo así, la verdad es que todo era muy confuso, un día nos hablaba de bienaventurados y al otro de horrendos castigos de cabezas-gordas. ¿No te parece que todo esto es muy inconsistente? Quién sabe, quizá después de todo no haya más bienaventuranza que la que se pueda conseguir uno mismo con una sinecura cualquiera o con un premio de la lotería. Pero adentrarme demasiado profundamente en estos conceptos me agobia. Prefiero no pensar en ello y no hacerme tantas preguntas, porque si no, al final me duele la cabeza.

De pequeñita yo adoraba los «Cuentos de Tambor» y sus tiernos personajes: el Grillo Violín, el Cucarachín Multagorda, el Ciempiés Curioso, el Gusanito Malo y la Ranita Simpática. ¡Qué cursi, me dirás! Tienes razón; todos esos animalillos y sus aventuras me hacían imaginar el mundo de una manera sentimental y nada realista. Pero a mí me parecían auténticos y creía que representaban claramente los pensamientos y anhelos del reino animal. ¡Tendrías que haber visto cómo ayudaba yo a las hormigas cuando mi madre lanzaba un cubo tras otro de agua en la acera, harta de sus ejércitos hambrientos que nos invadían la casa y echaban a perder cuanta comida no estuviera bajo llave! Con cáscaras de nuez les hacía barquitas, y mientras mamá trajinaba arriba y abajo, desesperada por destruir sus nidos, yo me agachaba ante los agujeritos delatores y les hablaba muy quedo:

—No os preocupéis, pequeñas, aquí tenéis vuestra arca de Noé. ¡Huid!

Entraba corriendo en casa y esperaba que mis amiguitas se embarcaran y surcando el mar en que se convertía mi calle, llegaran sanas y salvas a la otra orilla, a rehacer sus galerías.

No te extrañará pues mi reacción aquel día de verano en que retozaba con otros chiquillos del barrio en el descampado de las antiguas balsas de riego. Las paredes medio derruidas de las cisternas destrozadas, los cascotes, las malas hierbas, los charcos fangosos llenos de podredumbre, las ortigas y las zarzas eran el paisaje de nuestros juegos. Se acercaba la fiesta de San Juan, y muchos niños llevaban ya los petardos, las bombetas, las piulas... Era el momento de presumir ante los amigos, comparar calidades y cantidades y programar las travesuras de la verbena. Yo era la reina de los rascaparedes, casi el único artículo pirotécnico que me hacía gracia, y podía hacerme con tres o cuatro tiras a cambio de una insulsa bengala, un negocio redondo. Por allí andábamos, rallándonos alegremente las piernas en cuanto pincho podíamos encontrar, cuando llegaron unos niños desconocidos —todos varones — y empezaron a reírse de nosotros: que si cuánta niña traéis, que si mariquitas, que si criajos... Uno de ellos llevaba algo vivo en la mano, y vi que era una rana muy grande; aquel bárbaro cogía al pobre animal de una pata y lo hacía saltar como si fuera de goma. No me pude callar, yo debía de tener unos siete años y todo el idealismo de los cuentos de mamá me salió de golpe:

—Oye, tú, deja a la rana, ¿qué te has creído?

—Mira la mocosa, dando órdenes. Cállate la boca, fea.

—Que la dejes, es la Ranita Simpática, pobrecita, le haces daño.

Mis amiguitos me miraban extrañados. Yo me había plantado ante el matón, desafiante, él me llevaba más de un palmo y mi nariz quedaba justo a la altura de su nuez de Adán. Pero no me arredré. Yo tenía la razón, ¿no es cierto? Y aquél a quien asiste la razón siempre sale victorioso, lee si no toda la literatura infantil que en el mundo ha sido. El chaval me miró burlón e hizo un gesto a uno de sus compañeros.

—Ahora verás lo que hago yo con tu ranita simpática, so estúpida.

