dimecres, 11 d’abril de 2012

Visión

Aquest text és una redacció que vaig escriure ja fa un temps en un curs d'usos de la llengua. Ens van proposar un quadre i vam haver de fer dos treballs: el primer consistia en deixar per escrit la impressió que n'havíem tingut, en un estil totalment lliure quan a forma i extensió. Al segon, més exigent, ens proposaven descriure'l de la forma més exacta possible en unes quaranta línies. El que n'ha sortit us ho deixo aquí en un parell de post. El quadre en si es prou conegut i us el presentaré el proper dia, mentre que avui trobareu un autoretrat de l'autor que s'adiu molt bé (crec) amb el text.

Avui m'atreveixo a suggerir-vos la lectura del relat en què vaig recrear l'impacte que em va causar aquesta obra. M'ha sortit una mena de conte romàntic (amb això de romàntic no em refereixo a que sigui d'amor, sinó a que es podria encabir dintre del corrent literari dit  «del romanticisme»). Paciència, i a veure què us sembla.



No sé qué inquietud tiene hoy distraído mi espíritu. A cada momento levanto la vista de mis libros y dejo vagar la mirada a través de los vidrios de la estrecha ventana de mi dormitorio. Los tomos que durante las largas y oscuras jornadas invernales eran mi único placer están cerrados y amontonados sobre la mesa de trabajo, y me parece que alguna voz silente pero enérgica me llama desde el exterior. Llevo ya tres semanas en esta pequeña posada rural y todavía no me he decidido a seguir el caminillo que, por lo que he podido entender de las explicaciones de mi huésped, atraviesa el bosque y me llevará a unos —dice— interesantes parajes que sin embargo no me ha sabido describir.

¡Qué hermoso atardecer! Después de varios días desapacibles, el tiempo ha cambiado leve pero significativamente con la nueva estación. Hoy el crepúsculo no me ha sorprendido justo después de la comida del mediodía; poco a poco va retardando su llegada, y los oblicuos rayos del sol otorgan al aire una suave luminosidad. La fragancia que lleva consigo la brisa, la temperatura dulce —sin los rigores de la helada pero también sin las sofocaciones estivales— me espolean fuera de esta lóbrega habitación de paredes descoloridas, cuadros borrosos y muebles desvencijados y tristes. Esta tarde, iré por fin a dar un paseo. No me llevaré ni siquiera el cuaderno de dibujo. Será una caminata libre, de puro descubrimiento. Me siento ligero como un chiquillo.

El sendero es estrecho, tortuoso. La explosión vital de la primavera hace aparecer flores en cualquier rincón y multiplica los puntiagudos dedos de las zarzas, que atrapan mi ropa y me amenazan con desgarrarla. De la espesa arboleda cuelgan ramas como cortinajes que he de ir apartando y que en mi imaginación convierten el camino en el pasillo de una vivienda inacabable, llena de recovecos y habitaciones escondidas que voy descubriendo una a una.

Atravieso con cierto trabajo un espeso matorral que me cierra el paso con su recién encontrada exuberancia y quedo boquiabierto por el espectáculo que se presenta ante mis ojos y para el que no me ha preparado en absoluto el entorno cerrado del bosque denso y oscuro que he atravesado. De pronto, como si una potencia extrema los hubiera forzado a separarse, los árboles han dejado un dilatado espacio y otra vez un cielo pálido se cierne sobre mi cabeza. Ante mis ojos maravillados se extiende un claro a cuyo centro llegan todavía los últimos reflejos del sol poniente aunque a su alrededor están empezando a crecer las sombras.

¿Cómo podré describir de forma adecuada el impacto que la escena ha causado en mí? Subrayadas y realzadas por la luz que declina, veo ante mí las altas columnas y los arcos ojivales de lo que debió de ser un templo formidable. Los restos están destrozados, descabezados, roída la piedra por mil tempestades, heladas y soles inclementes. Su antigua gloria se deshace entre la maraña de vegetación triunfante que repta arriba, arriba, sostenida por lo que fueron paredes de una iglesia o un cenobio y ahora son apenas los restos de un coloso. Está hundida y ausente la orgullosa bóveda que otrora coronó el edificio sagrado. Nada queda de las fuertes vigas de madera, de seguro podridas hace tiempo, cuya existencia deduzco únicamente por las negras aberturas en que se apoyaron.

Y una aguda sensación de melancólica belleza me atrapa, me deja clavado en mi punto de observación, mientras el paisaje me penetra, mientras cada fragmento polvoriento de las pétreas moles despedazadas, cada astilla de corteza arbórea, cada hoja, cada espina, adquieren ante mí una vida propia y separada del resto, cada elemento único en sí mismo y parte a la vez de la armonía de la escena. Como si yo viera el claro, la ruina, los brezos, los árboles, a la vez juntos y a la vez aislados, cada uno completo en su unicidad.