El otro chiquillo sacó un petardo del bolsillo y ante mis ojos horrorizados, lo embutió en la boca del desdichado animal. Salté con un grito, pero alguien me sujetó. Encendieron el petardo y cerré los ojos hasta oír su estampido. Después me lancé como una furia ciega contra el grupo de sádicos, y golpeé, golpeé sin mesura, grité, maldije, arañé y mordí mientras recibía golpes y patadas, tirones de pelo e insultos. Caí al suelo hecha un ovillo de dolor y rabia, escupiendo sangre. Alguien algo más mayor había visto el tumulto y corrió a socorrerme —eran otros tiempos—. Me levantaron y me llevaron a casa con las trenzas deshechas, la ropa sucia y en parte jirones, sacando por mi boca salivazos rojos y palabras malsonantes de horror y aborrecimiento. Costó una barbaridad calmarme. Yo no entendía nada. ¿Por qué había muerto la ranita de aquella forma terrible si yo, yo, estaba allí para protegerla? La impotencia me ahogaba y me quería morir.

Claudia Marcela Gutiérrez. Niña Furiosa. 


Mis pobres padres no supieron cómo consolarme. Cuando llegó papá del taller nos encontró a mamá y a mí llorando por la maldad del mundo y de los niñatos sin corazón mientras ella me ponía perdida de mercromina en las rodillas y me daba pan con chocolate para matar el disgusto, y por poco que no se nos añade. Cuando veía descompuesta a mamá, papá no sabía por dónde ir. Sin ella era un cero. Solo se le ocurrió leerme una historia sobre una princesa que besó a un sapo, y no me quedó más remedio que sorberme los mocos y fingir que todo estaba bien, por no apurarlo más.

Pero por las noches me despertaba sobresaltada y me revolvía incesantemente en mi camita. Aquella escena me persiguió durante días. No podía pensar en el grupo de bárbaros sin sentir un odio atroz, unas ganas inmensas de matar. Y pronto empecé a imaginarme a mí misma con fuerza sobrehumana, saltando como la defensora de los pobres sobre aquellos imbéciles, abofeteándolos, hundiendo su cabeza en el lodo maloliente hasta que pedían perdón, pateando desesperados. Hasta que sentían el mismo pavor que yo imaginaba que dominó a la rana en sus últimos momentos. Un día quise comentar algunos de mis pensamientos a mamá, pero sus ojos horrorizados ante mis palabras me dejaron muda para siempre. Si no quería asustarla y que saliera corriendo para jamás volver, mejor disimular.

Con el tiempo me fui tranquilizando, pero si alguno de mis amigos me decía que no había para tanto (total, era una rana), saltaba como un resorte. Quien no es capaz de tener compasión de una rana, quien es capaz de toda esa crueldad con un ser indefenso, podrá llegar a cualquier cosa; eso lo tenía yo muy claro: la maldad empieza por lo poco y acaba con lo mucho.

A edad muy temprana, pues, me empecé a fijar en la gente, a observar con atención qué decían y qué hacían, y me di cuenta de que algo fundamental me apartaba de muchos de ellos. Parecía que todos trazaban una línea divisoria muy clara entre lo que se podía y lo que no se podía hacer,… y a cada uno de sus lados cada uno ponía lo que más le convenía. Para mi maestro, los niños debíamos ser buenos con todo el mundo, y sobre todo con los padres y hermanos, además de cariñosos con los que eran más pequeños que nosotros; teníamos que mostrarnos respetuosos con todos los adultos y las autoridades, ser obedientes en casa, en el colegio y, cuando llegara el caso, en el trabajo; y reverenciar especialmente al profesor, fuente de toda sabiduría. Lástima que no siguiera sus propias enseñanzas. Por lo visto, esa condición de luz de los ignorantes le daba derecho a pegarnos en la punta de los dedos con una vara metálica si hablábamos en clase, hacernos pasar horas arrodillados y totalmente inmóviles en su presencia, y humillarnos ante los demás sin ningún respeto ni consideración. ¿A cuántos de mis compañeros, casi siempre los chicos, había visto llorar de rabia e impotencia cuando, de pie ante toda la clase, eran golpeados en el occipucio a cada respuesta incorrecta mientras los demás se reían de su estupidez? Salir a la pizarra podía ser una agonía para los menos avispados. Y no había misericordia ni perdón.

Los domingos por la tarde venían a casa amigos de mis padres, a tomar café y charlar toda la tarde. ¡Tampoco había dinero para más diversiones! A veces jugaban a las cartas o al parchís, y mientras tanto escogían un tema y lo destrozaban durante horas. Me imagino que tú pasarías las fiestas de manera muy diferente. O no, la verdad es que no tengo ni idea de cómo vive la gente de tu nivel. Quizá jugabais al tenis, montabais a caballo o ibais a la ópera. Yo qué sé. Pues a esta pequeña tertulia venía siempre el señor Paco, el vecino del segundo. Él y su mujer, la señora Amparo, eran muy bromistas, y yo me ahogaba de risa cuando empezaban con sus pullas fingidas. ¡Es que eran tan salados! El hombre tenía una voz estupenda y de cuando en cuando se lanzaba con una jota. A mí me encantaba oírle:

La Virgen del Pilar diceeee
Que no quier ser francesaaaaa
¡Que quiere ser capitanaaaa
De la tropa aragonesaaaaa!


«Cánteme la de la virgen francesa, señor Paco», le decía yo, y el hombre con todo gusto se lucía en mi honor mientras yo abría una boca de palmo oyéndole arrastrar las vocales con su acento maño. El bueno del señor Paco solo se desarticulaba cuando se hablaba de política y de los derechos de los trabajadores. Entonces se excitaba y podía pasar una hora gritando que el burgués tenía la culpa de todo, que había que acabar con el capitalismo, imponer la dictadura del proletariado, y si era necesario, levantarse contra los opresores a sangre y fuego. Al principio me asombraba, pero ya mis padres me advirtieron en privado de que el señor Paco era un bendito de Dios y que todo se quedaba ahí, en gastar la fuerza por la boca y poco más. Pero por lo visto debió de soltar alguna fresca en la fábrica ante oídos que no eran los convenientes, y el susodicho burgués tomó sus medidas. ¡Pobre señor Paco! Los policías que le detuvieron empezaron por darle una paliza para enseñarle a no ser violento, y se lo llevaron escaleras abajo tropezando con todos los escalones, lleno de hematomas y con un ojo a la funerala. Por lo visto, una vez en comisaría continuaron las lecciones, y así hasta que llegó a la Modelo. No volvió en bastante tiempo ya que, según oí explicar en petit comité en la panadería unos días después, los jueces imponen penas leves a los pobres que roban a otros pobres, pero escarmientan para siempre a los que asustan a los ricos.

¿Dónde está la verdad, me lo puedes decir? En mi familia, he visto tratar a todos con igual ternura; en mi hogar me sentía segura, nadie me ridiculizaba, ni cometía crueldades conmigo. Con ser buena había suficiente, y ser bueno con quien te trata bien es muy fácil. Pero fuera... ah, fuera era la selva, la ley del más fuerte. Así que yo aprendí pronto que no podía ser igual en la calle que en mi casa.

¿Te aburro? No lo creo, considerando que nadie ha venido a visitarte en todo este rato. Claro, es de noche y están prohibidas las visitas, y la jefa de planta está muy distraída con sus cosas para acordarse de ti, que das poca guerra. Seguro que mi historia te divierte. Lástima que nunca la podrás repetir.