Esta profunda impresión, que tanto me ha costado describir en mis pobres palabras, apenas ha durado un parpadeo. En un segundo instante he podido distinguir una humilde casa de labrador, apoyada en una titánica pared del antiguo santuario como una niña de pañales duerme confiada en el regazo de su abuelo curtido en mil batallas. Y en el sereno ambiente de la tarde, dos campesinos charlan con placidez, descansando de sus pesadas tareas mientras disfrutan del singular entorno. Me agrada ver que van vestidos a la manera tradicional de nuestra tierra, sencilla y práctica, tan diferente de la severa y engolada que se impone en la ciudad. Me he quedado inmóvil a la entrada del claro y no he señalado mi presencia a los dos hombres. Temo romper el hechizo que el genio del bosque ha convocado solo para mis ojos.

Porque aunque os parezca un engaño, os puedo jurar que ante mí el tiempo cambia su curso natural, y veo alzarse de nuevo el magnífico templo; cada una de sus columnas y de sus ojivas parecen rehacerse como por arte de magia. Intuyo apenas como vagos fantasmas, turbios e imprecisos, separados de mí por un espeso velo, centenares de esclavos sufrientes que arrastran y empujan los pesados sillares, que levantan con grandes fatigas los altísimos muros. Se yergue el crucero, los nervios minerales se entretejen en una selva fantástica, ordenada, precisa, dominada por las matemáticas del que fuera su arquitecto. Los arbotantes sostienen de nuevo la imponente estructura, los ventanales se visten de vitrales con sus llamaradas de azul de cobalto, rojo bermellón, intenso amarillo, dorado y glauco, intrincadamente ribeteados de negro filamento de plomo: santos y vírgenes, caballeros y papas. Y en el rosetón que crece y se extiende como una onda polícroma, el árbol de Jessé, modelado con decenas de tonos diferentes de verde, se está formando a partir de los elementos que encuentra en la espesura, con cada una de las ramas, las hojas, los tallos, las espinas, los brotes, las yemas, los capullos, los pecíolos, las flores…  Toda la vida vegetal se condensa, se cristaliza, se comprime en las manos de un artesano invisible.

Y este prodigio se desarrolla en medio de un silencio que no es roto ni por el canto de un pájaro ni por el zumbido de un insecto. Solo la obra del hombre devorando la espesura y a sus habitantes, alimentándose de su savia y su sangre, convirtiéndolas en fría piedra, vidrio y metal. Horrorizado, veo como el ingenio del hombre vampiriza la naturaleza para crear un monumento helado, condensación y sublimación de ideas sin vida, de ideologías tan apartadas del alma cuanto del cuerpo de sus víctimas.

En medio de la selva, en el corazón del bosque, el magnífico monumento se erige en toda su opulencia y su soberbia. Es bello, sí, es majestuoso, pero me provoca un escalofrío su indiferencia hacia todo lo que está vivo. Y mientras lo contemplo, admirado a mi pesar, el crono cambia de nuevo y la naturaleza vuelve a cobrarse cuanto se le robó. Y a velocidad de vértigo veo caer a la efímera gloria humana, y el carácter sacro del monumento no es capaz de protegerle de las fuerzas telúricas ni de la furia de sus antiguos sirvientes. El fuego devora muebles y retablos, revientan las vidrieras en mil fragmentos punzantes, y cientos de inviernos y veranos devuelven a la triunfante naturaleza su victoria sobre la vanidad y la jactancia de sus presuntos dominadores. Y con el paso de los años, los humildes habitantes de la región utilizan las caídas dovelas para construir sus sobrias habitaciones. La piedra que fuera orgullo es ahora lar; los puntales que la sujetaban, leña de hoguera con la que las gentes se calientan y cuecen su alimento. La naturaleza: tímida y callada al principio, valiente siempre, pletórica luego, y al final tenaz, fuerte, implacable, salvaje, indómita… ha exigido su tributo a la altivez del hombre y se lo ha cobrado con creces.

Esta asombrosa visión ha convertido el plácido paseo de una tarde de primavera en la revelación de un misterio. He sentido sobrecogido la voz del bosque que me ha susurrado solo a mí —extranjero comprensivo— el secreto mejor guardado de su existencia. ¿Por qué? No lo sé. Quizá debería reservarlo para mí, pero la impronta que ha dejado en mi ánimo es tan poderosa que no deseo acallarla sin más. «Caspar —me he dicho a mí mismo—, lo que aquí has visto es algo demasiado grandioso para expresarlo con tu lengua y tu pluma. Esto es algo que deberás pintar».


FIN


Caspar David Friedrich. Autoretrat (1802)

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