Lo que pasó es que yo, que había sido siempre una buenaza, empecé a convertirme en el hazmerreír de todos. Mi amor por los animales, mi interés por las causas justas… todo eso no hizo más que darme fama de bobota, de pusilánime, de blanda fácil de engañar. Y ya puestos, cuando se gana una fama así no faltan depredadores que vayan a por ti, a por la presa facilona. Parecía que tenía un imán para atraer la atención de los críos más malintencionados. Hubo una estúpida (aún la recuerdo, morena y malcarada, incluso tenía bigote, qué asco) que no sé por qué me cogió manía, y una tarde que hacíamos los deberes en la escuela se dedicó a moverme la mesa cada vez que yo apoyaba la plumilla en el papel. Como yo era una bonachona se estaba divirtiendo mucho, porque todo el mundo sabía que yo aguantaba lo que me echaran. Al final, el último empujón provocó una mancha enorme de tinta en mi hasta entonces cuidada libreta. No sé qué me pasó. De pronto, me quedé ciega y sin pensarlo me levanté con la plumilla en la mano y me dirigí hacia ella con ánimo de… ¿de qué? Ni idea, seguramente de encararla y pegarle cuatro gritos. Pero el malvado siempre piensa que los demás son tan malignos como él —cree el ladrón que todos son de su misma condición—, y aquella tonta se figuró que iba a pegarla, así que empezó a bracear para no recibir, y debido a sus manotazos delante de mi cara, sin querer le hice un rasguño con la plumilla.

Bueno, aquel pinchazo insignificante que apenas levantó la epidermis se convirtió, a creerla, en un mandoble de la espada de Damasco. El profesor de guardia no le dio ninguna importancia, se limitó a reñirme un poco a mí por levantarme sin permiso y bastante a ella por armar aquel escándalo por nada. Ah, pues eso no podía quedar así, no señor. La mamá de la susodicha se presentó al día siguiente en la escuela y puso una grandísima queja, ya que su niña del alma había pasado la noche vomitando, envenenada por la tinta de que yo le había llenado el sistema circulatorio con premeditación y alevosía. Después se presentó en mi casa a seguir con la protesta y toda la escalera se enteró del asunto. Yo me quería morir y me negué a volver a la escuela, y me pasaba las noches llorando creyendo que era una envenenadora, y no quería hacer caso a mi pobre madre, que me repetía que todo era cuento y pura maldad, y que si tenían algún problema de salud que trajeran un certificado médico. Yo, simplemente, no podía creer que alguien mintiera solo por fastidiar y perjudicar, eso estaba más allá de mi entendimiento. Por suerte ni mis padres ni el director ni los profesores del colegio eran tan cándidos como yo y la enviaron a hacer muchas puñetas y parece que incluso la amenazaron con demandarla y vaya si se arrugó. Aquella niña no volvió a meterse conmigo por orden expresa de su mamaíta, y a mi espíritu volvió la tranquilidad.

Pero aquella experiencia me volvió más cauta y me reafirmó en algo que no se acepta con facilidad: que hay gente mala y gente buena, y que así se nace y punto. Nada de malas experiencias, ni frustraciones, ni gaitas: genes mandan y sanseacabó. Los psicólogos se creen que tienen todas las respuestas pero mamá me lo había explicado bien: déjate de rollos, no existen más que el bien y el mal, siempre luchando entre ellos. Y padres malos hacen hijos malos y padres buenos hijos buenos, pero no por el trato sino por el nacimiento, que quien nace bueno será bueno y quien no, malo. A veces, el mal viene de muy lejos y no se ve de dónde, y entonces, de buenos padres nacen malos hijos y al revés, que a padre avaro hijo pródigo y eso es sabiduría popular, aunque suena algo enrevesado. Y eso de los hijos buenos de padres malos lo sabía bien ella, que era una santa y había tenido una madre que le pegaba una paliza diaria, se la mereciera o no, por si acaso, y que la enseñó a leer a bofetadas. «La B con la A hace…», «no sé mamá…», «toma hostia, la B con la A, hace BA». Si alguien tendría que haber sido malo era ella y era más buena que el pan. Y yo con ella, y con papá, era la más buena del mundo, buena me sentía y buena seguiría siendo. Lástima que a veces me molestaba una picazón. La de que me parecía enormemente injusto portarme yo bien mientras los otros se portaban mal. ¿Cómo arreglar esta incoherencia?


(Continuará)

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